Texto publicado por Miguel de Portugalete

Monjes Shaolin. El alma del kung-fu.

Monjes Shaolin. El alma del kung-fu.

VERÓNICA RAMÍREZ MURO

EL PAIS SEMANAL - 18-12-2011
Los gallos todavía duermen. La niebla de la madrugada apenas permite
adivinar los rostros de los aprendices de shaolin, que se van alineando
según la altura, a tientas, mientras terminan de acomodarse las túnicas de
color naranja. Sonámbulos, guiados por el instinto o la rutina, trazan
círculos invisibles con las muñecas; luego, con los tobillos, el cuello y
los hombros. Algunos abren los ojos y tratan de enfocar las pupilas
dilatadas por la falta de luz. En sus oídos, como un grito de guerra,
retumba la palabra que es saludo y bendición al mismo tiempo:
-"Amithaba".
Es la voz del maestro Shi Miao Hai, de 25 años, quien más tarde, por la
noche, reventará un saco de arena mientras juega a dar patadas bajo la
parpadeante luz de un fluorescente.
"Lao tsi hao" (buenos días, maestro), repiten los cerca de setenta alumnos,
entre europeos y chinos, cuyas edades oscilan entre los 6 y los 40 años.
Salen todos a paso ligero, una nube naranja golpeando el asfalto. Yi, er,
san. Un, dos, tres, y sin mirar atrás. Un aprendiz de shaolin nunca mira
atrás, tampoco hace preguntas, solo acata órdenes. La vida privada, en estos
momentos, es un lugar remoto. Aquí duermen 16 personas en cada habitación, y
70 comparten dos duchas. Todos forman parte del mismo ejército.
Lección número uno: sin sufrimiento no hay aprendizaje.
El recorrido es variable, un día será solo hasta la primera curva
pronunciada a un kilómetro del templo, al día siguiente podrá ser hasta la
rotonda (2 kilómetros) o, si la suerte no acompaña, la vuelta completa, que
implica correr primero sobre una pendiente de asfalto, luego a través del
campo y, para finalizar, un sprint frente a 350 peldaños de una escalera. Si
en los caminos de la vida siempre hay piedras, en este recorrido hay el
doble, y no es metáfora. Algunos aprendices se quedan sin aliento e intentan
buscar un atajo, y a la mayoría le empieza a pasar factura el calzado.
Las zapatillas que usan los monjes shaolin y la gran mayoría de practicantes
de artes marciales en China son marca Feiyue, que, literalmente, significa
"avanzar a saltos". Cuestan 10 yuanes (1,50 euros) y las venden en todas las
esquinas del país. Flexibles y ligeras, son lo más parecido a caminar
directamente con el pie en el suelo. Hace unos años, un francés que paseaba
por Shanghái vio en ellas un filón comercial y empezó a importarlas. Orlando
Bloom fue pillado en un parque por un paparazi. Llevaba unas Feiyue. Hoy, en
París y Nueva York se venden por 50 euros.
En la distancia, mientras los alumnos lamentan no tener una plantilla de
silicona, las nubes se descorren y dejan ver un escenario de postal:
Songshan, una de las cinco montañas sagradas de China. Declarada patrimonio
de la humanidad por la Unesco en 1999, Songshan es un entramado montañoso de
densa vegetación que abarca 60 kilómetros de extensión y esconde caminos
hacia templos taoístas y budistas, pagodas y un monte muy especial para la
historia de las artes marciales: Shaoshi, donde nació el kung-fu shaolin
hace más de 1.500 años, cuando el emperador Xiaowen de Wei del Norte cedió
unas tierras para la construcción del templo Shaolin, literalmente, "bosque
joven".
Al principio, los monjes del templo Shaolin solo meditaban. Hasta que
apareció Bodhidarma, llamado Da Mó en China, un hombre de abundantes cejas y
barba, cargado de leyenda y misterio, de quien se dice que fue capaz de
atravesar un lago sobre un junco, ayudado solo por la brisa. Da Mó llegó al
templo Shaolin desde la India, dispuesto a difundir el budismo chan (zen).
Meditó durante nueve años en la montaña, y lo hizo hasta dejar impresa su
sombra en una cueva, hasta tener que arrancarse los párpados para no
quedarse dormido. Estuvo más de tres mil días aislado. En el silencio,
además de cultivar su espíritu y concentrarse en lo fundamental, observó con
ojo clínico a los animales.
