Texto publicado por SUEÑOS;

cuentos olvidados,

cuento
pais argentina.
origen relato.
CARAMELOS Y KEROSÉN

Esteban Caballero

¡Otra vez estoy sobre la bicicletita verde!
Llegué a la quinta y lo primero que hago es buscar la bicicleta y salir a andar por las calles de tierra del barrio.
Voy andando y voy mirando todo, las casas, los árboles, la gente, miro y pedaleo, y pedaleo fuerte, sin parar. Como si lo que me rodeara fuera una película que pasa a mi alrededor. Mis piernas se mueven de un modo vertiginoso, los músculos se tensan, y la película pasa cada vez más rápido. Voy mirando la calle de tierra para no caerme con la rueda delantera en la huella que algún auto dejó en el barro, que ahora está reseco por el sol.
Veo una zapatilla enterrada en el barro y me pregunto: ¿cómo siguió el que la perdió? ¿saltando con la puesta y el pie descalzo en el aire?
Veo una cubierta vieja de auto tirada en la zanja y pienso en llevarla para hacerme una hamaca colgándola con una soga de un árbol.
Pero sigo pedaleando, no quiero detenerme, voy mirando y mirando.
Pienso en ir a lo de Anita para ir con ella hasta el montecito de acacias. Pero ya no la dejan jugar conmigo, desde que su madre notó que cada vez que salíamos juntos ella volvía con la ropa dada vuelta. ¡Justo cuando empezábamos a descubrir nuestros sexos!
Es domingo, el cielo está gris y la humedad del aire se siente en la piel, está entrado el otoño. Los árboles no tienen hojas, salvo los cipreses y los pinos.
Estoy dentro de la casa, me pongo el pulóver grueso de lana que me tejió mi mamá y agarro la bicicleta verde otra vez.
Mi hermano está arreglando su bici y no me da bola. Mi hermana está en su mundo leyendo un libro tirada en la cama. Mi papá está leyendo el diario en la galería y mi mamá está cocinando. Me aburro con ellos, sé que me aburro con ellos, salvo con mi hermano cuando me deja jugar con él o ayudarlo en su tarea.
Pero hoy no fue así, entonces agarro otra vez la bicicleta y me voy a andar. Pienso en Anita, también ella debe estar aburrida en su casa.
Voy pedaleando hasta el almacén de Don Tito para comprar kerosén y caramelos, quiero hacer una fogata. Pero lo de Don Tito está cerrado.
Pedaleo hasta el arroyito y lo cruzo hasta llegar al almacén de Fransen, pero también está cerrado. Sigo andando y paso por lo del croto, miro la casa que está negra de humo y me da miedo pensar que alguien vive ahí y que puedo encontrármelo.
Voy andando hasta la canchita de fútbol y veo que varios pibes del barrio están jugando. Me apeno de no jugar bien al fútbol, me gustaría jugar bien, sé que me gustaría jugar ahí. Pero juego mal, si pateo la pelota para un lado sale para el otro y no entiendo porqué, y los de mi equipo me putean. Ese no es mi lugar.
Sigo pedaleando con la bicicleta, paso por el montecito de acacias blancas. Las acacias están sin hojas y con los troncos grises, me vuelvo a acordar de Anita, cuando nos desnudábamos al resguardo de esos árboles y nos acostábamos sobre los tréboles que crecían debajo. Pero Anita no está, ni sé bien adónde ir.
Me alegro de haber ido esas veces al monte con ella, y me da bronca porque no se cómo hacer para volver a tenerla.
Siento rabia y empiezo a pedalear más fuerte. Me paro en los pedales mientras ando y cuando doy la vuelta en la esquina derrapo con la rueda trasera.
Decido pasar por la casa de Anita, aunque sea para ver si está jugando en el jardín, pero paso por su casa y no veo a nadie. El día está frío, llego a la esquina doy la vuelta y vuelvo a pasar, pero todo sigue igual. Quiero alejarme de ahí.
Pedaleo con ganas y llego hasta otro arroyito. Veo el puente construido con dos rieles del ferrocarril y pienso en cruzarlo andando en bici. Las maderas que unían los rieles ya no están porque se pudrieron, sólo quedan los rieles oxidados separados por el vacío. Para cruzar tengo que pisar con las dos ruedas justo por encima de uno de los rieles.
