Texto publicado por Jaime Nelson Arboleda Barrera

Cuentos y leyendas: La venganza del padre.

La venganza del padre

Los yámanas contaban que una vez, hace mucho pero muchísimo tiempo, hubo
un hombre que se llamaba yookalía. ¡Pobre! nadie lo quería mucho, aparte
de su familia. y no porque fuera una mala persona, sino más bien porque
era un poquito inútil. Cuando salía de caza o de pesca con su arpón,
como todos los hombres en esa época, él casi siempre hacía papelones
porque tenía una puntería malísima y se le escapaban todos los animales.
Con la honda era otro desastre; casi no valía la pena que tratara de
cazar algún pájaro, porque las piedras que él tiraba iban para cualquier
lado. Por eso, terminaba comiendo lo que le convidaban los demás o lo
que encontraba tirado, y a veces hasta tenía que robar algún pedazo de
carne para sacarse el hambre.
Para colmo, Yookalía era más bien tímido, por no decir bastante cobarde.
Si llegaba a ver un lobo marino grande en la playa, no se animaba a
acercársele, y varias veces lo habían corrido gaviotas y hasta pingüinos.
Por todo eso casi nadie lo respetaba ni lo tomaba muy en serio, y nunca
había conseguido novia. Pero no se burlaban de él abiertamente, porque
respetaban mucho a su padre, que era un poderoso yékamush –algo así como
un hechicero– capaz de curar y de hacer magia. Cuando pensaba en
yookalía, el viejo meneaba la cabeza y murmuraba “¡ay, este hijo mío!
¿Cómo ha podido salir así?”.
Yookalía se quería casar, como cualquier otro, y por eso andaba siempre
de acá para allá, visitando campamentos para ver si alguna chica lo
aceptaba. aprovechaba los viajes en canoa que hacían otras familias para
que lo trasladaran, porque tampoco sabía remar y no tenía bote propio.
y, aunque las muchachas no le hacían caso, él no se desanimaba porque,
eso sí, era insistente. Esa debía ser su mayor virtud.

Una broma muy pesada
un día llegó muy lejos, al lugar donde vivía una gente a la que le
gustaba hacer bromas, a veces bastante pesadas. apenas vieron a
yookalía, decidieron divertirse un poco a costa de él. “¡total, el padre
no se iba a enterar de lo que ellos hacían ahí con el hijo!”, pensaban.
Lo primero que hicieron fue recibirlo simulando que se ponían
contentísimos con su visita.
–¡Llegó nuestro amigo! –gritaban–. ¡Qué suerte!
Enseguida, la chica más bonita del lugar empezó a coquetear con él, como
si le gustara mucho. Yookalía estaba entusiasmado, porque se acababa de
enamorar de la muchacha, y la seguía a todas partes, suspirando embobado.
una tarde, la acompañó a pasear por la costa, se sentaron en una roca
junto al mar y después de recibir muchas sonrisas y miraditas
insinuantes, se decidió y le pidió que se casara con él. Ella bajó los
ojos, como avergonzada, y no contestó; mientras, los hermanos de la
chica estaban espiándolos desde atrás de unas piedras y se tapaban la
boca para no largar las carcajadas. Yookalía insistió y al fin ella,
haciéndose la tímida, dijo que sí con la cabeza. Muy feliz, él la quiso
abrazar, pero entonces la muchacha lo tiró al agua de un empujón.
–¿Cómo te has creído, inservible incapaz, que yo te iba a querer como
marido? –le gritó desde arriba y se fue.
Los hermanos pensaron que era una pena terminar la broma tan pronto. así
que corrieron a ayudar a yookalía, que salió del mar escupiendo agua salada.
–¿Qué pasó, amigo? –le preguntaban, y le escurrían el pelo, muy amables.
–No sé, le dije si se quería casar conmigo, hizo que sí con la cabeza y
después me empujó y me gritó algo. Me parece que dijo “incapaz”.
–No, nosotros escuchamos bien y dijo “audaz”. Es porque la habrás
querido abrazar y ella es muy tímida. no te enojes, vos le gustás, pero
tenés que ser paciente. Mientras, vení con nosotros a cazar.
Yookalía se conformó con la explicación y, esperanzado de nuevo, fue con
los hermanos de la chica. de caza, como siempre, estuvo hecho un
desastre. los otros, en cambio, consiguieron un guanaco. Como era la
costumbre, en el momento de trozar el animal para llevarlo al
campamento, los hombres prepararon ketis, una especie de morcilla hecha
con pedazos de tripa rellena, y los asaron para comer enseguida. a
Yookalía le convidaron uno también, pero sin que él se diera cuenta le
pusieron apenas un poco de carne y grasa, y le agregaron tierra, plumas
molidas y cuanta porquería encontraron.
Cuando estaban llegando de vuelta al campamento, Yookalía sintió que le
empezaba a doler el estómago y pronto tuvo unos retortijones tremendos.
Se acostó, muy enfermo.
Al día siguiente, los hermanos le trajeron otro keti como el anterior.
Yookalía les dijo que no iba a comer porque le había hecho mal, pero los
otros le dijeron:
–No puede ser, ¡a nosotros no nos hizo nada! Vos te enfermaste por la
caída en el agua fría. ¡Vamos! no nos vas a despreciar lo que te
convidamos, ¿no?
Y él, para congraciarse, comió. al rato estaba doblado en dos por el dolor.
La mayor parte de la gente del lugar se divertía con la broma, pero dos
mujeres se enojaron.
–Esto no está bien –decían–. ¡Burlarse así de ese pobre tonto! y además,
lo van a matar dándole esas porquerías.
Pero como los otros no les hacían caso, ellas fueron a contarle la verdad:
–Yookalía, todos te están tomando el pelo: la chica y los hermanos, y
los demás se ríen. Estás así enfermo por la comida que te dan a
propósito. nosotras no estamos de acuerdo, por eso te vinimos a avisar.
Él les agradeció y se quedó muy amargado. “Me tengo que vengar”,
pensaba. “¿Pero cómo? ¡ya sé! Mi padre se va a encargar”. y sin decir
nada a nadie, esa misma noche echó al mar una canoa que encontró en la
playa y se fue hacia donde vivía su familia.