Después de los estiramientos, los aprendices de shaolin continúan con
distintos tipos de ejercicios para expandir sus pulmones y endurecer sus
músculos: carretillas, saltos, fondos, flexiones, hidráulicas, abdominales.
Algunos meniscos empiezan a pedir auxilio justo antes del momento del chi
pen kung, una rutina que aspira a la perfección técnica. La idea es que,
gracias a las repeticiones, cada movimiento fluya de manera natural.
Shi Miao Hai hace una demostración y se transforma en esa grulla, serpiente,
tigre o mono que observó Da Mó en las montañas y que inspiraron el tratado
sobre músculos y tendones al que llamó Yi Jin Jing, origen del llamado
Chikung. Estas técnicas sirvieron para desentumecer a los monjes,
agarrotados de tanto meditar y con un notable sobrepeso debido a la
inactividad. A los ejercicios de Da Mó se les sumaron las enseñanzas de los
guerreros que llegaban al templo para descansar o huir de las batallas. Los
monjes shaolin se nutrieron de todo ello y fue así como se desarrolló el
gong-fu, que al entrar en contacto con los occidentales pasó a llamarse
kung-fu.
El maestro de sonrisa en la mirada anima a los alumnos a emitir un grito,
que también es gruñido, para fortalecer el qi (pronúnciese chi), ese flujo
de energía que en instancias superiores hace que los maestros rompan lanzas
con la cabeza, soporten patadas en los testículos o partan ladrillos con los
dedos. Ese grito seco y profundo expresa la esencia del maestro, es el
sonido del esfuerzo y la excelencia. Hay ligereza, flexibilidad y fuerza en
cada pequeña acción. Los alumnos lo contemplan en picado, como cuando se
tiene un rascacielos delante. Su cuello bovino parece invencible. Aun así,
el batallón de hormigas intenta imitar al tigre con entusiasmo.
7.30. Suena la campana que marca el ritmo biológico en el templo. Hora del
desayuno. Arroz, verduras, un poco de tofu, un plátano por persona.
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El apacible entorno en este templo budista perdido en las montañas se
quiebra con el estallido de la pirotecnia. Suena como una ráfaga de
metralleta. Los alumnos extranjeros (o laowais), que apenas tienen fuerzas
para espantar a las moscas, dirigen sus miradas hacia las escaleras de
piedra, pero las agujetas diluyen cualquier intento de subir a explorar. Sin
embargo, allá arriba hay una pequeña ciudad por descubrir.
El templo cuyo nombre no se puede pronunciar se ubica a pocos kilómetros del
templo Shaolin, es el hermano discreto, el que no quiere aparecer en las
guías, ni formar parte de un circuito turístico. Existe un acuerdo tácito
entre los laowais y los maestros para preservar el anonimato. Existe el
deseo de que este templo secreto y perdido mantenga sus raíces mientras
pueda, que la apertura al mundo sea paulatina y no de golpe y sin aviso como
en el resto de China. Shi Miao Hai opina que, como en todas las cosas de la
vida, siempre hay riesgos, pero transmitir las enseñanzas del kung-fu es
necesario, y para ello se debe confiar en el buen corazón de las personas.
Este es el segundo templo budista más antiguo de China y el lugar donde
residen, entrenan y enseñan grandes maestros del kung-fu de espaldas a los
campeonatos, la publicidad y las medallas. No quieren vender kung-fu a
cualquier precio y tampoco convertirse en el parque temático que es el
vecino templo Shaolin, que recibe hordas de turistas. Hay que hacer cola
para rezarle al Buda, para ver la sombra en piedra de Da Mó, o los agujeros
en un árbol, perforado por la fuerza de los golpes de los monjes guerreros.
En "Shaolinland" hay demostraciones de kung-fu programadas tres veces al
día, en las que los niños, vestidos con túnicas brillantes, realizan saltos
y acrobacias circenses ante audiencias de mil personas cada vez.
En cambio, el templo discreto apenas recibe visitas.
