Texto publicado por SUEÑOS;

Cuentos, (paraguay)

CASTRACIÓN

Mario Halley Mora

Sábado al atardecer. El sol se había ido llevándose el insoportable viento norte que traía las vaharadas de calor del Chaco, empujando arena que se metía entre la ropa, en las narices y en los ojos.
El pueblo de Posta Acuña entraba casi abruptamente a su calma crepuscular de todos los días. Las campanas de la Iglesia habían llamado a oración y en medio de la penumbra se veían a las últimas rezadoras apresuradas y arrebujadas que cruzaban la Plaza -una manzana de pasto reseco- rumbo al cumplimiento de sus deberes religiosos. Alrededor de la Plaza, y de la Iglesia que era su centro, se alzaban los caserones viejos como el tiempo, con sus recovas ya obscurecidas. Sólo había una mortecina luz en el edificio nuevo de la Alcaldía policial, que rompía la simétrica monotonía de pilares y corredores. Al lado, el "Palacete Municipal", con recovas y pilarones pero remozado, y donde también tenía su despacho el Juez de Paz, ya había cancelado sus actividades del día.
En la esquina norte, donde funcionaba el depósito de la Acopiadora, cerrado desde el mediodía, el ir y venir de innumerables carretas que estuvieron trayendo toda la semana su carga de algodón, tabaco, maíz y soja, había dejado en la calle de tierra una mezcla de barro removido, orina, bosta y derrame de semillas, que una silenciosa y paciente pareja de japoneses paleaba a un remolque plano tirado por un tractorcito que parecía de juguete. "Abono", decía el vecindario con asco, y se negaba a consumir los enormes melones y sandías fertilizadas de tal manera, lo que por otra parte ponía contento en el corazón del japonés que, mientras embarcaba sus productos en el camión que los llevaría a la Capital, sentenciaba: "palaguayo no gusta melón, no gusta sandía; palaguayo no loba melón ni loba sandía". Aquello, por cierto, había llegado a oídos del Alcalde policial, mi ahijado, que hizo detener al japonés "por ofender a la raza" y de paso le confiscó una radio a transistores.
El tractorcito se alejó arrastrando su fétida carga, y poco después la gente empezó a salir de la Iglesia. Eran ya apenas sombras que se deslizaban en las sombras. La noche parecía cerrarse sobre sí misma, tendiendo una gruesa colcha de silencio sobre el pueblo. Pero era sábado. No habría ese precioso silencio, espeso y tonificante que yo había venido a buscar de la Capital. Primero fueron los altavoces de la Casa Parroquial, rotundos como puños que aplastaban mi deseado silencio pastoral. El locutor, a voz de cuello, invitaba "a la juventud sana del pueblo" a un "Cóctel dansant" y anticipaba gazmoñamente que la cantina sólo serviría Coca Cola. Poco después, apoyaba esta invitación al "sano esparcimiento" con música rock. Casi de inmediato, los altavoces de la Seccional entraron en la competencia enfrentando a la polka partidaria, como un gallo de pelea sonoro, con la música rock. Poco después, el locutor lanzaría un respetuoso saludo a las dignas autoridades del pueblo,
para empezar luego con las dedicatorias de polkas y guaranías a los notables de Posta Acuña, a sus gentiles hijas y a las distinguidas matronas. Por último, un poco más lejos, otro juego de rechinantes bocinas empezaba a funcionar desde el "Local Social" del "23 de Agosto F. B. C.", invitando al vecindario "sin distinción de clases" -decía- a acompañar el día siguiente domingo a "los once leones del pueblo" que irían a competir en Posta Irala llevando sobre sus espaldas el lema de "vencer o morir".
Desconsolado, me iba a dormir o a tratar de hacerlo, cuando observé que de la alcaldía policial salía Casiano, mi ahijado, para su primera ronda nocturna, seguido por los dos soldaditos que llevaban al hombro sus larguísimos fusiles cuyos caños se alzaban al cielo como antenas. Como era sábado, Casiano se había puesto el uniforme de reglamento y las botas altas que yo le había regalado, de las que tan orgulloso estaba. El revólver bajo el cinturón, cruzado sobre el ombligo, y la fusta en la mano derecha. Su aspecto era bastante marcial, considerando que en los días de semana su atuendo consistía en un desteñido pantalón de faena, un saco pijama y zuecos con plantilla de madera. Y el revólver, claro está.
