Texto publicado por Primavera

LA VIEJA LUCHA CON LA MALETA. relato

Me senté delante de aquella maleta hinchada, en la que la ropa sobresalía tanto, que dejaba la tapa en una posición casi vertical, y hundí la cabeza entre las manos. Era tan infeliz en aquellos instantes como no recordaba haberlo sido nunca, a pesar de que tuvo que sufrir en la vida muy duras pruebas. Desde las nueve de la mañana no había hecho más que ensayar infinitos métodos para acomodar en la maleta las prendas de vestir que estaban tiradas por el cuarto, y únicamente había podido conseguir que cupiese una pequeña parte de ellas. Y era ya la una y media de la tarde. Doy mi palabra de honor de que no hice otra cosa más que fumar cigarrillo en momentos en que mi desesperación era grande, que sentía que me iba a faltar la razón.1 Ni siquiera me había afeitado ni vestido; estaba en pijama y en bata; tal y como estaba después de salir de la cama, y sudaba como si tuviera puesto un abrigo.
A eso de las doce debí de padecer una crisis mental, porque recuerdo que estuve veinte o treinta minutos tratando a la maleta como si fuera un ser animado. Le dirigí ruegos apasionados y observaciones tan sensatas, que me parecía que ni una maleta podría resistirlas. Al principio yo fui tierno con ella:
Bien sé - le decía - que es muy desagradable llevar todas estas cosas dentro. Sobre todo, los zapatos. Comprendo que no te gusta ir con tres.pares adentro ... Bueno, pues quitaremos los zapatos, y la maletita se portará bien y admitirá todo lo demás. ¿De acuerdo?
Pero la maleta continuaba portándose mal. Yo razonaba:
- Hoy terminan nuestras vacaciones; no tenemos más remedio que marchamos. El tren sale a las tres; ya tengo el billete comprado y aun es preciso hacer muchas cosas. ¡Ea, sé buena!
Y ella se obstinaba tercamente. Entonces llegué a insultarla.
- ¡Idiota, odre viejo! ¿Para qué diablos sirves? ¿Por qué tozudez asnal no admites ahora lo que admitiste en Madrid al emprender el viaje? ¿Es que te vas a reír de mí, pellejo sucio?
Y hasta la maltraté2 Me avergüenza decirlo, pero la maltraté. Le di una terrible patada; una nada más, porque tenía puestas unas finas zapatillas de piel, y me dolió el pie tanto, que cambié de arma empecé a darle puñetazos. Se puso a resonar burlonamente como un tambor.
Después de un instante de decaimiento, de laxitud de mi espíritu, me sorprendí arrodillado junto a ella3 que bostezaba con la boca abierta y, en el fondo, unos cuantos pares de calcetines de diversos colores, enrollados como pelotas, lo que daba al conjunto el aspecto de una cesta con hortalizas: tomates, pimientos, nabos, patatas mondadas, patatas sin mondar... Según el tono...
Cuando me convencí de que no lograría nada aunque consagrase a aquel empeño el resto de mi vida, hice sonar largamente el timbre. Tardaron mucho en acudir. Al fin apareció la robusta figura de Jacoba, la camarera, casi obstruyendo el espacio de jamba a jamba.4
Le dirigí una triste mirada de auxilio. Esperaba que comprendiese mi trágica situación y se precipitase a prestarme el auxilio de su experiencia. Pero ella continuó masticando algo que traía en la boca, sin parecer darse cuenta de nada.
- Jacoba - comencé a decir con la timidez con que trato siempre a los camareros ¿Tiene usted mucho que hacer ahora?
- Estoy sirviendo el almuerzo a la anciana del 36, que come en su cuarto.
- Bien, bien ... La llamé, porque ... no me acuerdo de si le he dado la propina...
- Está incluida en la cuenta, señor.
- No importa ..., no importa... Tome usted esto ...
- Muchas gracias, señor.
Suspiré:
- Esta maleta acabará conmigo, Jacoba. No acierto a arreglarla5.
