Texto publicado por Jaime Nelson Arboleda Barrera

Nota: esta publicación fue revisada por su autor hace 6 años. Antes se titulaba Para justicia, el tiempo.s .

Para justicias, el tiempo.

PARA JUSTICIAS, EL TIEMPO 

Fue en la Nochebuena de 1872 y, si hubiera sido en la de 1912, mis recuerdos no serían más claros. Esa noche cumplíamos años Nuestro Señor Jesucristo y
yo, y con tan plausible motivo, en mi casa se armaba la gorda, pues mi familia ponía portal y, de refilón, me celebraba el natalicio. Por lo menos, yo
me creía que todas las fiestas, músicas, villancicos, bailes de pastores, juegos pirotécnicos y demás jolgorios, no tenían otro objeto que el de celebrar
el aniversario de mi venida a éste que yo entonces juzgaba como valle de miel y hojuelas. Además, acababa yo de laurearme de Doctor en Cartilla y Doctrina
Cristiana, algo así como in utroque jure, en la jamás bien ponderada y recordada escuela de primeras letras de doña Eusebia Quirós, precursora de Froebel
y de todos los kindergartens. De modo que mi cumpleaños, la terminación de mi carrera primaria, y la coincidencia de ser Nochebuena, vinieron a presentar
excusa para inusitadas alharacas.

No sé si fue con motivo de tales acontecimientos, pero es el caso que, para esa noche, se anunciaba la inauguración en la Plaza Principal del Circo Ciarini
(Charini lo llamaba la Historia), el primero que llegaba a Costa Rica con leones, tigres y cebras, el primero que nos hacía el grandísimo honor de presentarnos
el gran salto Leotard, y el primero que nos distinguía con las desternillantes gracejadas de un clown, "envidia de arlequines y payasos en el universo
entero". Así lo decían los grandes cartelones que ostentaban sus brillantes colorines en todas las esquinas, hasta en la de mi casa, en donde un furibundo
tigre de Bengala, azotado por un hermoso gladiador romano, saltaba por entre un aro de llamas, que a gran altura sostenía una gladiadora romana, en tanto
que, montados en el lomo de un leonazo de Numidia, hacían ejercicio unos gladiadorcitos, también romanos.

De fondos andaba yo sumamente escaso; la entrada a gradería, para esa función de circo, "para niños menores de diez años, cincuenta centavos; para adultos,
un peso". Eso costaba. Yo era niño menor de diez años, pero no tenía la menor idea de lo que era ser adulto, y como al "torcido todas se le hacen", nada
de extraño tendría que fuera yo a resultar adulto, justamente cuando menos necesitaba serlo. Había que poner en claro ese punto interesantísimo, antes
de echarse por el mundo en busca de los reales para la entrada. Afortunadamente, Juan Castro, viejo soldado del 56, y encalador oficial de mi morada, me
sacó de la tremenda duda. Estaba el hombre echando sapos y culebras, por la pegada del cartelón en la parte recién encalada de nuestra casa, cuando me
acerqué a él con mi consulta.

— ¡Hombre, Juan! , ¿quiénes son los que son adultos?

—¿Qué's la cosa?

—Que si vos sabés qué's adulto.

—Claro que sé, ¿pa qué querés saber?

—Para la entrada al circo.

—Pa vos son de a cuatro reales; dejá de estarme jorobando y largáte de aquí con tus geografías.

*Se me quitó un gran peso de encima. Juan tendría sus razones para no explicarme el significado de la misteriosa palabra, pero ya sabía yo que, fuera lo
que fuera, a mí no me tocaba. Y me largué en busca del empréstito.

Vendí mis bonos a la par, sin interés ni comisión y a cinco sábados de plazo, a mi padrino bautizante el Excelentísimo doctor don Martín Mérida, Enviado
Extraordinario de la República de Guatemala en Costa Rica, e hipotequé mi palabra de honor, libre hasta entonces de toda clase de gravámenes y servidumbres.
A la memoria de mi ilustre padrino debo infinitos respetos y cariños por mil otros servicios y bondades, pero ése ocupa preferente lugar en mis recuerdos.
¡Que Dios se lo haya tenido en cuenta, si de abonos de alguna especie hubiere necesitado aquel cumplido ministro de Dios y de su patria, excelente caballero
y noble amigo!

Y como yo era "niño menor de diez años", y tenía en mi bolsillo los consabidos "cincuenta centavos", al circo me fui derechito a comprar mi entrada y asiento
de gradería. Eran las tres de la tarde, y los anuncios marcaban las ocho de la noche, como hora para dar comienzo al espectáculo.