Me da miedo caerme, miro para abajo y veo el hilo de agua del arroyito que corre entre los yuyos. Vuelvo a mirar el riel, subo la rueda delantera y doy la primer pedaleada. Corrijo la dirección del manubrio porque la rueda se acerca mucho a un borde, me tiembla el manubrio en las manos.
Voy corrigiendo todo el tiempo porque no puedo mantener la dirección. Voy pedaleando y cruzando, miro desde ahí arriba el arroyito abajo y vuelvo a mirar adelante para no asustarme.
La rueda delantera zigzaguea por sobre el riel, la de atrás mantiene cierta dirección. Me falta poco, unas pedaleadas más y llego. Doy la última pedaleada rápido, la velocidad me da más equilibrio, pero si me desvío…
La rueda delantera toca el borde de tierra y la de atrás cae en un hueco, con fuerza logro pasarla. Llegué al otro lado, respiro profundo y grito de contento, estoy feliz.
Ahora muevo la bici para todos lados mientras pedaleo y tomo mucha velocidad. Suelto las manos del manubrio y trato de mantener la dirección y el equilibrio con la inclinación de mi cuerpo.
Vuelvo a la quinta Chiruca y empiezo a recorrer el parque. Paso cerca del aromo con el tronco inclinado que está empezando a florecer, siento el aroma suave de las florcitas amarillas, voy hasta el fondo donde está la hilera de eucaliptos altos, el olor del eucalipto es fuerte, entra profundo en los pulmones. Vuelvo pedaleando y paso por debajo del laurel y el tilo. Veo el roble, sólo le quedan unas hojas marrones agarradas a las ramas.
El piso está lleno de bellotas, me acuerdo cuando con la tía Matilde este verano hacíamos muñequitos con dos bellotas, una bellota con sombrerito para la cabeza, y otra grande y sin sombrero para el cuerpo. Las uníamos con palillos de madera, los mismos con los que les hacíamos los brazos y las piernas.
Pedaleo hasta la piscina, dejo la bici tirada en el pasto, la rueda trasera sigue girando un rato, y saco un autito blanco del bolsillo del vaquero. Juego que voy manejando por los caminitos de cemento que quedan entre las lajas de la vereda de la pileta.
Ando con ese autito por todos lados, es un Mustang blanco al que se le abren las puertas y el capot. El autito sube y baja de las lajas, encuentra la laja que tiene impresa la forma de un caracol marino. Me pregunto cómo puede ser que se haya metido un caracol dentro de la laja.
Me imagino que voy con Anita en el Mustang y que recorremos todos los caminos posibles. Los caminos de cemento se ensanchan y angostan, doblan para todos lados y los desniveles de las lajas parecen montañas. Cuando me canso de andar con el autito vuelvo a la bicicleta.
Se me ocurre subir con la bici para andar por la vereda angosta de la pileta. La pileta está llena de agua verde con hojas marrones flotando y renacuajos pequeños coleteando.
Hace frío, mi cuerpo está caliente, siento como sale el aire cálido por entre el cuello del pulóver cuando me muevo. Por los ollares de mi nariz se ve salir el vapor blanco cuando exhalo.
Mis vaqueros Far West están gastados y desteñidos, las zapatillas Flecha azules tienen la suela gastada por la cubierta de la bici porque siempre la freno con el pié.
Subo la bici a la vereda y me subo a ella tratando de mantener el equilibrio. Apenas empiezo a andar me caigo para el lado del pasto. No es nada, solo un golpe. Vuelvo a subir la bici a la vereda y vuelvo a poner los pies en los pedales.
Paso cerca del borde del agua, corrijo la dirección y acelero para equilibrarme. Ahora vienen los caños de la baranda de la escalera, el paso se angosta, los esquivo, la pierna izquierda toca el caño y me golpeo la rodilla. No me importa, lo que quiero es seguir pasándole raspando al borde del agua. Siento en la panza el cuiqui que me produce pasar justito, y me gusta.
