Texto publicado por Nelson

La mujer rota.

Simone de Beauvoir.
La mujer rota.
 
Lunes 13 de septiembre. Las Salinas
Extraordinario decorado el de ese esbozo de ciudad abandonada en los confines de un pueblo y al margen de los siglos. He bordeado la mitad del hemiciclo,
he subido por las escalinatas del pabellón central: he contemplado largo rato la sobria majestad de estas construcciones edificadas con fines utilitarios
y que nunca han servido para nada. Son sólidas, son reales: y sin embargo, su abandono las transforma en un simulacro fantástico: una se pregunta de qué.
La hierba cálida, bajo el cielo de otoño, y el olor de las hojas muertas me aseguraban que no había abandonado este mundo, pero había retrocedido doscientos
años atrás. Fui a buscar unas cosas al coche; extendí en el suelo una manta, unos cojines, puse la radio a transistores, y he fumado mientras escuchaba
a Mozart. Detrás de dos o tres ventanas polvorientas adivino presencias: sin duda, son oficinas. Un camión se ha detenido ante uno de los portones, unos
hombres los han abierto, han cargado unos sacos en la parte trasera del vehículo. Ninguna otra cosa ha alterado el silencio de esta siesta: ni un visitante.
Terminado el concierto, me he puesto a leer. Doble sensación de desorientación: me iba muy lejos, a orillas de un río desconocido; alzaba la vista y volvía
a encontrarme en medio de estas piedras, lejos de mi vida.
Porque lo más sorprendente es mi presencia aquí, la alegría de esta presencia. La soledad de este regreso a París me atemorizaba. Hasta ahora, a falta
de Maurice, las niñas me acompañaban en todos mis viajes. Creía que iba a echar de menos los entusiasmos de Colette, las exigencias de Lucienne. Y resulta
que me es devuelta una calidad de alegría olvidada. Mi libertad me rejuvenece veinte años. A tal punto que, cerrado el libro, me he puesto a escribir para
mí misma, como a los veinte años.
Nunca dejo a Maurice sin apenarme. El congreso dura solamente una semana y, sin embargo, mientras íbamos en coche desde Mougins hasta el aeropuerto de
Niza, tenía la garganta anudada. Él también estaba emocionado. Cuando el altavoz llamó a los pasajeros para Roma, me abrazó fuertemente: «No te mates con
el coche». «No te mates en el avión.» Antes de desaparecer, volvió una vez más la cabeza hacia mí: en sus ojos había una ansiedad que me ha conquistado.
El despegue me pareció dramático. Los cuatrimotores alzan vuelo lentamente, en un largo hasta la vista. El jet se alejó de la pista con la brutalidad de
un adiós.
Pero pronto he empezado a alegrarme. No, la ausencia de mis hijas no me entristecía: al contrario. Podía conducir tan rápidamente, tan lentamente como
quería, ir a donde deseaba, detenerme cuando me daba la gana. He decidido pasar la semana vagabundeando. Me levanto con la luz. El coche me espera en la
calle, en el patio, como un animal fiel; está húmedo de rocío; le seco los ojos y atravieso alegremente el día que comienza a solearse. A mi lado está
el bolso blanco con los mapas. Michelin, la Guía Azul, libros, un cardigan, cigarrillos: es un compañero discreto. Nadie se impacienta cuando pregunto
a la patrona de la hostería su receta del pollo con cangrejos.
Va a caer la noche pero al atardecer está todavía templado. Es uno de esos instantes conmovedores en que la tierra está tan de acuerdo con los hombres
que parece imposible que no sean todos felices.
