Texto publicado por SUEÑOS;

cuentos olvidados,

cuento
pais costa rica.
origen relato.
MAMBO

Fernando Durán Ayanegui

Cuando al fin a la selección nacional de balompié de la República de Volubia le tocó enfrentarse con la de México en partidos eliminatorios del campeonato mundial, las derrotas sufridas por los volubianos fueron de carácter tan abultado que, ya a los veinte minutos del primer encuentro, al marcador electrónico del Estadio Nacional de Volubia se le habían ido los fusibles de tanto encender y apagar bombillos llevando cuenta de la goleada, y el árbitro canadiense tuvo que detener el pésimo espectáculo para averiguar si entre los asistentes había uno despierto que le pudiera facilitar una calculadora de bolsillo, pues decía él en su español medio aprendido que, de lo contrario, se le podría reventar el cerebro a fuerza de memorizar números tan inmensos.
Después de la inconmensurable catástrofe deportiva, los entontecidos volubianos dejaron de comer tacos con chile, no volvieron al cine para eludir así el riesgo de encontrarse en las pantallas la proyección de una cinta de noticias filmada en la capital azteca, se volvieron fanáticos del ajedrez y de las peleas de gallos, convirtieron los estadios en teatro al aire libre y, a guisa de vendetta, instalaron frente a la Embajada de México en Volubia, una hedionda destilería de aguardiente barato, pero con todo, durante muchos meses, la mayor de las preocupaciones nacionales consistía en tratar de explicarse cómo diablos podía fracasar una selección que contaba –ni el mejor equipo de fútbol de Brasil podía vanagloriarse de algo parecido- con los servicios de un famoso sicólogo de origen haitiano quien, según se decía, además de poseer todos los secretos del Vudú había estudiado diplomacia en una conocida universidad europea de la que, si lo habían echado bajo la acusación de estar dedicado al espionaje, en realidad en nada había salido perjudicado porque él sabía de política internacional más que el mejor de sus profesores.
Se llamaba Riñón Regúlez y había nacido en el enclave caribeño de Cuidad Jarrones, puerto de matrícula de por lo menos la mitad de las flotas mercantes de Occidente en la época en que, gracias a la habilidad notarial y consular de algunos amigos del Patriarca, ponerle bandera de Volubia a alguna nave pirata salía más fácil y barato que pegar calcomanías religiosas en el parachoques al Mercedes Benz del arzobispo. Se decía del famoso psicólogo que hipnotizaba a los atletas antes de los partidos importantes, les aplicaba extraños aparatos llenos de electrodos que se incrustaban en el abdomen y el cráneo y, mediante algunos encantamientos de eficacia científicamente probada, los convertía, con solo tocarles una oreja con el dedo pulgar embarrado de cebolla, en zombies capaces de ganarles una pelea a Mano de Piedra Durán. Antes de salir a la cancha, seguían diciendo los rumores, Riñón obligada al guardameta de turno a pararse de cabeza en el entarimado de los vestidores y, después de obligarlo a recitar el Pentateuco sin detenerse a respirar, le masajeaba los glúteos golpeándolos con una raqueta de tenis, tras lo cual, según la teoría, ningún jugador contrario se atrevería a lanzar la pelota contra la meta del equipo nacional.
Como consecuencia de la derrota no faltaron los descreídos que pusieran en duda las credenciales académicas del sabio Riñón Regúlez, y hasta el Congreso de la República llegó la queja de los fanáticos del fútbol, de modo que se nombró una comisión pluralista de diputados encargada de juzgar, investigar, revisar y dictaminar en torno a tan importantísimo asunto. (Tómese nota de la importancia que el mencionado deporte tenía para la ilustre república independiente de Volubia. Se había originado la práctica del varonil juego en la llegada, allá por 1912, de un barco alemán al puerto de Jarrones, nave que por hallarse en muy mal estado se hundió, cargada de café, a seis millas de la costa, justo cuando iniciaba su viaje de regreso a Bremen. Se salvaron a nado los tripulantes, algunos de los cuales llegaron a la playa deteriorados por los mordiscos, y de todos ellos no se murió ninguno, a no ser por el cocinero, un chino al que se tragaron las aguas del Mar Caribe en cuanto trató de recatar del naufragio su libro de recetas.
Fundaron aquellos marinos la primera colonia alemana en territorio de Volubia y no tardaron mucho en ennoviarse, aparearse, amancebarse o contraer matrimonio con las más hermosas aborígenes, de modo  que en pocos años la costa caribeña de Volubia quedó poblada de chiquillos coloradotes y rubios, bastardos unos, legítimos los otros, a quienes sus padres y sus padrinos enseñaron a jugar el nuevo deporte importado de Alemania y a comer salchichas con repollo fermentado, costumbres que transformaron a la pequeña república tropical en la más culta y más europea de las naciones de esta parte del planeta). Ya para la época del desastre deportivo que se ha venido relatando, la cultura volubiana se hallaba en peligro de muerte a causa de la entronización del taco mexicano como sustituto de la salchicha teutona, de ahí que se juzgara cuestión de vida o muerte que el país pudiera conservar la supremacía balompédica en el área del Caribe y que se le echara a Riñón Regúlez la culpa de que Volubia se hubiera convertido de nuevo en una banana republic común y corriente.
Para volver a nuestros carneros después de tan larga disquisición histórica- que bien podría construir el tema  de una excelente tesis de gado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Volubia- se puede añadir que a raíz de la investigación legislativa se vino a descubrir que Regúlez no conocía el Vudú ni tenía título de psicólogo, y que toda su fama provenía de la época en que, siendo estudiante fue enrolado por la CIA para enviarlo a Haití en una misión secreta, actividad de la que salió bien librado sólo porque guardaba una gran semejanza con los parientes de Papá Doc Duvalier, y del hecho de que más tarde le habían concedido una beca que le permitió en un curso de técnicas de interrogatorio represivo en un centro de capacitación policíaca de los Estados Unidos, institución de la que recibió, por su buen desempeño, un diploma de especialista en degradación sicológica, vale decir en extraer uñas de sindicalistas ayunos de anestesia, en extirparles las amígdalas a través del ombligo a los curas sospechosos de pensar como comunistas, en aplicar toneladas de voltios en las partes más suaves del cuerpo a los dirigentes estudiantiles, en ahogar a los periodistas en barriles repletos de excremento, en colgar niños de la lengua para obligar a los padres de familia a confesar barbaridades que no habían cometido, en hacer puré de genitales en épocas de agitación social, en romper huesos de socialistas usando prendas hidráulicas herrumbradas, en fin, en desplegar los refinamientos de las más depurada asistencia técnica norteamericana, lo cual nadie supo explicar qué tenía que ver con la capacitación deportiva de aquellos jóvenes atletas miembros de la selección volubiana de balompié.

FIN

( de Opus 13 para cimarrona)  
Fernando Durán Ayanegui (1933).  Cuentista y novelista, es Doctor en Química y fue Rector de la Universidad de Costa Rica. Entre sus textos destacan las novelas Tenés nombre de arcángel (1988), Las estirpes de Montánchez (1993) y los libros de cuentos  Dos reales y otros cuentos (1961), El último que se duerma (1976), Salgamos al campo (1977), Opus 13 para cimarrona (1989).

biblioteca del abuelo.