Como todos los sábados se dirigió a la Casa Parroquial donde empezaba a reunirse la juventud sana. Jamás entraba al local. Entraban sí los dos gendarmes con la orden de "controlar todo", mientras él se quedaba afuera, en las sombras, pero no tanto, erguido, con las piernas abiertas y golpeando una y otra vez las botas con la fusta, como un tigre irritado que menea la cola. Después saldrían los soldaditos a murmurar: "Parte Sin Novedad", lo que significaba que no habían escuchado hablar de política, y el trío se marchaba a continuar su ronda. Por esta vez adiviné que Casiano pasaría por la casa de Prudencio Genes, Presidente del "23 de Agosto", para arengar a los once leones que allí estaban concentrados. Después, los soldaditos continuarían solos su ronda, lo que es un decir, porque generalmente iban a sentarse a "cuatrerear" en algún matorral obscuro y a darse un banquete con las galletas que en abundante provisión llevaban en los bolsillos. Por su parte, Casiano recalaría
en el Callejón del arroyo, en el rancho de Marcela-, la ciega que había perdido los ojos un Domingo de Gloria cuando le estalló en la cara un "petardo brasilero", y a quien Casiano había tomado "bajo la protección de la autoridad", lo que también es un decir.
Milagrosamente logré conciliar el sueño en medio de la baraúnda de los altavoces. En realidad, me dormí hipnotizado por el entrecruzarse de cháchara y música, tanto que cuando a la medianoche en punto el ruido cesó de golpe, también yo desperté repentinamente. El silencio era tan completo y más opresivo que la batahola anterior que no pude volver a dormir. Cerca de la madrugada, pero aún lejos de la aurora, los gallos empezaron a cantar en interminable cadena que ora se acercaba, ora se alejaba. "Anuncio de cambio de tiempo", diría a la mañana ña Pastora, mi ama de casa, mientras me servía el mate. Tendía el oído para identificar los diferentes cantos de gallo. El canto largo y quejumbroso del "Purutué" gordo y macizo, "de raza para comer", el corto como un latigazo del gallo de riña, y el gorgoteante del pollo que ensayaba sus primeros gritos de desafío. Y de pronto, un sonido distinto, grito, alarido, infinito terror sonoro que terminaba en una gárgara de sangre. Acaban de
matar a alguien, pensé, y con esa idea fija permanecí con los ojos abiertos hasta el amanecer.
Lo que me dijo ña Pastora al traerme el primer mate fue la noticia de que habían matado a don Aparicio Leguizamón, el dueño de la Acopiadora, y el hombre más rico del pueblo. Le habían degollado mientras dormía, me contó, y agregaba el detalle espeluznante de que el cadáver mostraba claras huellas de que el matador había intentado castrarlo, sin lograr su objetivo sino a medias.
La primera consecuencia del drama fue que el equipo del "23 de Agosto" casi suspende su viaje a Posta Irala. Aparicio Leguizamón era el Presidente Honorario del Club, honor que alcanzó donando el amurallamiento completo de la cancha que, desde luego, ostentaba el nombre de "Estadio Aparicio Leguizamón". A última hora se decidió que el "23 de Agosto" se presentara a jugar llevando cada jugador un crespón negro. Además, se guardaría en la cancha un minuto de silencio.
A media mañana, hora del tereré, apareció por mi casa Casiano. Lucía todavía el uniforme de la noche anterior, en homenaje a la gravedad del caso, imaginé.
Me informó que ya tenía detenidos a tres sospechosos. Pero se veía a las claras que se encontraba desconcertado, cosa que me confesó después del segundo tereré. Dijo también que bien le vendrían algunos consejos. "Mirá, Paíno, vos sos leído y tenés tu 'desarrollo' por lo bien leído que sos y todo eso. Sé que tengo que proceder, pero no quiero ser arbitrario", me dijo. Por "desarrollo", palabra que se había quedado pegada a su vocabulario, él entendía todo lo susceptible de crecer por el esfuerzo, desde la estructura de un puente hasta la inteligencia humana. Y el "no quiero ser arbitrario" era su latiguillo permanente. Lo oí la última vez cuando ordenó a uno de los agentes a que fuera a detener a los dos primeros borrachos que encontrara en la calle. "No quiero ser arbitrario pero la Alcaldía necesita una manito de pintura", me dijo, y el día siguiente los dos detenidos estaban dándole a la brocha.
