Texto publicado por Nelson

Efemérides del 18 de noviembre.

En la ciudad de Utrera, el 18 de Noviembre de 1768, nacía el poeta
español Abate Marchena. Uno de los principales divulgadores de las
ideas de la Ilustración en España. Es autor de la obra teatral
Polixena (1808) y de Lecciones de filosofía moral y elocuencia (1820).

Datos biográficos del autor.

Abate Marchena.
José Marchena y Ruiz de Cueto.
(Utrera, 18 de noviembre de 1768-Madrid, 31 de enero de 1821).

El sobrenombre de Abate Marchena lo recibió durante los últimos meses
de su vida, «sin que se sepa por qué y sin que él rechazara tal
apelativo», a pesar de que ni era ni había sido nunca miembro del
clero,

Político liberal y afrancesado, escritor, publicista, erudito y
traductor español.

Fue hijo único de Antonio Marchena Jiménez, abogado y rico propietario
de Sevilla, quien había pensado destinarlo a la carrera eclesiástica
-y parece que en su niñez dio muestras de una gran devoción-. Cursó la
enseñanza secundaria en Madrid, donde estudió filosofía, lógica,
metafísica y lengua hebrea -el latín y el griego ya los dominaba- y en
1784 ingresó en la Universidad de Salamanca. Según otras fuentes el
padre de Marchena también era fiscal del Consejo de Castilla. La
secundaria en Madrid la cursó en los Reales Estudios de San Isidro y
lo que estudió en Salamanca, donde se graduó de bachiller en 1788,
fueron leyes.

Activista ilustrado (1787-1792)[editar]

Fue en Salamanca donde conoció a algunos profesores y a alumnos de
ideas ilustradas, como Juan Meléndez Valdés, Ramón de Salas y Cortés o
Diego Muñoz Torrero y donde leyó a los principales filósofos
ilustrados -Mably, Helvétius, Montesquieu, Locke, Adam Smith,
Voltaire, y sobre todo al "divino Rousseau", como él mismo lo llamó-
cuyas obras estaban prohibidas en España pero circulaban por la
ciudad. Parece que fue concretamente Juan Meléndez Valdés quien le
despertó su vocación literaria y lo animó a componer poesía.

El primer fruto de las lecturas de los filósofos ilustrados fue una
gacetilla anónima que publicó Marchena en 1787 con el título de El
Observador, un compendio de la filosofía de la Ilustración, junto con
algunos retazos de sátira social y crítica teatral. La primera entrega
terminaba con la frase: «Yo aborrezco todo empeño que coarte la
libertad». Como era de suponer en seguida el periódico tuvo problemas
con la Inquisición y fue finalmente prohibido, por lo que ocho de las
catorce entregas que Marchena ya había redactado quedaron inéditas. En
el dictamen del censor del Santo Oficio se decía: «Contiene doctrina
falsa, errónea, temeraria, que ofende a los oídos piadosos, inductiva
al puro materialismo, y con imágenes obscenas». Al parecer Marchena
fue encausado el año de la aparición de El Observador por la
Inquisición por poseer libros prohibidos y por proposiciones
heréticas. Por otro lado, El Observador acredita ya a su autor como un
ardiente admirador de la cultura francesa, singularmente de Voltaire.

De Salamanca pasó a Madrid, donde escribió, entre otras poesías
amorosas y políticas, la Oda a la Revolución francesa, poco después de
la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789, que según Menéndez y
Pelayo, son «los más antiguos versos de propaganda revolucionaria
compuestos en España».

En abril de 1792 se marcha a Francia, pero las razones que le llevaron
a tomar esta decisión que iba a determinar el resto de su vida no
están claras. Influyó sin duda la difusión clandestina de sus escritos
y las secuelas de sus problemas con la Inquisición, pero también la
muerte de su madre y su desesperada situación económica que le llevó a
solicitar al Conde de Aranda, entonces ministro de Estado de Carlos
IV, una pensión o un empleo por encontrarse «absolutamente sin medios
para subsistir» -la petición la acompañó de un manuscrito sobre la
educación pública-. Durante unos meses residió en Bayona, donde entró
en contacto con un pequeño grupo de activistas revolucionarios
españoles y donde desarrolló una gran actividad, interviniendo en las
sesiones de la Sociedad de Amigos de la Constitución y redactando
gacetas y proclamas en francés y en español que eran introducidas
clandestinamente en España -y algunas llegaron incluso a América-.. En
agosto de ese año, con Miguel Rubín de Celis, publica la Gaceta de la
libertad y de la igualdad, que introducen clandestinamente en España y
en octubre redacta la proclama A la nación española.