Un triste regreso
¡Qué difícil fue el viaje! no sabía remar, así que Yookalía manejaba el
bote como podía, en zigzag, de acá para allá, y así perdía muchísimo
tiempo, además de cansarse mucho.
En medio del recorrido, un día el viento lo arrastró lejos de la costa y
ahí se llevó el susto de su vida. ¡Justamente él, que siempre se
acobardaba! y esta vez no era para menos, porque vio que junto a la
canoa flotaba, apenas asomando un ojo redondo y grande como un plato,
algo que parecía un calamar achatado, rojo oscuro y enorme, como de
cuatro veces el largo del bote.
¡Era un lakuma, uno de esos demonios del mar que provocaban naufragios
para comerse a la gente!
lleno de miedo, Yookalía pensó en su padre, el poderoso yékamush, y dijo
con un hilito de voz:
–¡ay, padrecito mío, si pudieras ayudarme!
Además de malo, el lakuma era un bruto que no entendía nada, y por eso
al oírlo dijo:
–¡Ah, qué tierno, me llamás “padrecito mío”! y querés que te ayude...
Entonces sacó un tentáculo viscoso, lleno de ventosas ásperas, acarició
la cabeza de yookalía, que estaba duro de miedo, y empujó despacio la
canoa hasta la costa. después se hundió en el mar y desapareció.
Cuando pudo moverse de nuevo, Yookalía empezó a remar a toda velocidad
para irse pronto de ese lugar. tan rápido iba, que chocó la canoa contra
unas piedras y la hizo pedazos. tuvo que seguir viaje por tierra y a pie.
Al principio, caminó por la costa, porque era lo más fácil y porque
sabía que los bosques están llenos de seres raros, razón por la cual
ningún yámana sensato se metía mucho entre los árboles a menos que fuera
indispensable. Pero llegó a un punto donde un enorme peñasco cortaba la
playa, y no le quedó más remedio que seguir por ese lugar tan peligroso.
Este era un bosque especialmente oscuro, espeso y lleno de crujidos
raros. Era difícil andar por ahí, porque el suelo estaba inclinado y
tapado de hojas secas, ramas y pedazos de corteza, donde se resbalaba a
cada rato. Entonces, le pasó lo que menos quería…
Oyó una especie de “¡Hagrrnnn!” y de atrás de un tronco grueso apareció
de pronto una cosa oscura y peluda, de unos tres metros de alto. ¡Sí,
claro, era un hánnush! uno de los peores demonios que pueden aparecer en
el bosque, decían los yámanas.
¡Pura maldad y hambre de comer gente!
Yookalía se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos y el corazón
retumbando en el pecho. Entonces se acordó del lakuma e hizo lo único
que se le ocurrió. dijo:
–¡Ay, padrecito mío, si pudieras ayudarme!
–¿Hagrrnnn? –hizo el grandote.
–Dije que ¡ay, padrecito mío, si pudieras ayudarme!
–Hgn... Hgrná... –resopló ahora el hánnush y se hizo a un lado.
¡Vaya uno a saber qué había entendido y qué había contestado! Pero
Yookalía no se quedó para averiguar. Siguió corriendo por el bosque.
Una semana después, pálido, ojeroso, flaco y con los pies a la miseria,
llegó a la casa de su familia. desde lejos, el hermano menor lo vio
acercarse y avisó a los demás:
–¡Es Yookalía, que vuelve! y parece bastante estropeado...
Después de que el viajero comió mucho y descansó bastante, el padre se
sentó frente a él y le dijo:
–Bueno, ahora me vas a contar dónde estuviste y por qué llegaste así.
Y el hijo le explicó todo: lo de la chica y los hermanos. Con sus bromas
pesadas, de su zambullida, de sus dolores de panza, del lakuma y del
hánnush...
El yékamush se puso rojo de furia y bufó entre los dientes apretados.
Pero después se aflojó y le dijo a yookalía:
–Ya sé lo que vamos a hacer. ahora dormí bien y mañana mismo vas a
volver para allá. te van a llevar en canoa. Mientras, yo...
–Y el resto se lo explicó al oído.

