Texto publicado por Nelson

Aviación sin barreras del 21 de abril.

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Panamá, España, Internacional, artículos de actualidad sobre aviación, tecnología, cultura, ecología, salud, cinco cuentos a texto completo y la Guía de
aeropuertos del Ecuador accesible para PCD.

Saludos cordiales.

Luis Cueva.

Aviación sin barreras, Jueves 21 de mayo de 2020
https://www.sendspace.com/file/j0xfz4

Jueves, 21 de mayo de 2020.

Buenos días estimados amigos:  Celebro no haber leído esta obra 20 años atrás, y disfrutarla ahora con algo más de vivencias en tiempos de infame pandemia,
burlando de esta manera con el libro entre las manos el letargo de este prolongado aislamiento; realizando durante el confinamiento y al amparo de este
libro, entretenidas analogías entre ensueños y algo despierto de lo que alguna vez se vivió en  la Amazonía y lo que el “viejo” de la inspiración y pluma
del autor gozó y sintió leyendo tristes pero sensuales  novelas, recomendadas por circunstancias de la vida por una profesional del amor.

Y son todos esos tiernos sentimientos los que van guiando  al senil protagonista, a la simbiosis y mutua conquista entre su algo desvencijada biología,
selva, nativos, colonos y animales silvestres, todos viviendo en perfecta empatía en esos idílicos y verdes parajes. 

Al término de esta lectura el extinto autor Luis Sepúlveda nos deja con el muy grato sabor de haber vivido entre una otoñal existencia y un verde follaje
una divertida y sensual historia de amor. 

Título:  Un viejo que leía novelas de amor.

Autor:  Luis Sepúlveda.

Nota de contraportada:  Antonio José Bolívar Proaño vive en El Idilio, un pueblo remoto en la región amazónica de los indios Shuar mal llamados jíbaros,
y con ellos aprendió a conocer la selva y sus leyes, a respetar a los animales y a los indígenas que la pueblan, pero también a cazar al temible tigrillo
como ningún blanco jamás pudo hacerlo.

Un día decidió leer con pasión las novelas de amor del verdadero, del que hace sufrir, que le lleva dos veces al año el dentista  Rubicundo Loachamín para
distraer las solitarias noches ecuatoriales de su incipiente vejez.

En ellas intenta alejarse un poco, de la fanfarrona estupidez de esos codiciosos forasteros, que creen dominar la selva porque van armados hasta los dientes,
pero que no saben enfrentarse a una fiera enloquecida porque le han matado las crías.

Descritas en un lenguaje cristalino, escueto y preciso, las aventuras y emociones del viejo Bolívar Proaño, difícilmente abandonarán nuestra memoria.

Acerca del autor:  Luis Sepúlveda nació en Ovalle, Chile, en 1949.  Muy joven aún decidió ser viajero como quien decide ser oficinista.  De Punta Arenas
a Oslo, de Barcelona a Quito, de la selva amazónica al desierto de los saharauis, de las celdas de Pinochet al barco Greenpeace, recorrió casi todos los
territorios posibles de la geografía y de las utopías y mientras viajaba escribía.

Publicó el primero de sus diez libros a los 20 años.  Ha recibido entre otros, el Premio Gabriela Mistral de poesía 1976 y el Premio Rómulo Gallegos de
novela 1978, y después de “Un viejo que leía novelas de amor” Premio Tigre Juan, Oviedo 1989, traducida a 14 lenguas y merecedora de otros premios internacionales,
convertida en Best seller y vendido sus derechos para cine, nadie puede ignorar ya a este autor, cuya obra nos enorgullece a coger a partir de ahora en
nuestro catálogo.

Sepúlveda se inscribe en esa nueva corriente literaria hispanoamericana, que según sus propias palabras se ha separado del realismo mágico hispanoamericano
y se plantea de una manera creíble, la magia de la realidad.

Luis Sepúlveda partió de este mundo víctima de la pandemia del COVID-19 luego de un mes de batallar por su vida en España, en abril de 2020.