La fama de Marchena llega a París y a principios de 1793 es llamado
por el gobierno revolucionario de los girondinos de Brissot junto con
otros dos activistas españoles de Bayona, Juan Antonio Carrese y José
Hevia. LLega a la capital el 7 de marzo, sólo mes y medio después de
la ejecución del rey Luis XVI tras la proclamación de la República en
septiembre del año anterior, y una de las primeras misiones que le
encomiendan es la traducción del manifiesto de la Convención francesa
a los pueblos de Europa, que se será difundido profusamente en España.
Al poco tiempo entra al servicio del Ministerio de Asuntos Exteriores
francés gracias a una recomendación de Brissot al ministro
Lebrun-Tondu. Su función era la de redactar propaganda revolucionaria
destinada a ser difundida en España.

Tras la caída de los girondinos el 31 de mayo de 1793 sufrió la
persecución de los jacobinos, con Robespierre a la cabeza, y pasará
catorce meses en prisión. Después de una serie de peripecias
dramáticas había sido capturado en Burdeos, conducido a la capital y
recluido en la prisión de la Conciergerie. Durante su estancia en la
cárcel se cuenta que además de leer la Guía de pecadores de fray Luis
de Granada -lo que resulta muy contradictorio para un volteriano como
Marchena-, se dedicó junto con otros girondinos a mortificar a un
monje benedictino que compartía celda con ellos, "inventando una nueva
religión en honor a un dios al que llamaron Ibrascha, al que dedicaban
cánticos y oraciones grotescas para desesperación de aquel monje" -lo
que concuerda más con su bien ganada fama de blasfemo y sacrílego-.

Algunos meses después de la caída de los jacobinos el 9 Termidor
(julio de 1794) fue liberado de la prisión junto con los girondinos
que no habían sido guillotinados durante el Terror, a los que Marchena
llamó "mártires de la libertad" y a los que intentó sumarse en una
carta dirigida desde la cárcel al fiscal de la República en la que le
pedía ser ajusticiado junto a ellos.

Tras su liberación colaboró con el nuevo régimen de los termidorianos
que le había concedido un empleo burocrático como compensación por las
penalidades sufridas durante la "dictadura de la libertad" de
Robespierre. Pero pronto perdió el empleo cuando comenzó a publicar
escritos en forma de artículos, folletos y pasquines en los que
criticaba especialmente el proyecto de nueva Constitución, que sería
aprobada en septiembre de 1795 y que daría nacimiento al régimen del
Directorio. Para Marchena el proyecto tenía demasiadas reminiscencias
jacobinas porque era centralista -no federal-, no establecía una
nítida división de poderes y tampoco garantizaba plenamente los
derechos ciudadanos -especialmente, el de propiedad-. Así pues, "para
el «nuevo» Marchena el giro hacia la moderación experimentado por el
país tras la caída de Robespierre era todavía insuficiente", y esto es
lo que explica la buena acogida que encontraron sus escritos entre los
sectores republicanos más conservadores e incluso entre los
monárquicos constitucionales -para los que Marchena pidió la
amnistía-. Así Marchena se convirtió en un personaje de la vida
política parisina, y también se ganó numerosos enemigos y detractores
que lanzaron contra él todo tipo de amenazas y de acusaciones, que en
muchas ocasiones incluían referencias a su aspecto físico y su falta
de aseo personal. Un miembro del Directorio que fue objeto de las
ácidas críticas de Marchena lo recordó años después destacando también
sus cualidades:

En un cuerpo débil y enclenque escondía, bajo un exterior sucio y
repulsivo, un alma ardiente y enérgica, extensos conocimientos, un
entusiasmo desinteresado por la libertad y talento para el panfleto.

