Texto publicado por Jorge García Leal

Existen otras alternativas adyuvantes en el tratamiento de las enfermedades infecciosas

“No todo lo que está oculto ante los ojos, no existe”.
2020 fue un año difícil. La pandemia por el SARCOV-2 causante de la enfermedad COVID-19, sigue sin darnos tregua. Los estragos causados en la economía local, estatal, nacional y mundial no tienen parangón. La crisis en salud tal cual montaña rusa, sube y baja en los contagios y la mortalidad.
Luego de un año desde que estalló la pandemia en el mundo el “paquete” de tratamientos que se han ido probando, pero que aún no han podido demostrar nada muy concreto, han generado más preguntas que respuestas… no hay tratamiento específico.
A esto hay que agregar las variantes en las cepas virales ya identificadas que de no acelerarse la vacunación, podrían resultar resistentes a las vacunas ya aprobadas. Hoy por hoy estamos esperanzados a las vacunas ya en circulación pues es la única bala de plata con la que se cuenta porque terapéuticamente no tenemos ninguna… pero… tener la vacuna no es la solución real, sino la vacunación y en tanto no se alcance la inmunidad de rebaño (que lo ideal sería mundial), decir que la pandemia se ha controlado será una mera ilusión.
Desde el inicio de la pandemia se han propuesto varios protocolos farmacológicos para tratar la COVID-19… pero en su mayoría no se han reproducido los efectos “in vivo” como se reportaron “in vitro”.
En fechas recientes nos enteramos que la COFEPRIS (Comisión Federal para la Protección de Riesgos Sanitarios) autorizó el uso del Resendivir para hospitales en nuestro país. No obstante la literatura médica solo demostró en los ensayos llevados por la OMS y la Universidad de Oxford (Solidaridad y Recovery, respectivamente), fue un descenso en los días de hospitalización en los pacientes enfermos graves (atención, no intubados) de 12 días en comparación con los que recibieron el tratamiento institucional convencional que fue de 18 días. Esto, por supuesto no aplicó en los pacientes enfermos leves a moderados. No hubo impacto en los pacientes ya intubados y ni tan siquiera demostró menor mortalidad ya que en este tenor los casos fueron prácticamente iguales en ambos grupos.
Rusia no se iba a quedar atrás y sacó el Favipiravir, con resultados muy similares a los del Remdesivir. Ambos antivirales fueron utilizados para tratar el Ébola, con muy pobres resultados.
Entiendo que hay que echar mano de todo lo que se disponga para combatir esta pandemia y acepto que todo lo que nos ofrece la industria farmacéutica es de buena fe pero con esos resultados… ¿A qué costo? Si bien este artículo no es de carácter financiero, les adelanto que una dosis del antiviral Resendivir en los Estados Unidos cuesta 658 dólares y el protocolo del tratamiento completo es de 11 dosis… no necesitamos ser el padre del análisis superior para comprender que la cifra al tipo de cambio actual, es estratosférica… un estudio reciente que hizo el MIT concluyó que es muy probable que no sea a través de un solo medicamento el que resolverá los efectos del virus sobre el organismo; lo que habrá que buscar, será la combinación entre varios para enfrentar el cuadro muy polifacético que presenta la COVID-19.
Es momento de mirar otras alternativas que por nuestra formación académica y social no hemos considerado como viables y que bien podrían significar la bala de plata terapéutica faltante.
¿Has pensado en la micoterapia? Los hongos no solo son patógenos, los hay medicinales pero como no están publicados en el Annals of Surgery o Surgery ni en el New England o en las revistas JAMA o The Lancet… no los tenemos en mente.

