Texto publicado por Nelson

Paisaje en papel japonés.

Paul Morand.
PAISAJE EN PAPEL JAPONÉS.
 
LA nube cargada de lluvia
echa el ancla para pasar la noche en el Trocadero.
París se va a contar por ventanas
y por chimeneas que tiznan y deliran,
sobre las landas de zinc,
lámparas de contables, en el amanecer.
El Versalles-orilla izquierda pasa,
hermosa cantante,
entre dos mangas de cohetes.
Hicieron falta más de mil años para hacer esa pocilga
que es una gran ciudad.
Pisos de sufrimiento, metros de placer erguidos
sobre deyecciones fluviales.
Sentadas sobre sus vinos finos y su carbón,
las mansiones burguesas adornadas con espejos
—¿y para qué espectáculos?—
no tienen NADA QUE ALQUILAR.
Triste usura.
Por las morrenas de las calles y los bien pulidos cruces,
deslizamiento invisible de los glaciares con balcones
hacia Passy
donde viven los más bonitos pájaros enjaulados:
los papas,
y también los cuellos-recortados y los jorobados belgas
(raros y sociables, dijo la portera).
Y mientras tanto
el sol gira,
invisible,
alrededor de su estúpido circo
parándose, satisfecho, en los solsticios semestrales
para averiguar que no hay errores de caja.
Extracción de las vidas,
sediciones microbianas,
trabajos de los óvulos exentos de impuestos,
trituramiento de las existencias,
renovación de los osarios.
En los centros de alimentación y espectáculos,
cada uno aporta su especialidad
y se forman las nuevas nebulosas.
¡Qué fastidio!
pero por otro lado
ya que la muerte todavía será trabajo,
aburrirse llegará a ser un placer.
Exijamos pues la vida auténtica.
 
 
PAISAJE EN PAPEL JAPONÉS.
Paul Morand.
 
Traducción: Marie Christine Castillo