A mí me interesó antes que nada el muerto. Era un "hijo del pueblo de primera generación". Su padre, un poco después de terminar la Guerra del Chaco, había venido a instalarse a Posta Acuña con un diploma de "Idóneo Dental de Primera" y un torno a pedal. No le fue muy bien en ese pueblo, donde el dolor de muelas se curaba con buches de poderosa caña blanca, hasta que realizó la primera empastadura de oro. Su paciente, que había empezado el tratamiento con los dientes feamente cariados, lo terminó luciendo una resplandeciente sonrisa dorada. Pronto, tener oro en los dientes fue señal de elegancia y poderío económico entre los hombres y de distinción entre las mujeres. El dentista hizo dinero, compró el local y anexo al Consultorio, fundó la Acopiadora. Cuando murió, el Consultorio había desaparecido y Aparicio, su hijo, heredó la Acopiadora.
Mejor comerciante que el padre, prosperó y amasó una fortuna. A sus grandes depósitos convergían, se pesaba, tasaba y pagaba toda la producción de diez leguas a la redonda. A su manera, trataba de ser justo en el peso y en el pago, y le gustaba poner acento sobre esa justicia suya, cuando sentenciaba a quien quisiera oírle que "en mi zona de acopio jamás se murió de hambre ningún campesino".
Le requerí a mi ahijado alguna información sobre sus sospechosos detenidos.
-El que agarré primero -me dijo- es Pánfilo Sosa. Hay ciudadano que van a dar testimoño que amenazó de muerte al Aparicio. No le recibió su carga de tabaco porque se enfardó mojado. Su maíz también se quedó en la carreta porque estaba picado. Pánfilo se puso loco de rabia. Si no entregaba su carga no iba a poder pagar la Fianza Agrícola. Yo le pregunté al Pánfilo si era cierto que él profirió amenaza de muerte, y no negó. Pero niega que él sea el matador. Pensaba matarle -me dijo-, pero a lo hombre, en algún caminito sin desvío, mano a mano lo dó, para darle ocasión de morirse a lo macho, o sea haciéndole un favor especial al Aparicio, que no era macho, porque no e de macho acogotar al pobre, y a él particularmente, porque no quería que su hija venga a servir de criada en casa de Aparicio, que ya tenía tre muchachita de servicio, una ya de siete mese de encargue, seguro que del patrón, que todo saben que anda loco por tener familia, porque Anselma su esposa e amachorrada sin
remedio, asegún sabe todo el pueblo.
-También está bajo sospecha Mártires Parede -continuó mi ahijado-. Vos sabés, Paíno, que el anticomunismo del Aparicio tenía un gran "desarrollo" y cumplió con su deber de cristiano cuando vino a denunciarme que Mártires escuchaba de noche Radio Moscú. Hicimo un allanamiento en su rancho y le pillamo con la mano en la masa o sea con el oído en su radio. Mártires se defendió diciendo que él no buscaba Radio Moscú sino Radio Moscú le buscaba a él porque aunque movía la abuja de la radio lo mismo salía Radio Moscú y que él no tenía la culpa si los rusos ponían arriba un satélite que servía para que salga Radio Moscú en todo lo numerito de su radio. Malicié que quería joderme y le traje detenido a él y su radio. Mártires salió en libertad a pedido del Pa-í Jacinto pero su radio se quedó en custodia como cuerpo del delito, y para salir de un compromiso aproveché y le nombré depositaria a Marcela-í porque yo ya tengo el aparato que le secuestré al japonés boca sucia. Mártires es
sospechoso porque el pa-í Jacinto me comentó que él no estaba enojado conmigo, porque la autoridá es la autoridá y tiene su derecho, pero que Aparicio iba a pagarle alguna vez la yaguareada y lo 25 yagatanazo de plano que le aplicamo antes que aparezca el Pa-í Jacinto.
-También le tengo en remojo para que se ablande en el calabozo a Calaíto Insfrán -siguió informando Casiano-, era jugador del "23", el mejor número 9 de todo el Departamento, pero hizo la disparatada de entrarle de noche a lo yacaré a una criada del Aparicio. Le pillaron y allí terminó su carrera. Le echaron del cuadro y él se fue a Asunción a probarse en Cerro Porteño, pero no pudo ficharse porque don Aparicio ya compró su pase y el pobre se rabiaba de balde porque tiene que esperar dó año para ser declarado jugador libre, y últimamente le andaba preguntando al Juez de Paz si era legal que un muerto sea dueño de un jugador.