Uno de sus panfletos titulado José Marchena aux assemblées primaires
motivó que el grupo en el poder tratara de asimilarlo, como haría con
otros republicanos conservadores, con la oposición monárquica: poco
después de la insurrección realista del 13 vendimiario, Marchena fue
detenido bajo la acusación de ser uno de sus instigadores, cuando
realmente había tratado de evitarla. Liberado en un primer momento,
fue de nuevo detenido a los pocos días y a principios de 1796 fue
desterrado a Suiza junto con el general Francisco de Miranda.

En el camino a Suiza fue objeto de vejaciones y humillaciones, como la
de ir todo el viaje amarrado a la cola de un caballo. Cuando llegó
buscó refugio en la casa de Madame de Staël, cuyo salón parisino había
frecuentado tiempo atrás, pero aquella no quiso saber nada de él. Al
final vuelve clandestinamente a París y en febrero de 1797 consigue
regularizar su situación en Francia. A partir de aquel momento decide
permanecer alejado de la lucha política y dedicarse al estudio. "De
esa época data su pasión por las matemáticas, en las que le inició su
amigo el ingeniero español José María Lanz, vecino suyo en la parisina
calle de Rohan. Paradojas de aquellos tiempos de transición, mientras
Lanz vivía tranquilamente en París con una beca del gobierno de Manuel
Godoy, dedicado a sus estudios científicos y sin ser molestado por
nadie, Marchena llevaba la incierta vida de un proscrito, con sus
bienes embargados en España, al borde de la indigencia y con el riesgo
de que un nuevo paso en falso en su país de asilo le devolviera a la
cárcel o al destierro".

Ese mismo año 1797 publica el opúsculo Essai de Théologie en el que
según el embajador español en París justificaba el ateísmo y una
revista de pensamiento titulada Le Spectateur Français, escrita casi
exclusivamente por él mismo, en la que trata temas de economía
política, relaciones internacionales y literatura, y de la que llegó a
publicar seis números -hasta abril de 1797-. Sin embargo no cumplió su
propósito de apartarse de la vida política y en la revista fue
introduciendo artículos en los que criticaba al gobierno y a la
mayoría de los periódicos de París, escritos, según él, por "hombres
despreciables", "panfletos miserables" e "insectos venenosos". Por
ello fue detenido y estuvo a punto de ser deportado a ultramar aunque
después de unas semanas fue puesto en libertad. Pero a finales de 1798
fue de nuevo detenido. En la denuncia de la policía se le describe de
forma poco favorable: «Muy pequeño de estatura, cara delgada y muy
morena, color aceitunado, los ojos vivos y el aspecto atrevido». Logró
evitar de nuevo la deportación pero pasó seis meses en prisión hasta
que fue puesto en libertad en junio de 1799.

Emmanuel Joseph Sieyès (1817), por Jacques-Louis David.

La suerte de Marchena cambió con el golpe del 18 Brumario que llevó al
poder a Napoleón Bonaparte en noviembre de 1799. Al parecer Marchena
jugó algún papel en la preparación del golpe -tal vez escribiendo
proclamas- debido a la estrecha relación que mantuvo en aquellos meses
con el cerebro del mismo, el abate Sieyès. Gracias a este precisamente
obtuvo un empleo civil adscrito al ejército del Rin, lo que le aseguró
"una vida menos precaria" según el propio Marchena. Así en 1800 pasó
varios meses en tierras alemanas y en Suiza a las órdenes del general
Moreau integrado en su estado mayor como inspector de contribuciones,
cargo que desempeñó con gran eficacia, además de realizar ciertos
trabajos estadísticos que le encomendaron sus superiores. Durante esos
meses aprendió rápidamente alemán y perfeccionó su inglés y aún tuvo
tiempo de perpetrar una divertida broma literaria que aumentó su fama
de personaje ocurrente. Se trató de la publicación en Basilea del
Fragmentum Petronii, un supuesto fragmento del Satiricón de Petronio
encontrado en un monasterio, que en realidad lo había escrito
Marchena, al igual que las notas que lo acompañaban -que constituían
un verdadero tratado de erotismo en los que desarrolló sus vastos
conocimientos teóricos y prácticos sobre el tema, pues Marchena, según
uno de sus contemporáneos, conocía misterios del amor "ignorados por
los antiguos"-. Su latín era tan perfecto que engañó a los expertos
que lo consideraron auténtico.

