Texto publicado por urria 949

El contagio #cuento de Javier Gamboa ( #Bilbao #Euskadi 1965)

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El contagio
JAVIER GAMBOA
(07.03.2020)

LA verdad, me resulta muy violento percibir el olor de otra persona. No recuerdo cuándo fue la última vez que estuve lo suficientemente cerca de alguien como para sentir el aroma de su cuerpo. Si me sucediera ahora, creo que me quedaría bloqueada. Debiera prepararme para esa sensación. ¿Tú no?

Perdona, se me olvidó que no eres una Contagial. Nos llaman así a quienes nacimos después de la declaración de la epidemia. También nos denominan Generación Covid19. Hemos crecido escuchando que la solución al futuro de la especie depende de nosotros. Que somos la esperanza. No lo creo. En realidad, me gusta el mundo tal y como está. Sí. Los únicos inconvenientes, desde mi punto de vista, se producen a causa de la cuarentena trimestral. Resulta aburrida. Engordo. Pero luego lo bajo. Aunque debo intensificar las sesiones de fitself. O cambiarlo por el sexself.

La Ley de la Cuarentena obliga a todos los residentes en la Unión Sanitaria Europea a permanecer en estricto aislamiento domiciliario durante quince días desde la fecha que indica cada Decreto de Prevención. Marca día, hora y minuto de entrada en vigor y finalización de cada Periodo de Corte de Contagio. Nadie puede salir de su casa. Está absolutamente prohibido caminar o circular por el exterior. Drones guiados por GPS se encargan de detectar y eliminar a los irresponsables asesinos que contravienen el mandato. Vehículos autónomos específicamente preparados para la retirada de residuos biológicos contaminantes se hacen cargo de los restos. Eficacia total. Las imágenes de las neutralizaciones y el estado de la casquería nos llegan insertados dentro de los informativos holográficos. Las familias y elementos próximos a esos enajenados, peligrosísimos virtuales contaminantes, son sometidas a cuarentenas mentales de distinta extensión para detectar si alojan algún virus ideológico. De momento, la Unión Sanitaria Europea carece de positivos confirmados. Pero nadie desea que un contaminador suicida, portador físico e ideológico, penetre sin máscara en una gran aglomeración de diez o doce personas, o en un macroconcierto de esos que reúnen en el mismo recinto a una veintena de fans, y los contagie. Una catástrofe. Por lo que nos enseñan en los Ciclos Formativos de Prevención, al principio, en los albores de la pandemia, los laboratorios dedicaron ingentes recursos a diseñar una vacuna. Consiguieron y probaron decenas de ellas. Siempre proporcionaron esperanzadores resultados durante unas semanas. Después, las personas seguían cayendo enfermas y muriendo. A menudo, todas las que se habían ofrecido como cobayas. Durante años se repitió este ciclo. Hasta que el laboratorio nipón Kamikaze Chemicals Inc. detectó la raíz de la cuestión. Sencillamente, el covid19 mutaba cada tres meses. Con una puntualidad casi mecánica. Eso implicó la inviabilidad de cualquier vacuna. El covid19 mutaba de tal forma que se volvía indetectable para los anticuerpos generados por anteriores versiones. Ser portadora, aunque sin desarrollar síntomas por causas desconocidas, tampoco garantizaba la inmunidad ante posteriores versiones del dichoso coronavirus. Era la plaga perfecta. Cada trimestre volvía a matar. Esa es la causa por la que, cada tres meses, las autoridades competentes de la Unión Sanitaria Europea tratan de dejar al mal sin portadores. Antes de que las sirenas indiquen que la cuarentena termina, las calles y edificios son fumigados a conciencia. Supongo que igual que por ahí. Intuyo que vosotras, en los Estados Supervivientes de Occidente, funcionáis con protocolos similares.

Nuestro Gobierno desarrolló vacunas sociales para suplir a las otras. Lo primero fue el establecimiento de los Periodos de Corte de Contagio. Luego se eliminaron los transportes colectivos. Desaparecieron aviones, trenes, metro, omnibus y buques de pasajeros. Quedaron unos para ganado congelado o mercancías inertes y otros para los museos. Los encuentros deportivos dejaron de desarrollarse en aquellos monstruosos y peligrosísimos templos en los que cabían cifras inconcebibles de personas: dicen que cincuenta mil o más. Cuesta creerlo. Algunas sectas defienden que existieron edificios con incluso más capacidad. Locos. La reacción en cadena que podría provocar un solo portador insertado en un irracional equipamiento de ese estilo sería letal. No lo quiero pensar. Demolieron los estadios después de que sirvieran durante meses como Centros de Confinamiento Definitivo de los primeros millones de infectados. Resultaron prácticos para esa función, los drones podían lanzar el avituallamiento desde arriba. Los desechos eran retirados del mismo modo. Un asco.

En esta zona hace décadas que todos los deportes tienen lugar en pabellones cerrados y sin público. Asistimos a la emisión holográfica. E incluso podemos interactuar a través de avatares holográficos, que se sientan y animan junto a los de nuestras amigas. Las peleas entre hologramas de aficiones rivales están penadas con la retirada temporal del holograma personal. Supone una brutal castración de las relaciones sociales. La violencia, la virtual, que es la única posible, se encuentra muy perseguida. Aunque supongo que estás al corriente.

A mí me encantan las relaciones holográficas como esta. Las buenas. Las positivas. La creación de poesía tridimensional en grupo me encanta. Generamos belleza de la nada. Las partidas de rol. La medicación colectiva durante las quedadas por videoconferencia también me atrae. Lo paso en grande. Es una forma de evasión. Como el sexself. El fitself, el autoentrenamiento en entornos virtuales, me lo tomo como una obligación. ¡Ah! Te tengo que dejar, querida. Corto la comunicación. Ya me contarás qué tal. Acaba de llamar a mi casilla del condominio el programador con el que me he citado. Qué nervios. No tardará en pasar por la cámara de fumigación y en ponerse la funda esterilizada. Quiero tener una nena.

Me han dicho que es muy bueno diseñando peques.

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José Javier Gamboa
José Javier Gamboa (1965).
Se define a sí mismo como “un ser humano que tiene la fortuna de ser de Bilbao y dedicarse a la risa”.
Arrancó su andadura profesional en el periódico Bilbao, siempre le interesó el humor, por eso rellena sus propias declaraciones del IRPF, y ha colaborado en Radio Euskadi, ETB, Deia y distintas agencias de publicidad, amén de un sinfín de trabajos que el recato impide exponer.
En 1999 une no sólo sus destinos lúdicos sino también los profesionales a Asier Sanz. Fruto de esta relación han publicado tiras diarias en Diario 16 y Diario Metro, además de colaborar en El Jueves, Deia, Mercado de Dinero, hecho la creatividad de campañas de publicidad, etc." "