Martes 14 de septiembre
Una de las cosas que encantaban a Maurice es la intensidad de lo que él llamaba mi «atención a la vida». Durante esta breve intimidad conmigo misma se
ha reanimado. Ahora que Colette está casada, Lucienne en Norteamérica, tendré tiempo para cultivarla. «Vas a aburrirte. Deberías conseguir un empleo»,
me dijo Maurice en Mougins. Insistió. Pero, por el momento, en todo caso, no tengo ganas. Quiero vivir por fin un poco para mí. Y aprovechar con Maurice
esta soledad de dos de la cual tanto tiempo hemos estado privados. Tengo un montón de proyectos en la cabeza.
Viernes 17 de septiembre
El martes llamé por teléfono a Colette: estaba con gripe. Protestó cuando le dije que volvía enseguida a París, Jean-Pierre la cuida muy bien. Pero yo
estaba inquieta, regresé ese mismo día. La encontré en cama, muy enflaquecida; tiene fiebre todas las noches. Ya en agosto, cuando la acompañé a la montaña,
su salud me inquietaba. No veo la hora de que Maurice la examine y me gustaría que consultara a Talbot.
Aquí estoy, con otra protegida a mi cuidado. Cuando dejé a Colette, el miércoles después de cenar, el tiempo era tan agradable que fui en coche hasta el
Barrio Latino; me senté en las sillas de la terraza, fumé un cigarrillo. En la mesa de al lado había una chiquilla que devoraba con los ojos mi paquete
de Chesterfield; me pidió un cigarrillo. Le hablé; eludió mis preguntas y se levantó para irse; alrededor de quince años, ni estudiante ni prostituta,
me intrigaba; le propuse llevarla a su casa en coche. Se negó, vaciló y terminó por confesar que no sabía adónde ir a dormir. Por la mañana se había escapado
del centro en el cual la había alojado la Asistencia Pública. La he tenido en casa dos días. Su madre, más o menos retrasada mental, su abuelo, que la
detesta, han renunciado a sus derechos sobre ella. El juez que se ocupa de su caso le ha prometido enviarla a un hogar adonde le enseñarán un oficio. Mientras
tanto, vive «provisoriamente» desde hace seis meses en esa casa de la cual no sale nunca —salvo el domingo para ir a misa, si quiere— y donde no le dan
ninguna tarea para hacer. Están allí, unas cuarenta adolescentes, materialmente bien cuidadas, pero que languidecen de aburrimiento, de desgana, de desesperación.
Por la noche se le da a cada una un somnífero. Se las arreglan para no tomarlo y guardarlo. Y un buen día se tragan de golpe toda la reserva. «Una fuga,
una tentativa de suicidio: es lo que hace falta para que el juez se acuerde de una», me dijo Marguerite. Las fugas son fáciles, frecuentes, y si no duran
mucho tiempo no acarrean consecuencias.
Le he jurado que removería cielo y tierra para conseguir que la transfieran a un hogar y se dejó convencer para regresar al centro. Yo hervía de cólera
cuando la vi franquear la puerta, cabizbaja y arrastrando los pies. Es una hermosa jovencita, nada tonta, muy gentil, y que no pide otra cosa que poder
trabajar: le están destrozando su juventud; a ella y a millares de otras. Mañana le hablaré por teléfono al juez Barron.
¡Qué duro es París! Aun en estos pegajosos días de otoño esa dureza me oprime. Esta noche me siento vagamente deprimida. He hecho planes para transformar
la habitación de las chicas en una sala más íntima que el despacho de Maurice y la sala de espera. Y me doy cuenta de que Lucienne ya no vivirá nunca más
aquí. La casa estará tranquila, pero muy vacía. Me atormento sobre todo por Colette. Felizmente, Maurice regresa mañana.
Miércoles 22 de septiembre
Ésta es una de las razones (la principal) por las cuales no tengo ningunas ganas de atarme a una tarea: difícilmente soportaría no estar totalmente a disposición
de quienes me necesitan. Paso casi todo el día a la cabecera de la cama de Colette. Su fiebre no baja. «No es grave», dice Maurice. Pero Talbot pide que
le hagan análisis. Ideas aterradoras me pasan por la cabeza.