En la planta inferior residen los monjes guerreros y Lao Tses, o viejos
maestros, y sus aprendices destacados, o Jiaolian. La dinámica diaria es
parecida a la de un colegio. Hay alumnos que viven aquí todo el año y otros
que vienen de distintas ciudades de China, sobre todo de la vecina Dengfeng,
a realizar cursos de verano. Algunos son huérfanos y han sido adoptados por
el dashifu, que viene a ser como el director del colegio. Todos estos niños
y adolescentes reciben una educación física e intelectual, pues combinan los
estudios de filosofía, caligrafía, historia y matemáticas con la práctica
del kung-fu. En el futuro, haber recibido una educación marcial les dará una
ventaja comparativa frente a otros ciudadanos chinos que aspiren al mismo
puesto. Cuando no entrenan, la vida de los alumnos locales se reduce a comer
chuches y helados, por las noches, ver alguna película de Jet Li o los X-Men
y cazar chicharras para luego atarles la patita a una cuerda y hacerlas
volar como cometas.
La pirotecnia que se escucha allá arriba sirve para espantar a los malos
espíritus, dice el shifu (maestro), pero hay algunos que ya ni oyen y solo
buscan una piedra donde reposar su anatomía y escribir en sus diarios el
alcance semántico de la palabra agujeta. Shifu Carlos Álvarez, que ha venido
con alumnos de su escuela en Madrid, los anima a seguir y recuerda sus días
de entrenamiento para convertirse en maestro, cuando tenía que golpear agua
para fortalecer, incluso, las yemas de sus dedos. "Yo fui uno de los
primeros occidentales en venir al templo y también el primer maestro que
consiguió convencer a los monjes para que aceptaran mujeres en los
entrenamientos. Antes de venir por primera vez, en 1988, pensaba que los
monjes eran leyendas o que existían solo en las películas, pero eran de
verdad. Los entrenamientos eran brutales, pero desde entonces solo vivo y
respiro kung-fu".
Es sábado en el templo secreto y los visitantes budistas venidos de pueblos
cercanos queman las pertenencias de sus muertos en los hornos donde
antiguamente se cremaba a los maestros. Prenden inciensos al Buda de la
prosperidad, mientras una abadesa, la única mujer residente en el templo,
selecciona hojas de un arbusto con paciencia quirúrgica. El personaje
central del templo, el fan dang, aparece escoltado por dos monjes. A uno de
ellos le dicen Terminator. No se puede mirar al fan dang a la cara, sería
una falta de respeto buscarle los ojos. Dentro del templo, el fan dang es
conocido como el Oráculo, por tener el poder de adivinar el futuro, además
de ser la máxima autoridad, una especie de sumo sacerdote. El guardaespaldas
que lo acompaña, Terminator, no parece esculpido en piedra. Es de piedra,
como casi todos los monjes guerreros que habitan en este templo, a
diferencia de los monjes religiosos: flacos y desgarbados, vegetarianos y
célibes, que se dedican a rezar y difundir el budismo.
El entrenamiento de hoy es en una de las terrazas superiores. Para llegar
hasta allí hay que atravesar el taller del calígrafo, del profesor de
budismo, del pintor y de los pequeños altares dedicados a distintas
divinidades o héroes, como Wenshu Budishattva o Dazu Huike, el discípulo de
Da Mó que se cortó una mano para convencerlo de que abandonara la montaña y
se convirtiera en su maestro. Así, también, nació el kung-fu, y en honor a
su sacrificio, los monjes shaolin son los únicos budistas que utilizan solo
una mano para saludar o hacer una reverencia.
A la sombra de dos árboles sembrados hace más de 2.000 años, cuando el
templo secreto fue fundado, se inicia la segunda tanda de ejercicios del
día. El reloj marca las ocho de la mañana y esta vez los alumnos tienen que
practicar formas o tao lu, coreografías que involucran una larga cadena de
movimientos, algunas veces suaves y estilizados, y otras, fuertes, con mucho
chi. Entrenar junto a los alumnos locales tiene la ventaja de mirarse en el
espejo de la perfección. Ellos parecen estar genéticamente predispuestos a
los saltos y las coreografías. Los discípulos extranjeros se esfuerzan y,
poco a poco, van entendiendo que kung-fu, cuyo significado literal es
"trabajo continuo", es darlo todo y hacerlo bien. Cuando se entrena y cuando
no.
Para Shi Miao Hai, entrenar a alumnos occidentales es un acto de
desprendimiento que considera necesario en los tiempos que corren. "Nuestra
sociedad se abre cada vez más, nuestra cultura está abierta al mundo y no se
puede vivir encerrado. Tenemos que expandirlo a través de personas de buen
corazón que quieran entregarse. Al principio, los alumnos solo quieren pegar
y pelear, pero cuando llegas a un nivel más alto ves que no es solo eso. Es
algo interno. El kung-fu es vida cotidiana, es felicidad y vida". Acto
seguido da la orden, "Amithaba", y tiene a un ejército de buenos corazones a
sus pies, haciendo 20 flexiones para calentar los tríceps.