Pidiéndome que "pensara un poco sobre el desarrollo de este delito", se levantó para marcharse, agradeciendo el tereré.
-Le tengo que esperar al Juez de Paz para iniciar junto el interrogatorio de rigor -me dijo y se despidió, pero no se fue. Se quedó pensando, con la mirada perdida en la lejanía, dando golpecitos a las botas con la fusta. Luego se volvió a mí.
-Lo que no "encuadra" en este "desarrollo" -me dijo refiriéndose a los acontecimientos- es una cosa. La castración. Castrar a un tipo, sí, y después matarle, es legítimo. Pero matar y después castrar parece cosa de individuo sin juicio en su cabeza.
Luego continuó reflexivamente, como hablando para sí mismo.
-Lo más peor que se le puede hacer a un sujeto es eso, porque es quitarle lo hombre que tiene. Es igual de insulto que quitarle el revólver cuando gallea o pisarle su pie cuando baila. Sí, Paíno, castrar al prójimo es lo último que hay. Pero para que sienta su castigo, el castrado tiene que estar vivo y seguir vivo pero monflórito. Es castigo de hombre a hombre, y para hombre vivo no para hombre muerto. Porque allá a la final el buen cristiano mata cuando hay necesidá o obligación pero no se ceba en el muerto. Y eso es lo que pienso de mis tré detenido, que son bastante macho para castigar un perjuicio, pero no así.
Cuando se fue mi ahijado, fui a la cocina a buscar a ña Pastora.
-Aparicio era un caraí bastante renegado en su casa -me informó-. Cuando Anselma, que era Reina coronada del "23", afilaba con él, él le puso un hijo. Ella se asustó y dejó que el Aparicio le lleve a ña Froilana que le hizo el aborto y le mató mal mal, y entonces se pilló todo. Aparicio no quería casarse pero el Delegado de Gobierno es Paíno de Confirmación de Anselma, y le obligó nomá acumplir su compromiso de hombre. Pero todo se quedó por ahí nomá, porque el aborto le dejó güera a la Anselma, y como el hombre no es completo si no pone familia, puso de lado a la Anselma y trajo para criada tré muchacha biensana y en estado de merecer y concebir. Así e la cosa y Anselma no quería má ni salir con vergüenza de mostrar su cara ni para irse a la Iglesia.
Más tarde, fui al entierro de Aparicio. Habían depositado el ataúd a la vera de una fosa abierta, sobre dos sillas que algún alma previsora había arrastrado a lo largo del "acompañamiento". Se iniciaron los discursos. El Juez de Paz, el Presidente de la Honorable Junta Municipal, el Presidente del "23 de Agosto" y finalmente el cura que ensalzó la generosidad del difunto, donador del edificio de la Escuela Parroquial.
Mientras el torneo oratorio se desarrollaba miré la Viuda. Alta, morena, garbosa. Grandes pechos bajo el ropaje negro de enlutada. Cintura estrecha que se ensanchaba en una cadera generosa. "Toda una hembra a quien me gustaría ver parir a la luz de la luna sobre el arenal del arroyo", pensé. Pero era estéril, castrada. ¿Castrada? También ella. Y con su desgracia silenciosa insultada a diario por la fecundidad de tres jovencitas que llenaban sus narices con el olor fértil del sexo, íntegro y sano; y sus oídos en la noche, con el rumor denso de la fecundación. "Una de ellas ya está de siete mese de encargue", había dicho uno de los detenidos.
Miré sus manos color azúcar quemada. Fuertes, de dedos largos, fáciles de convertirse en garras. "La castración no es cosa de macho", había dicho mi ahijado, y se puso a medio camino de la verdad.
En aquel momento las nervudas manos de Anselma tomaban un terrón de tierra y lo dejaban caer sobre el ataúd. Miré a Casiano y vi que tenía los ojos fijos en aquellas manos. Empezaba a caminar por la otra mitad. Ya llegará a destino sin mi ayuda, me dije, y me alejé sintiendo en los oídos el desagradable rumor de las paletadas de tierra cayendo sobre el féretro.

FIN