Cita 1.

“Y luego de cuatro días de lenta navegación arribaría al Puerto Fluvial de El Dorado.  El barco, antigua caja flotante movido por la decisión de su patrón
mecánico, por el esfuerzo de dos hombres fornidos que componían la tripulación y por la voluntad física deun viejo motor diésel,  no regresaría hasta pasada
la estación de las lluvias que se anunciaba en el cielo encapotado”.

Cita 2.

“Las gentes esperaban la llegada del barco, sin otras esperanzas que ver renovadas sus provisiones de gas, sal, cerveza y aguardiente, pero al dentista
lo recibían con alivio, sobre todo los sobrevivientes de la malaria, cansados de escupir restos de dentadura y  deseosos de tener la boca limpia de astillas,
para probarse las prótesis ordenadas sobre un tapete morado de indiscutible aire cardenalicio”.

Cita 3.

“El sillón portátil del doctor Rubicundo Loachamín, era toda una institución para los habitantes de las riveras de los ríos Zamora, Yacuambi y Nangaritza. 
En realidad se trataba de un antiguo sillón de barbero con el pedestal y los bordes esmaltados de blanco.  El sillón portátil, precisaba de la fortaleza
del patrón y de los tripulantes del Sucre para alzarlo, y se asentaba  apernado sobre una tarima  de un metro cuadrado que el dentista llamaba la consulta”.

Cita 4.

“Los únicos personajes sonrientes en las cercanías de la consulta, eran los jíbaros mirando acuclillados.  Los jíbaros, indígenas rechazados por su propio
pueblo el Shuar, por considerarlos envilecidos  y degenerados con las costumbres de los “apaches”, de los blancos”.

Cita 5.

“El dentista ayudó a subir a bordo el sillón portátil y enseguida caminó hasta un extremo del muelle, ahí lo esperaba Antonio José Bolívar Proaño, un viejo
de cuerpo correoso, al que parecía no importarle cargar con tanto nombre de prócer.  ¿Todavía no te mueres Antonio José Bolívar?  Antes de responder el
viejo se olió los sobacos, parece que no, todavía no apesto.  ¿Y usted?”.

Cita 6.

“Desde el momento de su arribo 7 años atrás se hizo odiar por todos, llegó con la manía de cobrar impuestos por razones incomprensibles, pretendió vender
permisos de pesca y caza en un territorio ingobernable, hizo cobrar derecho de usufructo a los recolectores de leña que juntaban madera húmeda en una selva
más antigua que todos los estados, y en un arresto de celo cívico, mandó construir una choza de cañas , para encerrar a los borrachos que se negaban a
pagar las multas por alteración del orden público”.

Cita 7.

“Cada lunes, tenía obsesión por los lunes, lo miraban izar la bandera en un palo del muelle, hasta que  una tormenta se llevó el trapo selva adentro y
con él la certeza de que los lunes no importaba a nadie.  El alcalde llegó al muelle, se pasaba un pañuelo por la cara y el cuello, estrujándolo ordenó
subir el cadáver.  Se trataba de un hombre joven  no más de 40 años, rubio y de contextura fuerte.  ¿Dónde lo encontraron?  Los shuar se miraron entre
sí, dudando entre responder y no hacerlo”.

Cita 8.

“Caramba Antonio José Bolívar, dejaste mudo a su excelencia, no te conocía como detective, lo humillaste delante de todos y se lo merece, espero que algún
día los jíbaros le metan un dardo.  “Lo matará su mujer, está juntando odio y todavía no reúne el suficiente, eso lleva tiempo”.

Cita 9.

“Mira, con todo el lío del muerto casi me olvido, te traje dos libros.  Al viejo se le encendieron los ojos, ¿De amor?  El dentista asintió, Antonio José
Bolívar Proaño leía novelas de amor y en cada uno de sus viajes, el dentista le proveía de lectura.  ¿Son tristes? Preguntaba el viejo, para llorar a mares,
aseguraba el dentista”.