El yékamush decide soñar.
Cuando salió el Sol, Yookalía cargó provisiones en un bote y se fue,
acompañado por dos mujeres y otro hombre.
Entonces, el viejo se acostó y se puso a soñar, pero no cualquier cosa
sino el sueño que él quería. En ese sueño, él iba volando por encima del
mar, metido dentro una gaviota y mirando por los ojos del pájaro, hasta
que abajo veía una ballena en el agua. Entonces, bajaba y se posaba en
el animal. un momento después, ya no estaba en la gaviota sino dentro
de la ballena, que enseguida se moría. y en el sueño del yékamush, una
corriente se llevaba el cuerpo, flotando despacio, pero sin detenerse, y
como por casualidad, llegaba hasta una playa cerca de donde vivía la
gente que había ofendido a su hijo, y ahí se quedaba.
Cuando Yookalía llegó con sus compañeros, encontró la ballena en la
playa, tal como le había dicho el padre que iba a pasar. ahora le tocaba
a él seguir con el plan. Se fue solo y a pie hasta el campamento de los
bromistas.
–¡Amigos! –gritó al llegar–. ¡Buenas, buenísimas noticias! ¡Estuve
buscando cómo pagarles lo buenos que fueron conmigo al darme de comer, y
ahora les devuelvo el favor y mucho más! ¡Encontré una ballena en la
playa! ¡Vengan, yo convido!
Para cualquier yámana, una ballena muerta era una fiesta porque
significaba cientos de kilos de buena carne y grasa. Fueron corriendo.
Yookalía empezó a cortar gruesas tajadas y a repartirlas. ahí mismo
encendieron varios fuegos y empezaron a asar sus porciones.
Pero a las mujeres que le habían avisado lo que pasaba, les dijo:
–No coman de eso, amigas mías. Para ustedes traje otra cosa –y les dio
un cauquén, uno de esos gansos salvajes de tierra del Fuego, que sacó ya
asado de una bolsa.
Los demás se dieron un atracón. Yookalía insistía:
–¡Vamos! ¡Prueben otro poquito! ¿no me van a despreciar el regalo, no?
Y ellos decían:
–¡Qué bien nos vino este bobo!
A todo esto, el viejo yékamush seguía en su sueño. ahora se veía metido
en los huesos casi pelados de la ballena. Entonces hizo fuerza y empezó
a atraer todos los pedazos de carne que estaban en las barrigas de cada
uno. Fue como un imán que los arrastró hacia la osamenta y la ballena se
armó de nuevo, con los que se la habían comido, pegados por fuera. En
ese momento el animal volvió a vivir, se sacudió y se fue mar adentro.
día tras día, el agua salada achicharró a todos los burladores, que
quedaron pegados como costras blancas. Por eso, desde entonces, todas
ellas tienen unos parásitos blancos sobre la piel.
El yékamush terminó con el sueño y pensó que su hijo siempre iba a tener
problemas con la gente. Entonces, lo convirtió en el primer chimango que
existió. y por eso, hoy todos los yookalías siguen siendo malos
cazadores y unos cobardones a los que asusta cualquier pajarito.