El tiempo en el templo está dividido en desayuno, almuerzo y cena (no hay
que ser oráculo para adivinar el menú: siempre arroz, verduras picantes, y
pollo o paloma) y entrenamientos intercalados. El resto del tiempo se puede
intentar una conversación, con un diccionario a mano o alguna aplicación
para móviles, con los monjes. Todos llevan móviles de última tecnología, de
donde se desprenden baladas románticas, en el caso de Shi Miao Hai, o
Rihanna, en el caso del monje guerrero Shi Miao Du. Nada parece alterarlos.
¿En algún momento se irritan, se frustran, sienten tristeza o melancolía?
"Todo es pensamiento y corazón. Todos los días, uno tiene problemas que
solucionar, y lo importante es ver la manera de hacerlo. Si te complicas la
vida no serás feliz".
Dengfeng, la ciudad que Lonely Planet describe como "sórdida y vieja", es
caótica, los semáforos cumplen una función decorativa y las motos son un
verdadero enjambre de avispas que llevan tres y hasta cuatro pasajeros sin
casco. Los pequeños comercios se mezclan con edificios enormes, casi siempre
ocupados por sedes de grandes bancos, anchas avenidas donde es frecuente ver
a las personas en cuclillas viendo la vida pasar con un cigarrillo en la
boca.
A pesar del caos y de la basura acumulada, la ciudad mantiene cierto orden.
Las calles se organizan en función del servicio que ofrecen: peluquerías,
juegos clandestinos, prostitutas, tiendas de verduras y frutas, puestos de
comida, pompas fúnebres, centros de masajes y, por supuesto, tiendas de
armas donde comprar las espadas, lanzas, varas, escudos y látigos que se
emplean en las artes marciales. De pronto, uno repara en el sonido que hace
un látigo al golpear el asfalto. También en que, por lo menos, de cada diez
peatones, cinco llevan unas Feiyue.
El motivo de que tantas personas lleven un chándal, zapatillas y una
camiseta con figuras marciales está relacionado con el número de escuelas de
kung-fu en la ciudad. Desde el taxi que conduce por la avenida de Beihuan se
pueden ver por lo menos 50 y de enormes proporciones. Estas escuelas parecen
ministerios, tienen más de 10 plantas y la mayoría cuentan con más 5.000
alumnos. Algunas escuelas ofrecen certificados de maestros e, incluso,
pueden bautizar con un nombre budista a los interesados. Si bien durante la
revolución cultural los monjes shaolin fueron perseguidos y sus templos
clausurados, cuando no incendiados, en los años ochenta reabrieron sus
puertas y empezaron a cobrar fuerza. Bruce Lee, Jet Li y David Carradine,
verdaderos embajadores de las artes marciales chinas en el mundo,
contribuyeron a que su influencia se expandiera.
Las escuelas de esta ciudad, de 630.000 habitantes, ofrecen una formación
física y espiritual a por lo menos 70.000 personas. Algunas de ellas han
sido fundadas por monjes guerreros shaolin que han optado por rentabilizar
sus conocimientos. Epo Wushu College es una de las preferidas de los
extranjeros. Por 700 euros al mes, uno puede practicar kung-fu dos veces al
día (el primer entrenamiento es a las nueve de la mañana, y el segundo, a
las cinco de la tarde) en unas instalaciones de lujo con tatami, sauna,
ducha, Internet, masajes, aire acondicionado, bar, y restaurante a la carta.
Un hotel cinco estrellas en toda regla, con la diferencia de que cuenta con
más de 400 profesores de artes marciales.
Mientras que en la provincia de Henan y en el resto de China todo florece y
crece de manera geométrica, un grupo de monjes guerreros se mueve lejos de
los focos del protagonismo de un país en apogeo. Mantienen la mística
milenaria y resisten, pero con mano blanda. Si bien en el templo secreto la
brisa de la montaña sagrada parece haber detenido el tiempo, el vecino
Dengfeng, con sus cabinas de Internet, sus accesorios para móviles, sus
restaurantes fast food y su creciente demanda de escuelas de kung-fu, es una
ventana al mundo difícil de mantener cerrada por mucho tiempo.

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