Texto publicado por Nelson

Valijas verdes: cap 1.

Siria Poletti.
    Primer capítulo del libro Valijas verdes.
 
Una familia enredada.
   Ésta es una historia verdadera que sucedió en Buenos Aires un día en que los lapachos florecieron de golpe para anunciar el otoño.
   Es una historia con muchas vueltas, un verdadero misterio del que se ocuparon todos los diarios y las radios del país y del extranjero.
   En ese otoño en Buenos Aires no se habló sino de ese robo sensacional en el que estuvieron complicados ladrones, policías, guardas, titiriteros, un
perro, un canario, un extraterrestre, dos tortugas, un lustrabotas y otros personajes extraños.
   Todo empezó cuando una familia de titiriteros —el abuelo, la mamá y los cuatro hijos— viajaron en tren a Chascomús para ofrecer una función extraordinaria:
"Un extraterrestre explora la tierra". Ese mismo día, desaparecieron millones en billetes de banco robados en un asalto espectacular.
   Estos titiriteros, los que formaban una familia, no eran famosos. No habían aprendido el arte en ninguna academia y todo lo improvisaban juntos, hablando
todos a un mismo tiempo e inventando algo nuevo todos los días.
   El músico era el abuelo, quien tocaba el acordeón porque de chico, en Italia, había trabajado en un teatro de marionetas. Lucía enormes bigotes, fumaba
pipa y cigarros descomunales, de modo que todos acababan siempre estornudando y tosiendo, inclusive el perro y a veces también los títeres.
   La mamá era la que cosía la ropa para los muñecos y les pegaba el pelo o los bigotes a las caretas mientras hablaba sin parar. Y cuando interpretaba
el papel de la madrina, o del Hada Azul, también hablaba más de lo que le marcaba el libreto.
   Los artistas principales eran los hijos, tres varones y una nena, Dorita. Ellos armaban el escenario, manipulaban los títeres, hablaban por los muñecos
y utilizaban las luces y los efectos sonoros previamente grabados en cassette.
   Jesualdo, el mayor de los tres, escribía y dirigía las obras Y era poeta. Por tal razón, vivía en la luna. Y usaba lentes. Además amaba a Laura, una
señorita que no quería casarse con él porque no quería ser titiritera.
   Jesualdo era tan distraído que nunca calzaba los dos zapatos de un mismo color. O se ponía una media azul y otra marrón. Y a veces, para hablar en público,
en lugar del micrófono, se colocaba junto a la boca la pipa del abuelo.
   El segundo de los titiriteros era Lucindo, el más respetado de todos porque siempre estaba con los pies en la tierra, si bien era un excelente acróbata.
Además, Lucindo entendía de electricidad. Era el iluminador. Él daba al escenario luces de colores distintos y, como titiritero, él podía dar a las voces
de los muñecos tonos diferentes, porque su voz ya no era la de un chico, pero tampoco era la de un hombre.
   El más chico era Ariel. Ariel prestaba su voz a los títeres más menudos, los que representaban grillos o flores. Grillos o flores que, de pronto, desaparecían,
acorralados por ladridos. Sucedía que Ariel jamás se separaba de Chispa, su pequeño Foxterrier. Y Chispa no quería ver grillos que hablasen ni flores que
volasen.
   Y, por último, venía Dorita, la que nunca quería interpretar el papel de Caperucita Roja o de Blancanieves. Dorita no creía en las brujas. Además, le
interesaban únicamente las obras con buzos o con astronautas. Adoraba a sus dos pequeñísimas tortugas llegadas del Chaco, y con ellas ensayaba vuelos interplanetarios,
con aterrizajes imprevisibles y en cualquier parte.
   Estos titiriteros eran tan alegres que ni siquiera se habían enterado de que eran pobres y que en algunos países los
titiriteros viajan motorizados. Ellos sólo querían ser artistas. Y lo eran, si bien no disponían de sala propia ni de una casa rodante.
   Entre ellos lo hacían todo. Primero dibujaban los títeres sobre papel y después confeccionaban las cabezas y las manos. Luego los armaban como si fuesen
unos guantes muy largos. Una vez hechos los muñecos, introducían los dedos adentro del guante y les hacían mover cabezas, brazos y piernas. O las colas
a los que llevaban colas. Aprendían las obras de memoria. Y cuando la memoria les fallaba, improvisaban cualquier otra cosa con la ayuda de dos grabadores
a cassette. Y con la risa de los espectadores. Para la orquesta y las comparsas, contaban con el acordeón del abuelo, las panderetas y las castañuelas
de Dorita. En fin, inventaban y fabricaban entre ellos todo lo que hace falta para una función de títeres ultramoderna.
   Estos artistas, sin teatro propio ni casa rodante, ofrecían sus obras en los parques, en las plazas o en las escuelas de barrios. A menudo, sus espectadores
eran los chicos traídos de asilos o de guarderías. Éstos eran los espectadores que más lloraban y que más reían. Pero eran también los que más aplaudían.

   Y los titiriteros, una vez terminada la función, distribuían entre estos chicos globos y caramelos, abrazándose todos juntos y mezclados: los chicos,
el abuelo, el acordeón, la pipa, el perro y el canastito de Caperucita Roja en el que Dorita solía colocar sus dos tortugas vivas. Pero también el extraterrestre,
el muñeco más querido por la hermosa historia que protagonizaba. Y la mamá lloraba, reía y hablaba con los dedos todavía metidos en la cabeza del Hada
Azul. O de Pacha Mama.