El juez Barron me ha recibido esta mañana. Muy cordial. El caso de Marguerite Drin le parece lamentable: y hay millares parecidos. El drama es que no existe
ningún lugar para alojar a estas chicas, no hay personal capaz de ocuparse de ellas adecuadamente. El gobierno no hace nada. Entonces, los esfuerzos de
los jueces, de las asistentes sociales se estrellan contra una pared. El centro donde se encuentra Marguerite no es más que un lugar de tránsito; al cabo
de tres o cuatro días, deberían haberla mandado a otra parte. ¿Pero adónde? No hay nada. Las chicas se quedan allí, donde no se ha previsto nada para ocuparlas
en algo ni para distraerlas. Así y todo, tratará de encontrar un lugar, en algún sitio, para Marguerite. Y va a recomendar a las asistentes del centro
que me autoricen verla. Los parientes no han firmado el papel que los privaría definitivamente de sus derechos, pero no se trata de que nuevamente se hagan
cargo de la niña; ellos no lo desean y también para ella sería la peor solución.
Salí de los tribunales irritada contra la incuria del sistema. El número de delincuentes jóvenes aumenta; y no se contempla otra medida que redoblar la
severidad.
Como me encontraba ante la puerta de la Sainte-Chapelle, entré, subí por la escalera de caracol. Había turistas extranjeros y una pareja que contemplaba
los vitrales, cogidos de la mano. En lo que a mí respecta, no miré muy bien. Nuevamente pensaba en Colette y me inquietaba.
Y me inquieto. Imposible leer. La única cosa que podría aliviarme sería conversar con Maurice: no estará aquí antes de medianoche. Desde su regreso de
Roma pasa las veladas en el laboratorio con Talbot o Couturier. Dice que se están acercando al objetivo. Puedo comprender que lo sacrifique todo a sus
investigaciones. Pero es la primera vez en la vida que tengo una gran preocupación sin que él la comparta.
Sábado 25 de septiembre
La ventana estaba a oscuras. Me lo esperaba. Antes (¿antes de qué?), cuando por excepción yo salía sin Maurice, al volver había siempre un rayo de luz
entre las cortinas rojas. Yo subía los dos pisos corriendo, tocaba el timbre, demasiado impaciente para buscar mi llave. Subí sin correr, metí la llave
en la cerradura. ¡Qué vacío estaba el apartamento! ¡Qué vacío está! Evidentemente, puesto que no hay nadie adentro. Pero no, de costumbre, cuando regreso
a casa encuentro a Maurice, aun en su ausencia. Esta noche las puertas se abren ante habitaciones desiertas. Las once. Mañana se sabrán los resultados
de los análisis y tengo miedo. Tengo miedo, y Maurice no está aquí. Ya lo sé. Es preciso que sus investigaciones lleguen a su fin. Así y todo, estoy enfadada
con él. «¡Te necesito y no estás aquí!» Tengo ganas de escribir estas palabras sobre un papel que dejaría a la vista en el vestíbulo, antes de irme a acostar.
Si no, me callaré, como ayer, como anteayer. Él estaba siempre aquí cuando tenía necesidad de él.
… He regado las plantas; he empezado a arreglar la biblioteca y me he parado. Me sorprendió su indiferencia cuando le hablé de instalar este salón. Tengo
que confesarme la verdad; siempre he deseado la verdad, si la he obtenido es porque la quería. ¡Pues bien! Maurice ha cambiado. Se ha dejado devorar por
su profesión. Ya no lee. Ya no escucha música. (Me gustaba tanto nuestro silencio y su rostro atento cuando escuchábamos Monteverdi o Charlie Parker.)