Miro el agua verde, parece ser espesa como la sopa de arvejas, tiene hojas flotando y me da miedo caerme porque no sé nadar. Mi papá me dijo que este verano me va a enseñar, todavía me arreglo pataleando y manoteando como un perrito en el agua.
Miro el agua y parece que me atrajera, el juego sigue, ya di cinco vueltas a la pileta sin caerme.
Veo la chimenea de la casa tirando humo y pienso que estar dentro de la casa es un embole.
Tomo confianza, me animo a andar más rápido. Paso de nuevo los caños de la baranda y viene la recta larga que va a lo más profundo.
Voy a pasarle finito, digo.
La rueda delantera de la bici se escapa del borde y cae al agua, muevo el manubrio para tratar de hacer algo, pero ya es tarde. Mi cuerpo y la bici se empiezan a hundir en el agua verde que está helada.
Mi piel se enfría de golpe y se me corta la respiración.
Estoy sumergido, veo salir burbujas a la superficie, mis brazos pesan y no puedo patalear con los pantalones y zapatillas mojados. Aguanto la respiración y me desespero, empiezo a manotear y hago mucha fuerza con las piernas para patalear y trato de alcanzar el borde.
Mi cabeza sigue sumergida aguantando la respiración, sé que me queda poco tiempo, hago un gran esfuerzo pataleando y manoteando y logro sacar la cabeza del agua. Tomo aire y grito, y grito, y grito.
Mi padre y mi hermana vienen corriendo de la casa. Estoy muy asustado, alcancé a agarrarme con un dedo del borde. Mi padre me toma de los brazos y me tironea para salir del agua. Me encaramo como puedo a la vereda, subo una pierna y luego la otra.
Respiro agitado, mi ropa chorrea agua verde y tengo algunas hojas marrones pegadas al pullover. Mi cuerpo está helado, me cuesta tomar aire. Y mi padre dice:
- ¿Qué hacías andando en la bici por la vereda?
No puedo hablar, no sé qué decir ni qué hacer, mi viejo me pega, y me zamarrea, estoy muy asustado y me pongo a llorar.
De un grito me manda a la casa, voy corriendo, entro a mi cuarto, me castañetean los dientes.
Mi mamá me dice:
- ¿Pero cómo te caíste a la pileta? Sacáte la ropa mojada que te traigo una toalla y ropa seca.
La ropa mojada se me pega al cuerpo y me cuesta sacármela, cuando quedo desnudo veo que tengo piel de gallina y empiezo a tiritar.
Me seco con un toallón, me pongo un buzo y un pantalón pijama, y me meto en la cama.
Siento la injusticia de la paliza de mi papá por encima del accidente. Lloro con más ganas, no le voy a perdonar a mi padre esa paliza.
Al rato viene mi papá a disculparse, estoy ofendido, me hago el enojado y no le hablo. Y al rato le digo
- ¡Andáte, no te quiero!
Y sigo llorando.
En realidad me alegra y me tranquiliza que haya venido, pasan unos minutos y me levanto de la cama.
Me voy al living cerca de la salamandra que está largando calor. Me siento al lado de mi papá que está mirando los Sábados Circulares de Pipo Mancera mientras actualiza las cuentas corrientes de los clientes del aserradero.
En la tele se lo ve a Pipo Mancera metiéndose encadenado dentro de una caja fuerte. Luego una persona cierra con varias llaves la caja fuerte, una grúa la engancha y la levanta alto, y por último la sumerge en el Riachuelo y la suelta.
Vienen las propagandas, parece que las publicidades nunca van a terminar. Vuelven a enfocar el Riachuelo y se ve que alguien sale a la superficie y nada hacia la orilla, es Pipo Mancera que viene nadando y sale del agua turbia, Está empapado, viste un esmoquin negro, está sonriendo, y tiene una copa de champagne en la mano.
Abro los ojos grandes y digo:
- ¡Mirá papá!
Mi padre levanta la vista de las fichas de las cuentas corrientes y dice:
- ¡Otra vez el payaso este!

fin.
biblioteca del abuelo.