En 1801 volvió a París tan pobre como se había ido un año antes. Desde
entonces hasta 1808 vive en París entregado al estudio -que incluye la
literatura hindú-, a la escritura y a la traducción de obras inglesas
e italianas al francés y al castellano. Además colabora en la revista
Décade Philosophique que tuvo una gran influencia en el campo de la
pedagogía y de la lingüística. Por encargo de una publicación parisina
escribe un amplio ensayo sobre el País Vasco y sus fueros. También
remite varias poesías a dos revistas españolas, una sevillana y otra
madrileña, que las publican con sus iniciales. Las revistas son el
Correo de Sevilla y las Variedades de ciencias, artes y literatura que
dirige Manuel José Quintana en Madrid. En 1806 trata de hacer pasar
como verdaderos también unos falsos poemas de Catulo, sin tanta suerte
como tuvo con el fragmento de Petronio.

Después de dieciséis años de exilio volvió a España con el ejército
francés que invadió el país, al principio como miembro del aparato de
propaganda a las órdenes del general Murat. Tras las abdicaciones de
Bayona pasó a ser un alto funcionario de la Monarquía de José I
Bonaparte, concretamente en el Ministerio del Interior, una especie de
superministerio, desde el cual influyó en la política económica del
gobierno josefino defendiendo "la libertad de mercado", incluso cuando
en los primeros meses de 1812 hubo hambre en Madrid por el
desabastecimiento. Además fue director o redactor de varios periódicos
defensores de la Monarquía de José I y publicó numerosos textos de
propaganda de forma anónima. Uno de los periódicos de los que fue
director durante un breve periodo de 1810 fue el Correo político y
militar de Córdoba.

Su apoyo a la monarquía de José I le hizo objeto de burlas por los
defensores de los derechos de Fernando VII en las que se referían a su
aspecto físico, como en el folleto anónimo aparecido en Córdoba con el
título Descripción físico-moral de los tres satélites del tirano que
acompañaban al intruso José la primera vez que entró en Córdoba:

Marchena: presencia y aspecto

de mono, canoso,
flaco y enamorado como él mismo;
jorobado, cuerpo torcido,
nariz aguileña, patituerto,
vivaracho de ojos, aunque corto de vista,

de mal color y peor semblante.
Durante este período no abandonó su actividad como traductor -tradujo
las comedias de Molière al castellano por encargo del rey José I- y
como escritor, sorprendiendo con la publicación de una Oda a Cristo
crucificado ya que en ella, abandonando su ateísmo, reivindicaba una
concepción liberal del cristianismo, resumida en la frase «Que no
quiera [Cristo] que al hombre el hombre oprima». También sorprende que
en este período actuara como censor y que en uno de los dictámenes
sobre una Geografía elemental escribiera que la obra no contenía cosa
alguna «contra las leyes de la nación, ni contra la religión nacional
y contra las buenas costumbres».

Nuevo exilio y nuevo retorno (1814-1821)[editar]

Abandonó el país con la corte del rey José Bonaparte, residiendo
sucesivamente en Perpiñán, Nimes y Montpellier. En este segundo
exilio, debido a que los Borbones también habían sido restaurados en
Francia, su único modo de subsistencia fue dedicarse a la traducción
de los clásicos del pensamiento ilustrado, que como estaban prohibidos
en España pero tenían una gran demanda los editores franceses
quisieron sacar partido de ese mercado clandestino. Así tradujo el
Emilio, o la Educación de Rousseau (Burdeos, Pedro Beaume, 1817), las
Cartas persas de Montesquieu (Nîmes, P. Durand-Bellé, 1818) y las
Novelas de Voltaire (Burdeos, Pedro Beaume, 1819), entre otros muchos
textos ilustrados y liberales.