Ya no nos paseamos juntos por París y los alrededores. Ya casi no tenemos verdaderas conversaciones. Empieza a parecerse a sus colegas, que no son más
que máquinas de hacer carrera y ganar dinero. Soy injusta. El dinero, el éxito social, se ríe de ello. Pero desde que, en contra de mi opinión, hace diez
años decidió especializarse, poco a poco —y eso es precisamente lo que yo temía— se ha empobrecido. Incluso en Mougins, este año, me pareció lejano: ávido
por reencontrar la clínica y el laboratorio; distraído y hasta moroso.. ¡Vamos!, mejor decirme a mí misma la verdad hasta el fin. En el aeropuerto de Niza
sentía el corazón oprimido a causa de esas sombrías vacaciones dejadas detrás de nosotros. Y si en las salinas abandonadas conocí una felicidad tan intensa,
fue porque Maurice, a cientos de kilómetros, volvía a serme cercano. (Curiosa cosa, un diario: lo que se calla es más importante que lo que se anota.)
Se diría que su vida privada ya no le concierne. La primavera pasada, ¡con qué facilidad renunció a nuestro viaje por Alsacia! Sin embargo, mi decepción
lo afligió. Le dije alegremente: «¡La curación de la leucemia bien merece algunos sacrificios!». Pero, antes, para Maurice la medicina significaba personas
de carne y hueso que había que aliviar. (Estaba tan decepcionada, tan desamparada durante mi permanencia en Cochin, por la fría benevolencia de los jefes
de sala, por la indiferencia de los estudiantes: y en los hermosos ojos melancólicos de ese externo encontré una angustia, una rabia semejante a la mía.
Creo que le amé desde ese instante.) Tengo miedo de que ahora para él sus enfermos no sean sino casos. Saber le interesa más que curar. Y hasta en sus
relaciones con quienes lo rodean se vuelve abstraído, él, que era tan vivaz, tan alegre, tan joven a los cuarenta y cinco años como cuando lo encontré…
Sí, algo ha cambiado puesto que escribo acerca de él, de mí, a sus espaldas. Si él lo hubiera hecho, me sentiría traicionada. Éramos el uno para el otro
una absoluta transparencia.
Aún lo somos; mi cólera nos separa: le será fácil desarmarla. Necesitaré un poco de paciencia: después de los períodos de agotamiento viene la bonanza.
El año pasado también trabajaba frecuentemente por las noches. Sí, pero yo tenía a Lucienne. Y, sobre todo, nada me atormentaba. Bien sabe él que en este
momento no puedo leer ni escuchar discos, porque tengo miedo. No dejaré ninguna nota en el vestíbulo, pero hablaré con él. Al cabo de veinte —veintidós—
años de matrimonio, una concede demasiado al silencio: es peligroso. Pienso que me he ocupado demasiado de las niñas todos estos últimos años: Colette
era tan afectuosa y Lucienne tan difícil. Yo no estaba tan disponible como Maurice podía desearlo. Hubiera debido hacérmelo notar en lugar de lanzarse
a trabajos que ahora lo alejan de mí. Tenemos que explicarnos.
Medianoche. Tengo tanta prisa por verle, por ahogar esta cólera que todavía protesta dentro de mí, que dejo los ojos clavados en el reloj de pared.. La
aguja no avanza; me exaspero. La imagen de Maurice se deshace; ¿qué sentido tiene luchar contra la enfermedad y el sufrimiento si uno trata a su propia
mujer con tanto descuido? Eso es indiferencia. Dureza. Es inútil rabiar. Basta. Si los análisis de Colette son desfavorables, mañana voy a necesitar toda
mi sangre fría. Entonces, debo tratar de dormir.
Domingo 26 de septiembre
Así que ocurrió. Me ocurrió.
Lunes 27 de septiembre
¡Pues sí! Me sucedió. Es normal. Debo persuadirme de eso y controlar esta cólera que me ha sacudido durante todo el día de ayer. Maurice me ha mentido,
sí; eso también es normal. Hubiera podido continuar en lugar de hablarme. Aunque tardía, debo agradecerle su franqueza.