Cita 10.

“Pero el doctor Rubicundo Loachamín no leía novelas.  Cuando el viejo le pidió el favor de traerle lectura indicando muy claramente sus preferencias, sufrimientos,
amores desdichados y finales felices, el dentista asintió que se enfrentaba a un encargo difícil de cumplir.  Pensaba que haría el ridículo  entrando a
una librería de Guayaquil para pedir:  Deme una novela bien triste, con mucho sufrimiento a causa del amor y con final feliz.  Lo tomarían por un viejo
marica, y la solución la encontró  de forma inesperada en un viejo burdel del malecón”.

Cita 11.

“Una tarde mientras retozaba con josefina, una esmeraldeña de piel tersa como cuero de tambor, vio un lote de libros ordenados encima de la cómoda.  ¿Tú
lees? Preguntó.  Si, pero despacito, contestó la mujer.  ¿Y cuáles son los libros que más te gustan?  Las novelas de amor, respondió Josefina, agregando
los mismos gustos de Antonio José Bolívar”. 

Cita 12.

“A partir de aquella tarde, Josefina alternó sus deberes de dama de compañía con los de crítico literario y cada seis meses, seleccionaba las dos novelas
que a su juicio deparaban mayores sufrimientos, las mismas que más tarde, Antonio José Bolívar Proaño  leía en la soledad de su choza frente al Río Nangaritza”.

Cita 13.

“Así que también me lo agarró con eso de los impuestos, comentó el viejo.  Mordiscos, los gobiernos viven de las dentelladas traicioneras que les propina
a los ciudadanos, menos mal que  nos las vemos con un perro chico.  Fumaron y bebieron unos tragos más, mirando pasar la eternidad verde del río.  Antonio
José Bolívar, te veo pensativo, suelta.  Tiene razón, no me gusta nada el asunto, seguro de la Babosa  está pensando en una batida y me va a llamar”.

Cita 14.

“Leía lentamente, juntando las sílabas, murmurándolas a media voz como si las paladeara, y al tener la palabra entera, la repetía de un viaje, luego hacía
lo mismo con la frase completa y de esa manera se apropiaba de los sentimientos e ideas plasmados en las páginas.  Cuando un pasaje le agradaba especialmente,
lo repetía muchas veces, todas las que estimara necesarias, para descubrir cuán hermoso  podía ser también el lenguaje humano”.

Cita 15.

“La parte del pecho presente en el retrato, enseñaba una blusa ricamente bordada a la manera otavaleña, y más arriba la mujer sonreía con una boca pequeña
y roja.  Se conocieron de niños en San Luis, un poblado serrano junto al volcán Imbabura.  Tenían 13 años cuando los comprometieron y luego de una fiesta
celebrada dos años más tarde, de la que no participaron mayormente, inhibidos ante la idea de estar metidos en una aventura que les quedaba grande, resultó
que estaban casados”.

Cita 16.

“Decidieron abandonar la Sierra, cuando al hombre le propusieron una solución indignante.  Puede que seas tú quien falla, tienes que dejarla sola en las
fiestas de San Luis.  Le proponían llevarla a los festejos de junio, obligarla a participar del baile y de la gran borrachera colectiva que ocurriría apenas
se marchara el cura, entonces todos continuarían bebiendo tirados en el piso de la iglesia, hasta  que el aguardiente puro de caña, el puro salido generoso
de los trapiches, ocasionara una confusión de cuerpos al amparo de la oscuridad.  Antonio José Bolívar Proaño se negó a ser padre de un hijo de carnaval”.

Cita 17.

“llegar hasta el Puerto Fluvial de El Dorado les llevó dos semanas, hicieron unos tramos en bus,  otros en camión, otros simplemente caminando, cruzando
ciudades de costumbres extrañas como Zamora o Loja, donde los indígenas Saraguros insisten en vestir de negro, perpetuando el luto por la muerte de Atahualpa. 
Luego de otra semana de viaje, esta vez en canoa, con los miembros agarrotados por la falta de movimiento, llegaron a un recodo del río, la única construcción
era una enorme choza de calaminas que hacía   de oficina, bodega de semillas, herramientas y llena de los recién llegados colonos”.

