Texto publicado por Jaime Nelson Arboleda Barrera

Cuentos y leyendas: El vino de san Pedro.

El vino de san Pedro.

La higuera es un árbol notable… ¡da tantos frutos! y para colmo, dos
veces al año. Sí señor, dos veces. una entre el verano y el otoño, que
es cuando tenemos los higos, tan dulces y perfumados.
Y otra más adelante, en primavera, que viene a ser cuando crecen las
brevas, más chicas que los higos, pero también tan ricas que hay quien
las prefiere.
Y este asunto de la cosecha doble de la higuera no es algo que pase
porque sí nomás, ni un capricho de la planta (en el caso de que una
planta pudiera encapricharse, algo que todavía está por verse). Eso de
higos y brevas lo decidió alguien hace mucho, ¡como dos mil años, más o
menos! Es una historia que tiene que ver con tres cosas.
La primera, que en esa época había alguien que a veces hacía macanas;
pero no macanas en el sentido de algo malo, claro, sino más bien metidas
de pata que terminaban en algún papelón y en molestias que en realidad
sufría él solo y divertían a los demás.
La segunda, que hubo algo que él quiso disimular.
Y la tercera, que hubo otro alguien que se dio cuenta de ese disimulo y,
disimulando él también, hizo como si se confundiera. ya vamos a ver cómo
fue.

Un paseo por la Tierra.
Como todos saben, hace mucho tiempo anduvo Jesús sobre la tierra, con
sus doce discípulos que lo seguían a todas partes, para escuchar lo que
les enseñaba. Entre ellos, estaba Pedro. En Mendoza y también en otras
partes, se dice que Pedro era pelado. y también se cuentan otras cosas.
Como lo que le pasó con el vino. Pero vamos por partes.
El asunto empezó una mañana temprano, cuando Jesús les dijo a los
discípulos que lo acompañaran a la montaña para pensar tranquilos y
rezar un poco. Ese día, Pedro estaba medio perezoso y parece que iba
pensando mientras subía la cuesta empinada: “Con todo respeto, yo no sé
qué necesidad tenemos de andar caminando tanto, si podíamos habernos
quedado tranquilos a la sombra de un árbol, bien cómodos, en vez de
reventarnos así.
¡Hay que ver que yo ya no soy muy joven que digamos!”. Pero se callaba y
no abría la boca.
De pronto, Jesús se paró y dijo a los demás:
–Muchachos, me olvidaba de algo importante. agarren cada uno una buena
piedra y llévenla hasta arriba.
–¿Una piedra ahora, Jesús? –preguntó Pedro con cara de desesperación–.
¿Qué tipo de piedra? ¿Para qué?
–Una piedra, Pedro, cualquiera. la que te parezca bien –le contestó
Jesús–. ya vas a ver para qué.
Los otros eligieron cada uno la suya entre las que tenían a mano, que
eran muchas. Casi todos juntaron piedras grandes, más o menos como un melón.
–Bueno –murmuró Pedro–, si da lo mismo cualquiera... –y agarró una que
no era más grande que una nuez esmirriada.
Al rato llegaron a la punta del cerro. Estaba todo muy tranquilo.
–¿Ven? Este es un buen lugar para conversar y pensar –dijo Jesús–. Pero
antes... a mí me dio hambre la subida y me imagino que a ustedes
también, así que.., levantó la mano y las piedras que habían llevado se
convirtieron cada una en un pan del mismo tamaño, doradito, oloroso y
crujiente. Pedro miró desconsolado el pancito miniatura que tenía como
almuerzo. Se lo metió entero en la boca y en dos bocados desapareció.
–Che, Pedro –le dijo Juan, el menor de los discípulos, que estaba
sentado al lado de él y gracias a su entusiasmo juvenil tenía ahora el
mejor pan–, ¿vos no querés un poco del mío? Me parece que te vas a
quedar con hambre...
–No, para nada, gracias igual –le contestó Pedro, haciéndose el duro–,
prefiero comer poco para que no me dé modorra.
Un poco más allá, Jesús, muy divertido, hacía como que se rascaba la
nariz para que no le vieran la risa que se le escapaba. al otro día,
cuando Jesús se volvió a juntar con los discípulos, les anunció:
–Me gustó la caminata de ayer por el cerro. Hoy vamos a ir de nuevo.
arriba comemos algo y después les quiero hacer un comentario.
Así que al rato se pusieron de nuevo en marcha. a mitad de camino, Jesús
les dijo:
–Muchachos, si quieren, agarren una piedra cada uno.
Todos le hicieron caso y buscaron piedras más o menos como las del día
anterior. todos menos Pedro, que empezó a mirar para todos lados, a
elegir una y otra; ninguna le venía bien. al fin encontró la que le
convenía. Era una roca enorme, que con mucho forcejeo arrancó del suelo,
donde estaba encajada, y con más trabajo todavía consiguió subírsela
hasta el hombro. Por el esfuerzo, le temblaban las piernas, se le habían
hinchado las venas del cuello y estaba colorado como un tomate maduro.
–Pedro, no exageres –dijo Jesús–, ¿para qué querés un piedrón como ese?
–No, si es cosa... puf... de... nada... –resopló el otro, haciéndose el
fuerte.
–Bueno, como te parezca...
Y así siguieron subiendo el cerro. Pedro bufaba, jadeaba y transpiraba
que daba miedo, pero no aflojaba. Cuando llegaron arriba de todo, largó
el peñasco –que retumbó contra el suelo– y se sentó al lado, agotado.