Durante esos años escribió su obra de mayor extensión, Lecciones de
filosofía moral y elocuencia (Burdeos, 1820), que era una antología de
la literatura española precedida de una larga introducción en la que
hizo una reflexión sobre la moderna historia de España. En la
introducción de esa obra, llamada Discurso sobre la literatura
española, aunque rigurosamente clasicista y abominador de la
intolerancia ideológica del clero, admite del movimiento romántico el
postulado de que la literatura es emanación y reflejo del espíritu y
costumbres de un pueblo. También escribe un poema sobre Eloísa y
Abelardo y diversas composiciones en que ataca la intolerancia
española, y la tragedia Polixena.

Asimismo dedicó tiempo a redactar proclamas y manifiestos contra el
absolutismo de Fernando VII, diferenciándose así de la mayoría del
resto de afrancesados que buscaban reconciliarse con el rey, y además
colaboró con los liberales exiliados en sus conspiraciones para
reinstaurar la Constitución de 1812, lo que le causó problemas con la
justicia francesa.

Cuando triunfó el pronunciamiento de Riego y se restableció la
Monarquía Constitucional volvió a España inmediatamente, viviendo
entre Sevilla y Madrid. Entonces es cuando se le empieza a conocer
como abate Marchena, "sin que se sepa por qué y sin que él rechazara
tal apelativo", a pesar de que ni era ni había sido nunca miembro del
clero. Y al volver apoya las posiciones de los liberales "exaltados"
en consonancia con la radicalización que habían experimentado sus
ideas políticas desde su salida de España en 1814 -en lo que también
se diferencia de la mayoría de los afrancesados que se sumaron al
liberalismo "moderado"-. Recuperando sus raíces girondinas apoya la
Constitución de 1812 y elogia la figura de Rafael del Riego y «demás
restauradores de la libertad».

En cuanto a la cuestión religiosa Marchena abandonó el ateísmo de sus
años en Francia para adoptar el deísmo que lo enlaza con la
Ilustración. Así para Marchena, según lo expuso en un discurso
pronunciado a finales de 1820 en la Sociedad Patriótica de Sevilla en
apoyo de la Ley sobre extinción de monacales y reforma de regulares
que se acababa de aprobar, la religión y sus ministros deben quedar
sujetos al poder del Estado, como expresión de la voluntad de la
nación y como único garante del bien social, defendiendo, pues, una
posición laicista:

Conviene, por tanto, que los ministros de la religión nacional
dependan, lo más que fuere posible, de los magistrados, que éstos no
los pierdan un instante de vista para cerciorarse del contenido de sus
doctrinas; no porque sea incumbencia de la potestad civil averiguar si
el camino por donde conducen al cielo es el más derecho y seguro, que
eso fuera profanar las aras, empero sí para convencerse de que su
predicación conspira a la felicidad de los individuos de mancomún con
las leyes y que no hay divergencia, ni mucho menos oposición, en las
máximas de vida que la legislación y la religión prescriben.

Sus últimos escritos redactados en Sevilla a finales de 1820 también
reflejan su idea radical del liberalismo, por lo que recibe el
calificativo de "anarquista" y de "hereje" por parte de los sectores
más reaccionarios. En una carta con fecha del 6 de diciembre de 1820
les contesta:

¿Quién se ha de persuadir a que yo soy un enemigo de la libertad
cuando tantas persecuciones he sufrido por su causa, [...] un
anarquista, cuando por espacio de diez y seis meses en mi primera
juventud me vi encerrado en los calabozos del jacobinismo? [...] Mas
nunca los excesos del populacho me harán olvidar los imprescriptibles
derechos del pueblo; siempre sabré arrostrar la prepotencia de los
magnates, lidiando por la libertad de mi patria.

Unas semanas después, el 31 de enero de 1821, moría en Madrid en casa
de su amigo Juan MacCrohon, sin dejar «bienes de que poder testar».