Existe una industria paralela a la farmacéutica que investiga y comercializa productos obtenidos de los hongos y levaduras, realiza protocolos y ensayos que publica frecuentemente en las revistas de esta especialidad pero como sabemos, no suelen ser consultadas por el médico alópata por lo que esta información queda fuera del acervo para mantenernos actualizados.
Como muestra pongo en evidencia que la era de la antibioticoterapia comenzó cuando oficialmente nace la penicilina en septiembre de 1928 por Alexander Fleming… no olvidar que fue un hongo quien la produjo… y de ahí, la industria farmacéutica ha continuado mejorando y desarrollando nuevos antibióticos que conforman nuestro arsenal terapéutico en contra de las enfermedades infecciosas preferentemente bacterianas.
Quizá en la micoterapia está la respuesta que buscamos ya que ha demostrado ayudar en múltiples enfermedades mejorando la salud de los habitantes del planeta sin interferir con los tratamientos convencionales tradicionales, sin efectos tóxicos ni adversos e interactuando con la microbiota intestinal para mantenernos sanos a través de reforzar y optimizar a nuestro sistema de defensas.
Los popularmente llamados “hongos medicinales” han sido estudiados en las culturas milenarias orientales con resultados sorprendentes pero no fue hasta la década de 1940 que el mundo científico occidental mostró interés en ellos. Los más conocidos son: las setas tipo reishi (Ganoderma lucidum), shiitake (Lentinus edodes), maitake (Grifola frondosa), matsutake (agaricus blazei) y la levadura de cerveza (Saccharomyces cerevisiae). Si bien entre ellos existen diferencias entre las sustancias activas que elaboran y que les da cierta particularidad para su uso terapéutico, todos tienen una sustancia activa en común: “los Betaglucanos”.
Los Betaglucanos se han considerado como un micronutriente esencial. Esto quiere decir: primero, que no lo podemos fabricar en el organismo por lo que tenemos que tomarlo de una fuente externa y segundo, que al dejarlo de consumir ponemos en riesgo nuestra salud. Si bien los Betaglucanos siempre existieron en la cadena alimentaria de la mayoría de los alimentos que consumíamos (agua, frutas, verduras, incluso carnes), cambió desde los años de 1960 en adelante. El uso constante de pesticidas, insecticidas y fungicidas en los cultivos con la finalidad de obtener alimentos menos contaminados, así como las modificaciones en la alimentación del ganado y aves de corral para aumentar la comercialización de carne y la industrialización de los alimentos en general, han mermado y contaminado la producción por las levaduras, que se encontraban diseminadas en todo el planeta. Por lo tanto si no ingerimos alimentos con betaglucanos, no podremos obtenerlos de forma regular y saludable a menos que los consumamos en forma de suplemento nutricio.
Los Betaglucanos actúan estimulando y modulando al sistema inmunológico. Dicho de forma sencilla, nuestras células inmunológicas que son todas aquellas que nos defienden, tienen un receptor en su membrana celular. Este receptor imaginémoslo como una cerradura y como todas las cerraduras, se abre o activa con una llave… la llave es el Betaglucano. No obstante, no todas las llaves abren esta cerradura, tiene que ser aquella que tenga una combinación determinada: “Beta-1, 3/1, 6-glucano”. Esta fracción de Betaglucanos es la más potente y efectiva para producir inmunomodulación y fortalecer al sistema inmunitario, además de tener otras propiedades biológicas para el organismo humano. Esto está documentado en pacientes con sepsis grave hospitalizados en UCI. Aquellos a los que les dieron conjuntamente con el tratamiento Betaglucanos de nueva generación, mostraron mayor sobrevida y por consecuencia menor mortalidad, utilizaron menos días de antibioticoterapia y menor estancia en dicho servicio.
La pregunta obligada es: ¿Por qué no protocolizar ensayos con los Betaglucanos, especialmente la fracción Beta-1, 3/1, 6-glucano como adyuvante en el tratamiento de la COVID-19?
Interesante saber que sí existen estos protocolos y sus resultados sorprenden pero desafortunadamente son poco conocidos y menos aún analizados por los profesionales de la salud.
Debo aclarar que los Betaglucanos existen en diferentes fuentes de donde se pueden extraer, pero lo más importante es la estructura química del glucano, siendo la unión Beta-1, 3/1, 6 la más potente y efectiva. Este tipo de estructura se encuentra en la pared celular de la levadura Saccharomices cerevisiae, pero el proceso de extracción resulta relevante porque los beta 1,3/1,6 glucanos se encuentran encapsulados por una mannoproteina que los inhabilita hasta ser liberados por medio de un proceso de purificación delicado y altamente laborioso. En el caso de los betaglucanos de nueva generación purificados, que tienen esta combinación funcionan mejor en la cerradura que los naturales, ya que estos últimos al tener contaminantes (proteínas celulares, ácidos nucleicos, lípidos y oligosacáridos como quitinas y mananos) dificultan el efecto biológico esperado. Lo que provoca que disfuncione la llave… y digámoslo así, la llave “no gira” y por esa razón, la cerradura no se abre o activa.
Consumir este tipo de fracción de Betaglucano todos los días como parte de nuestros alimentos de cada día, aumenta la actividad de los macrófagos haciendo al cuerpo resistente a los ataques de virus, microbios, bacterias y agentes patógenos, modulando la producción de citoquinas. También la inmuno depresión temporal producida por periodos de estrés físico y/o emocional, se reduce o desaparece no permitiendo que el ataque patógeno constante logre enfermarnos. Además se corrige la deficiencia inmune producida por la edad avanzada, mala alimentación o infecciones crónicas.
Sigo convencido de que los Betaglucanos podrían ser parteaguas en muchos de los problemas que enfrentamos en la medicina actual y en particular, que serían un excelente adyuvante para la pandemia por la COVID-19.
Insisto que en el pasado ya fueron más que estudiados y dieron excelentes resultados y además, están aprobados por la FDA, por la EMA y por la COFEPRIS como suplemento nutricio.

Si tienes interés en aprender: ¿Qué te aportan los hongos medicinales? Visita la página web de Hifas da Terra.
www.hifasforesta.com
www.fundacionhifas.com
www.imispain.com