Cita 18.

“Eso era “El Idilio”, allí, tras un breve trámite les entregaron un papel pomposamente sellado que los acreditaba como colonos.  Les asignaron dos hectáreas
de selva, un par de machetes, unas palas, unos costales de semillas devoradas por el gorgojo y la promesa de  un apoyo técnico que no llegaría jamás”.

Cita 19.

“Empezaron a morir los primeros colonos, unos por comer frutas desconocidas, otros atacados por fiebres rápidas y fulminantes, otros desaparecían en la
alargada panza de una boa quebrantahuesos que primero los envolvía, los trituraba y luego los engullía en un prolongado y horrendo proceso de ingestión. 
Se sentían perdidos en una estéril lucha contra la lluvia, que en cada arremetida amenazaba con llevarles la choza”.

Cita 20.

“Hasta que la salvación les vino con el aparecimiento de unos hombres semidesnudos, de rostros pintados con pulpa de achiote y adornos multicolores en
las cabezas y en los brazos.  Eran los Shuar, que compadecidos se acercaron a echarles una mano.  De ellos aprendieron a cazar, a pescar, a levantar chozas
estables y resistentes a los vendavales, a reconocer los frutos comestibles y los venenosos, y sobre todo de ellos aprendieron el arte de convivir con
la selva”.

Cita 21.

“Descubrió que no conocía tan bien la selva como para poder odiarla.  Aprendió el idioma shuar participando con ellos en las cacerías, cazaban dantas,
guatusas, capibaras, saínos, pequeños jabalíes de carne sabrosísima, monos, aves y reptiles.  Aprendió a valerse de la cerbatana, silenciosa y efectiva
en la caza y de la lanza frente a los veloces peces.  Con ellos abandonó sus pudores de campesino católico, andaba semidesnudo y evitaba el contacto con
los nuevos colonos que lo miraban como a un demente.  Antonio José Bolívar Proaño nunca pensó en la palabra libertad y la disfrutaba a su antojo en la
selva”.

Cita 22.

“¿Cómo somos? Le preguntaban.  Simpáticos como una manada de micos, habladores como los papagayos borrachos y gritones como los diablos.  Los shuar recibían
las comparaciones con carcajadas, soltando sonoros pedos de contento.  Allá de dónde vienes… ¿Cómo es?  Frío, las mañanas y las tardes son muy heladas,
hay que usar ponchos de lana largos y sombreros; por eso apestan, cuando cagan ensucian el poncho.  No, bueno, a veces eso pasa, lo que ocurre es que con
el frío no podemos bañarnos como ustedes cuando quieren”.

Cita 23.

“¿Los monos de ustedes también llevan poncho?  No hay monos en la Sierra, tampoco saínos.  ¿No cazan las gentes de la Sierra?  ¿Y qué comen entonces? 
Lo que se puede, papas, maíz, a veces un puerco o una gallina para las fiestas o un cuy en los días de mercado.  ¿Y qué hacen si no cazan?  Trabajar desde
que sale el sol hasta que se oculta.  ¡Qué tontos!”.

Cita 24.

“La mujer ofrendada lo conducía hasta la orilla del río, ahí lo bañaba, adornaba y perfumaba, para regresar a la choza a retozar sobre una estera con los
pies en alto, suavemente entibiados por una fogata, sin dejar en ningún momento de entonar aments, poemas nasales que describían la belleza de sus cuerpos
y la alegría del placer aumentado infinitamente por la magia de la descripción”.

Cita 25.

“Antonio José Bolívar se ocupaba de mantenerlos a raya, en tanto los colonos destrozaban la selva, construyendo la obra maestra del hombre civilizado: 
El desierto”.

Muy atentamente.

Luis Eduardo Cueva Serrano.

Aviación sin barreras.

Quito, Ecuador, Sudamérica.