Naturalmente, la boletería aun no estaba abierta; en la espaciosa carpa extendida en la esquina sudeste de la Plaza Principal, y adornada con banderolas
y gallardetes de todos los colores y nacionalidades, se llevaba a cabo la faena de aplanar el redondel, en donde los caballos habrían de ejecutar sus proezas,
y de cubrirlo con serrín de madera que estaba amontonado al lado de la carpa. Las fieras, la maravillosa cebra, la colección de monos sabios, los caballos,
los ponies, la muía mañosa y demás elementos de la colección zoológica, estaban ya ocupando una pequeña carpa vecina a la del espectáculo; los mozos no
se daban punto de reposo en el arreglo de trapecios y argollas, garfios, roldanas y torniquetes; las grandes farolas o candilejas rebosaban petróleo; los
andamiajes de la gradería resonaban a los continuos golpes de martillos y de mazos; las lonas de la inmensa carpa ondeaban a impulsos del viento alisio
de diciembre, formando oleajes difícilmente contenidos por los tirantes de recio cable, y producían ruidos sordos como de lejano trueno. Y en medio de
aquel va y ven de peones y maromeros, el señor Ciarini, con sus altas botas charoladas y su sombrero chambergo, sus gruesos bigotes y perilla al estilo
de la casa de Saboya, y un pequeño látigo que su impaciencia hacía crujir. ¡Qué espléndida figura, qué majestuoso porte!

A él me acerqué con mis cincuenta centavos, y respetuosamente le requerí para que me vendiera el mejor asiento de gradería que pudiera ofrecerme. No se
dignó atenderme; con voz imperiosa me dijo:

—Ayude a traer el serrín para el redondel, ¡apure!

Y quedé convertido en sirviente, por obra y gracia de su insolente imposición. Estuve acarreando serrín, hasta que el redondel quedó completamente preparado;
después me mandaron a acarrear agua para las bestias; el balde era pesado, pero mi energía era inquebrantable; gran parte del agua me bañaba de media pierna
para abajo; poco llegaba a la canoa de las sedientas alimañas.

Por fin, todo estaba listo, nos arrojaron fuera de la carpa a todos los muchachos ayudantes, no nos dieron ni las gracias. No las necesitaba. Yo había
tenido el honor de conocer al señor Ciarini; había visto al clown, y hasta le había ido a comprar un real de tabacos; había estado a cinco pasos de distancia
de la jaula del león, y a seis o siete de la de los tigres; había visto la cebra, y hasta había presenciado el acto de pintarla o repintarla con nitrato
de pata, que manchaba los dedos de negro, que ni el mejor jabón podía disolver. Todo lo había visto, observado, catalogado; era el más feliz de los niños
menores de diez años que encerraba la tranquila ciudad de San José de Costa Rica, en el mes de diciembre de 1872.

Esperé, cercano a la candileja, a que abrieran la boletería; compré el primer boleto, y corrí con él a casa a lavarme, a peinarme, a sacudirme para volver
sin demora a escoger puesto en la gradería, y situarme en el punto más conveniente para gozar de todas las peripecias del espectáculo. No quise comer;
al diablo con el apetito; lo imperioso era el Circo, y a él regresé sin demora.

Aun hube de esperar a que la policía los serenos, llegaran a ocupar sus puestos de vigilantes; nadie me arrancaba de la cuerda que sujetaba la cortina
de la puerta de entrada ¡Por fin...!

La gran candileja central iluminaba con radiaciones de incendio todos los ámbitos de la gran carpa; escogí mi puesto, lo cambié varias veces; éste era
demasiado alto, aquél demasiado bajo, el otro no quedaba exactamente en frente del trapecio, éste sí, éste, el mejor sin duda, mirando al espacio en donde
se situaba la banda militar, a espaldas del palco del Gobernador, frente al boquete por donde tenían que aparecer los artistas; sí, éste era el "más mejor";
y allí me senté y me acomodé, como si me hubiesen clavado, atornillado con pernos y tuercas.

Fue llegando toda la gente, primero por parejas, luego por grupos, más tarde por montones, y se llenaron las galerías, los palcos, los pasillos; no había
en dónde echar un alfiler; el Gobernador don Mateo Mora, con su Secretario y el Fiscal, y muchos otros señorones, y señoras con crinolinas y vuelos, y
bucles y peinetones, y la banda tocando sus mejores y más incitantes pasos dobles, y los chiquillos vendiendo confites y distribuyendo programas, y el
león rugiendo en su jaula, y los tigres maullando como inmensísimos gatos, y los monos chillando, y yo en la gloria: sí, señores, en la gloria, como yo
me figuraba la que en el Catecismo de Ripalda se promete a los buenos, a los justos, a los inocentes.