Memoria histórica[editar]

En el siglo XIX en la memoria histórica del abate Marchena prevaleció
la leyenda de un personaje excéntrico y novelesco que él mismo fomentó
con anécdotas como la de tomar durante cierto tiempo como mascota a un
jabalí que lo acompañaba a todas partes. Sólo fue reconocida su enorme
labor como traductor, y sus obras fueron reeditadas a lo largo de todo
el siglo "no siempre fieles a la primera versión y en las que a veces
se omitía incluso su nombre como traductor". Sus versiones de los
grandes autores ilustrados franceses -Voltaire, Montesquieu, Rousseau-
lo hicieron muy conocido en los medios intelectuales republicanos y
progresistas, y escritores como Benito Pérez Galdós y Pío Baroja lo
citan en alguna de sus novelas históricas, y Vicente Blasco Ibáñez lo
convirtió en protagonista de su novela La explosión. Paradójicamente
su obra como escritor empezó a ser conocida gracias a Menéndez y
Pelayo -quien calificó a Marchena como "propagandista de impiedad, con
celo de misionero y de apóstol, corruptor de una gran parte de la
juventud española por medio siglo largo, sectario intransigente y
fanático... de influencia diabólica" y que "según relación de sus
contemporáneos, era pequeñísimo de estatura, muy moreno y
horriblemente feo, en términos que más que persona humana parecía un
sátiro de las selvas"- que publicó entre 1892 y 1896 sus Obras
literarias, aunque con una tirada de unos escasos quinientos
ejemplares, de los que se pusieron a la venta la mitad.

A principios del siglo XX Marchena ya no era sólo un extraordinario
traductor sino un personaje que para la derecha era un hereje, masón y
hasta jacobino, símbolo de la "anti-España", mientras para la
izquierda era el principal divulgador del pensamiento de Rousseau,
reconocido especialmente en los medios anarquistas. El hecho fue que
el abate Marchena adquirió cierta notoriedad como para que una amplia
y bien documentada biografía fuera incluida en la primera edición de
la Enciclopedia Universal Ilustrada publicada por Espasa-Calpe en
1916.

La recuperación histórica de la figura de Marchena se produjo en los
años 70 del siglo XX, entre el final del franquismo y el inicio de la
transición, gracias principalmente a la labor de dos historiadores
españoles, Antonio Elorza y Alberto Gil Novales, y de varios
hispanistas, recuperación que culmina al final de la década siguiente
con la publicación en 1989 de la investigación de Juan Francisco
Fuentes, José Marchena (1768-1821). Biografía política e intelectual,
y en 1990 con el libro del escritor y periodista José Manuel Fajardo,
La epopeya de los locos. Españoles en la Revolución francesa, que
reconstruye su vida, junto con la de otros exiliados, en la Francia
revolucionaria -poco antes Fernando Díaz Plaja había publicado en 1986
una biografía sobre Marchena, que a juicio de Juan Francisco Fuentes
es "la más descabellada biografía que se haya escrito sobre el pobre
Marchena, plagada de errores, inexactitudes y puras invenciones"-. Más
recientemente Juan Goytisolo ha reivindicado su figura -y la de Blanco
White- como estandarte de la España heterodoxa de todos los tiempos en
su Carajicomedia publicada en el año 2000.

Esta es la valoración que hace de Marchena su principal biógrafo Juan
Francisco Fuentes:

A pesar de sus prevenciones contra los «desenfrenos de la más loca
democracia» y de sus muchos desengaños, su línea de conducta se
mantuvo constante en la defensa de un cambio histórico que, fracasado
el Despotismo ilustrado y posteriormente el proyecto histórico que
encarnó José I, sólo podía realizarse mediante una revolución
política. Fue, sin duda, uno de los españoles que mejor entendió la
trascendencia de aquel momento histórico, a caballo entre los siglos
XVIII y XIX, y uno de los pocos que llegó al sacrificio personal como
contribución al advenimiento de esa nueva era, verdadera Arcadia
histórica, en la que, según sus palabras, los vicios serían «raros y
las virtudes comunes».
No quiere esto decir que su trayectoria fuera siempre intachable ni
rectilínea. Pero, a su peculiar manera, fue un hombre íntegro y
lúcido, al margen de sus contradicciones, de sus extravagancias y
alguna que otra traición a sus principios, inevitable tributo a esas
«flaquezas de la humanidad» de las que, según llegó a decir él mismo
de Don Quijote, «nuca puede quedar inmune un mísero mortal».