- A muchos señores les sucede eso - me ilustró -. Es cuestión de paciencia. ¿Quiere algo más?
- ¿Podría mandarme a Manolo, su compañero?
- Está almorzando, señor. Es su hora.
Y se fue. Pasaron unos minutos negros. Yo no podía continuar allí imbécilmente, entre la ropa esparcida y la maleta obstinada. Decidí marchar con lo que pudiese, ya que los comercios estaban cerrados y no era posible comprar un baúl. De repente sentí ruido en la habitación de al lado. Salí resueltamente, llamé a la puerta y le dije a un señor alto, moreno y extrañado que acudió a abrirme:
- ¿Tiene usted la bondad de acompañarme a mi cuarto? Ocurre algo incomprensible.
Cuando entró en mi habitación, le expliqué la situación conteniendo difícilmente los sollozos. El meditaba con aire concentrado y perplejo. Después preguntó:
- ¿Ha comprado usted mucha ropa?
- No he comprado nada. Todo lo que ve aquí vino dentro de esta maldita maleta, cómodamente, cuando emprendí el viaje. Y aún más, porque en el hotel me perdieron dos camisas y la lavandera me devolvió seis cuellos planchados mucho más pequeños que los míos.
El hombre movió la cabeza.
Las maletas son así - murmuró -. A mí me han dado grandes disgustos hasta que prescindí de ellas. Ahora viajo tan sólo con un estuche de aseo. Compro lo que me hace falta y lo tiro cuando lo he usado una vez. No creo que sea yo el hombre que usted necesita, pero intentaremos algo. Comencemos por las camisas.
Colocamos las tiesas camisas de frac. Apenas quedaba sitio.
- Fuera eso - decidió él -. Primero los trajes.
Pusimos los trajes. Ya no cabía nada más.
Ensayamos numerosas combinaciones, sin que ninguna llegase, al final porque pronto veíamos que no eran acertadas. El hombre me pidió unos momentos de pausa, pues le dolían los riñones de estar inclinado.
- ¿De qué dijo usted que era este objeto?
- De ternera - respondí.
- No - caviló en voz alta de ternera, no es. Decir ternera es decir juventud, y la piel sería elástica y generosa. Esta piel es de vaca.
Un cuarto de hora después de nuevos esfuerzos cambió su juicio y me aseguró que la piel era de buey, de buey viejo y muy trabajado.
Faltaban treinta minutos para la salida del tren cuando logramos, con arreglo a cierta técnica (que él me dijo se usaba mucho en estos casos, y que consistía en meter la ropa a puñetazos y saltar sobre ella), introducir en la maleta una cantidad bastante crecida de prendas de ropa. Resultó dificilísimo cerrarla. Derribamos el armario encima y nos sentamos sobre el armario: entonces yo me deslicé cautelosamente y pude dar vuelta a la llave en ambas cerraduras.
- ¡Ya esta! - grité.
- ¡Ya esta! susurró aquel señor, agotado.
Los zapatos, los cuellos y otros objetos semejantes habían quedado fuera, pero acordamos envolverlos en periódicos y hacer con ellos paquetes fácilmente transportables.

- No olvidaré nunca su amabilidad - le dije a mi bondadoso vecino permítame que le abrace.
Y le abracé. El estaba también conmovido y orgulloso de su hazaña.
- Es la primera vez que consigo un triunfo sobre una maleta
- declaró -; pero por nada del mundo quisiera repetir esa lucha. Adiós, señor, buen viaje.
- Adiós - contesté - ; gracias a usted no he perdido el tren. Cuento con los minutos necesarios.
Mi vecino ya estaba por salir cuando una angustiada exclamación mía le hizo volverse, alarmado.
- ¿Qué es eso?
Yo estaba pálido, con los ojos dilatados, las piernas temblorosas, los brazos caídos a lo largo del cuerpo. Señalé el pijama y la bata que llevaba.
- ¡Mi traje! - balbucí.
Los habíamos guardado todos en el fondo del diabólico artefacto.
- ¡Uah! - exclamó el simpático vecino.
Y se cayó de espaldas.