De uno de los grupos tardíos que buscó acomodo del lado en donde estaba mi asiento, se desprendió un hombre como de unos veinticinco años, pequeño de estatura,
macizo, pelo rizado, ojos azules, barba y bigote rojizos; recorrió con la mirada la galería, y al divisarme se vino derecho a mí, abriéndose campo por
entre la apiñada muchedumbre que ocupaba las gradas inferiores; me tomó bruscamente la muñeca, y colocó el dedo del corazón sobre la arteria de mi puño.

—Chiquito, ¿qué es lo que usted tiene? —me dijo con aire de gran preocupación.

—Nada, señor, yo no tengo nada.

Me pasó la mano izquierda por la frente, y me dijo:

—Usted tiene una gran calentura, ¿dónde vive usted?

—A dos cuadras de aquí, esquina opuesta al Seminario.

—Pues hijito, corra a su casa a que le hagan algo, porque Ud. está muy enfermo, corra; yo le cuido el asiento.

La excitación nerviosa en que yo me encontraba, la fatiga de los trabajos del día, el pequeño resfriado que la mojada de las piernas y pies me había ocasionado,
y la falta de alimento durante las últimas diez horas, unido a la seriedad con que aquel hombre me hablaba, me sugestionaron al extremo de sentirme acalenturado.
Puse toda mi confianza en mi improvisado protector, le entregué mi asiento, y salí escapado para casa a que me hicieran algo, con la esperanza de volver
inmediatamente, sin perder ni siquiera la primera parte del programa.

A casa llegué desalado; acudí a mi abuela, que era nuestro médico de cabecera, expúsele mi querella, contéle las circunstancias, y rióse de mi simplicidad.

—¿No tengo calentura? ¿Y cómo el hombre me dijo . . .?

—No sea bobo, hijito; vuélvase al Circo; ese hombre, lo que quería era quitarle su asiento. Armele un escándalo, pero no lo deje que se lo quite.

¡Mil rayos y mil millones de centellas! ¡Lo que es ese pelo colorado no se ríe de mí!

Al circo volví, lleno de indignación, rabioso, herido en lo más íntimo de mi alma de niño menor de diez años.

Cuando el hombrecillo me vio acercarme, soltó una carcajada que aún resuena en mis oídos. Atropellé a los espectadores, me escurrí entre las gradas, y
llegué hasta mi hombre.

Y      ¡Déme mi asiento!

—¿Cuál asiento? ¡No venga a molestar!

Y      ¡Que me dé mi lugar, viejo mentiroso . . . !

Me dio un empellón, me arrojó de la gradería, y llamó a uno de los serenos, a quien me denunció como atropellador y escandaloso. El policía no oyó mi alegato,
me amenazó con echarme fuera de la carpa si no me sosegaba; los circunstantes, empeñados en escuchar las gracejadas del gran clown, me ordenaron callar.
Comprendí que estaba perdido si pedía que se me hiciera justicia; de nada me valía mi personal amistad con el señor Ciarini; el Cielo me había abandonado.
Me resigné, y tuve que pasar el resto de la representación confundido con la multitud en uno de los pasillos, sin poder ver lo que pasaba en el redondel,
que yo había ayudado a cubrir de fresco y oloroso serrín de cedro, sin ver la pantomima, sin mirar las piruetas del clown ni sus habilidades con varitas
y bonetes; de las fieras, sólo los rugidos y aullidos pude escuchar; y muy de tarde en tarde lograba apenas divisar, por entre las piernas y barrigas de
los adultos, la regordeta figura de la equitadora, los amplios pantalones del payaso, las patas pintadas de la cebra, y las ruedas de las jaulas de las
fieras. Sólo el salto Leotard vi, allá en el aire, a prodigiosa altura; el maromero que lo dio, se meció por largo rato en un trapecio; otro maromero colgaba
de las corvas, de un par de argollas pendientes del techo; el saltador soltó el trapecio, hizo un giro gracioso en el espacio, y cayó en los brazos del
otro, sin sacudimiento, sin precipitación; bajó por una cuerda al redondel; le perdí de vista. El público aplaudió frenéticamente.

Mi hombre, mi pelirrojo, el grandísimo mentiroso que me había arrebatado mi asiento y me había engañado y maltratado, reía, aplaudía, gozaba inmensamente,
tanto o más que todo el resto del público. Me sorprendió que gozara, pues yo creía que todos los hombres tenían conciencia; así lo dice el Catecismo de
Ripalda. Está equivocado.