Las empanadas de mamá.
En la altura estaba todo muy pacífico, como el día anterior. Cantaba
algún pajarito y se oía el soplo del viento entre los yuyos.
–¡Ah, qué lindo día! –dijo Jesús–. Este aire puro a mí me da hambre.
Muchachos, sentémonos sobre estas piedras que trajimos y comamos, que
hoy tenemos empanadas. Cocinó mi mamá.
Y de una bolsita sacó una.
–¿Empanadas? –preguntó Pedro–. ¡Empanada será! Seguro que riquísima, no
le digo que no, ¡si su mamá es famosa en la cocina! Pero hay una sola y
somos trece. ¿y si preparamos un poquito de pan para acompañar, como ayer?
–No, pan con empanadas nunca se ha visto comer. además, no va a hacer
falta. ¡Mirá! –le contestó Jesús, mientras ponía la empanada en una
piedra limpia y chata. alzó la mano y… ¡zas!, en el mismo momento hubo
un montón–. Quedate tranquilo, que son 78, hay seis para cada uno.
Pedro almorzó sobre su asiento enorme, con las piernas cansadas colgando
de la piedra y cara de desilusión.
Cuando acabaron, Jesús se paró y dijo:
–Muchachos, quiero que meditemos algo. ¿Qué resultará peor para una
persona? ¿Ser perezoso o ser angurriento? no sabemos. Pero lo que sí
sabemos es que al fin de cuentas, las dos cosas llevan a pasarla mal.
¿no es así? ¿Eh, Pedro, a vos qué te parece?
–¿Y qué quiere que le diga? ¡usted siempre tiene razón! al día
siguiente, Jesús propuso de nuevo salir a caminar.
–Por favor, deje que me quede, que tengo los huesos molidos. Si le
parece, mientras tanto me encargo de hacer la cena para todos –rogó Pedro.

Un jugo delicioso.
Jesús le contestó que sí, que se quedara nomás a reponerse un poco, y
que era buena idea que fuera haciendo algo para comer a la noche. Pedro
se quedó solo y fue preparando un guiso con lo que encontró en la
cocina: rodajas de choclo, pedazos de zapallo y algún ají. Para
acompañar, pensó, estaría bien un jugo de uva. así que mientras en la
olla se calentaba el agua, él fue hasta la parra, juntó unos buenos
racimos, los metió en una vasija grande y los prensó con un cucharón
para exprimir las frutas.
Después fue a echar sal y el choclo en el agua, que ya largaba el
hervor, y cuando volvió a la tinaja de jugo empezó a sacarle los
hollejitos y las semillas de uva que habían quedado en el líquido.
Justamente una de las semillas era de lo más escurridiza y siempre
volvía a caer en el cacharro, hasta que pudo pescarla con la primera
cuchara que tuvo a mano; no se fijó que era la que siempre usaba Jesús.
Y se ve que eso cambió de pronto el jugo, que se puso bien oscuro y se
convirtió en el primer vino que existió en la tierra. Pero Pedro no
tenía la menor idea de lo que acababa de pasar, lo probó y comentó:
–¡Qué rico salió! –y se apuró a tomar un vaso lleno porque le gustaba y
además estaba sediento.
Cortó el zapallo y los ajíes y los agregó en la olla, y el calor del
fogón donde cocinaba le dio más sed, así que quiso más jugo. y mientras
esperaba que se cociera todo, tomó un tercer vaso y otro más. al rato se
le había puesto la nariz colorada, se reía de nada, tropezaba y no sabía
bien qué hacía. tanto, que agarró unas manzanas que tenía listas como
postre, las cortó y las echó al guiso. ¡Fue un milagro que no quemara la
comida!
Después durmió la siesta y se levantó más despejado, pero con sed, así
que siguió tomando de la tinaja. ¡Para qué! Cuando llegaron de vuelta
los demás, había quedado vacía. Él estaba de lo más alegre y
dicharachero, se llevaba por delante los muebles y a cada rato se
tentaba de risa.
–¿Qué te pasa? –le preguntaron. Pero él sólo podía contestarles:
–Na... ja... da... ja ja. Siéntanse, digo siéntense a mo... ji ji ji...
a cor... je je... a comer.
Entre todos pusieron la mesa y sirvieron el guiso.

La novedad de los pedazos de manzana les gustó mucho y aplaudieron al
cocinero.
(desde entonces se guardó la receta, y así tenemos el guiso que se llama
carbonada, hecho con manzana como se prepara en Mendoza.)
Cuando terminaron la comida, Pedro ya se había despejado y tuvo
vergüenza de haber estado riéndose como un zonzo todo el tiempo. y, la
verdad, ni se acordaba bien de cómo había terminado de hacer el guiso.
Jesús le preguntó:
–¿Vos anduviste tomando algo mientras no estábamos?
–Jugo, jugo de fruta, nomás.
–Y eso te dio risa y te empezaste a tambalear.
–No, sí, parece, pero... no crea...
–¿Y con la fruta de qué planta preparaste ese jugo?
¡Ahí se dio cuenta Pedro de dónde le venía la borrachera! y pensó: “¡Qué
lástima! ahora se va a enojar y va a hacer que la parra no dé más uvas
para que a nadie le pase lo mismo que a mí!”. Por eso explicó:
–Una planta, una de las que tenemos en el fondo...
–¿Pero cuál? –insistió Jesús poniendo cara de fastidio, pero muy
divertido tomándole el pelo a Pedro, que es un modo de decir, porque era
pelado.
“tengo que salvar la parra, tengo que salvarla”, pensó Pedro y señaló
cualquier cosa, sin mirar mucho. Jesús dijo:
–¡Ah, la higuera! Bien, como se ve que sirve para hacer algo bueno
porque pone contenta a la gente, ¡desde hoy ese árbol va a dar fruta dos
veces al año!
Y así fue como desde entonces se aprendió a hacer vino y carbonada, y
hubo higos y brevas.