A mi vuelta a casa, nada dije; a quienes me preguntaron por la función del Circo, les hice fantásticas descripciones de cuanto había visto, y exageradas
apreciaciones del gran salto. Oculté mi humillación, y a nadie confié mi inmenso quebranto.

Cuando llegó la hora de los cánticos y de los villancicos al Niño Dios, todos los muchachos nos acercamos al Portal, y entonamos con los viejos nuestras
salutaciones al Salvador del Mundo. Al final, se rezaba un Rosario acompañado de músicas y pólvora, y en una de las partes de éste se hacía la petición,
se presentaba verbal o mentalmente la solicitud a Dios de los favores deseados, de las necesidades satisfechas, de los perdones merecidos.

Entonces me acordé de que hay un Dios de Justicia, un Señor de todo lo creado, Todopoderoso, para quien todos los peli-colorados del universo, todos los
serenos y policías de la Tierra, todos los que se burlan del dolor de los "niños menores de diez años", son como el polvo del camino arrebatado por el
viento, como la hoja seca deshecha por la tempestad, como la nube herida por el rayo; y a ese Dios y Señor le pedí justicia para ese mismo instante, para
el día de mañana, para dentro de muchos años, pero justicia.

Y siguió la fiesta y la cena de tamales olorosos, y el baile, y, por fin, el sueño, aliviador de todos los pesares.

Era el año 1896, veinticuatro años más tarde.

Entre varios documentos de plazo muy vencido y escrituras hipotecarias que debían ejecutarse, otorgadas a favor de mis poderdantes, los señores William
Le Lacheúr Son, de Londres, campaba en mi escritorio la de un tal Perico de los Palotes, a quien llamé a mi oficina para que me hiciera proposiciones para
evitar el remate de su finca.

El día señalado en mi citación apareció el sujeto. Le reconocí en el acto. Los veinticuatro años no habían borrado sus facciones, no habían cambiado su
fisonomía; la misma cabeza rizada, los mismos ojos azules, la misma barba de herrumbre salpicada de manchones blancuzcos, sucios.

—¿Qué desea usted?

—Vengo a su llamamiento para ver si logro que me dé un respiro para el pago de mi hipoteca. Las cosechas han sido malas; el precio del café no paga las
cogidas; los animalillos no tienen pasto, porque los potreros están secos; parece que me hubiera caído la maldición de Dios. Si me obliga al pago inmediato,
habrá que rematar la finca, y me deja en la calle; si me espera, pagaré en un par de años, con intereses y gastos, y me salvo. ¿Qué me dice?

—Siéntese usted y hablemos. Su fisonomía no me es desconocida, me parece haberle visto a usted hace ya muchos años, y si mi memoria no me es infiel fue
una noche, Nochebuena, cuando se inauguró en la Plaza Principal un circo, el de Ciarini; estaba yo sentado en la gradería, y. . .

— ¡Qué memoria tiene usted! Yo apenas recuerdo eso muy vagamente, y sólo me lo hace recordar el hecho de que habiendo llegado tarde y no encontrando acomodo,
le metí un gran susto a un chiquillo pecosillo, a quien le hice creer que estaba muñéndose. El chiquillo se fue en un temblor para la casa, pero de seguro
comprendió de camino el engaño, porque volvió hecho una furia, y armó una gran gritería por su asiento; yo llamé a un policía, éste lo retiró, y yo me
quedé tranquilo. Vea, señor González, muchos circos han venido después con mil bullas y aparatos, con elefantes y girafas y atletas y mojigangas, pero
ninguno me ha hecho la impresión que ese de Ciarini en la noche de su estreno, mi palabra de honor.

—A mí me pasa exactamente lo mismo: ninguno me ha impresionado tanto como ése, en esa noche; no tiene usted más que fijarse cómo me impresionaría, cuando
sepa que yo, yo mismo, era y soy el chiquillo pecosillo a quien usted dio el gran susto, a quien usted robó su asiento, y a quien usted, abusando de su
tamaño y de su fuerza, de mi flaqueza y de mi insignificancia, arrojó a empellones de la gradería, e hizo ultrajar por un policía no menos brutal e injusto
que usted.

—Pero, hombre, ¡quién hubiera creído. . .!

—Hemos terminado; si dentro de tres días no ha pagado usted su deuda, entablaré la ejecución sin ningún género de contemplaciones; hombres que, como usted,
son crueles con un niño, no merecen la compasión de Dios ni de los hombres. Puede usted retirarse.

Hubo remate.

¡Para justicias, el tiempo...!

MUNDIALMAGAZ1NE, diciembre de 1913

(MAGÓN)