El sábado terminé por dormirme: de vez en cuando, tendía la mano hacia la cama gemela; la sábana estaba lisa. (Me gusta dormirme antes que él, mientras
trabaja en su escritorio. A través del sueño, oigo correr el agua, huelo un ligero olor a agua de colonia, tiendo la mano, su cuerpo hincha las sábanas
y naufrago en la beatitud.) La puerta de entrada sonó ruidosamente. Grité: «¡Maurice!». Eran las tres de la mañana. No habían trabajado hasta las tres,
habían bebido y charlado. Me erguí en la cama:
—¿A qué hora vuelves? ¿Qué hora es?
Se sentó en un sillón. Tenía un vaso con whisky en la mano.
—Son las tres, ya sé.
—Colette está enferma, yo me muero de inquietud, y tú regresas a las tres. No habéis trabajado hasta las tres.
—¿Colette ha empeorado?
—No mejora. ¡No te importa! Evidentemente, cuando se está a cargo de la salud de toda la humanidad, una hija enferma no pesa mucho.
—No seas hostil.
Me miraba con una gravedad algo triste, y me derretí como me derrito siempre que él me envuelve en esa luz sombría y cálida. Pregunté con dulzura:
—Dime por qué vuelves tan tarde.
No contestó nada.
—¿Estuviste bebiendo? ¿Jugando al póquer? ¿Salisteis? ¿Te has olvidado de la hora?
Continuaba callado, con una especie de insistencia, haciendo girar el vaso entre sus dedos. Lancé al azar palabras absurdas para hacerlo salir de sus casillas
y arrancarle una explicación:
—¿Qué sucede? ¿Hay una mujer en tu vida?
Sin dejar de mirarme, dijo:
—Sí, Monique, hay una mujer en mi vida.
(Todo era azul encima nuestro y bajo nuestros pies; a través del estrecho se percibía la costa africana. Él me abrazaba. «Si me engañaras, me mataría.»
«Si tú me engañaras, no tendría necesidad de matarme. Moriría de pena.» Hace quince años. ¿Ya? ¿Qué son quince años? Dos y dos suman cuatro. Te amo, no
amo a nadie sino a ti. La verdad es indestructible, el tiempo no la modifica en nada.)
—¿Quién es?
—Noëllie Guérard.
—¡Noëllie! ¿Por qué?
Alzó los hombros. Evidentemente. Yo sabía la respuesta: bonita, brillante, seductora. El tipo de aventura sin consecuencias y que halaga a un hombre. ¿Necesitaba
ser halagado?
Me sonrió:
—Estoy contento de que me hayas preguntado. Detestaba mentirte..
—¿Desde cuándo me mientes?
Apenas vaciló:
—Te mentí en Mougins. Y desde mi regreso.
Desde hacía cinco semanas. ¿En Mougins pensaba en ella?
—¿Te has acostado con ella cuando te has quedado solo en París?
—Sí.
—¿La ves frecuentemente?
—¡Oh, no! Sabes bien que trabajo…
Pedí algunas precisiones. Dos veladas y una tarde desde su regreso, me parece que eso es frecuentemente.
—¿Por qué no me avisaste enseguida?
Me miró tímidamente y me dijo, con pesar en la voz:
—Decías que morirías de pena…
—Son cosas que se dicen.
De pronto tuve ganas de llorar: no me moriría por eso, era lo más triste. A través de brumas azules mirábamos África, a lo lejos, y las palabras que pronunciábamos
no eran nada más que palabras. El estupor me vaciaba la cabeza. Necesitaba un plazo para comprender lo que me sucedía. «Vamos a dormir», dije.
La cólera me despertó temprano. Qué aspecto inocente tenía, los cabellos enmarañados encima de la frente rejuvenecida por el sueño. (En agosto, durante
mi ausencia, ella se despertó a su lado: ¡no logro creerlo! ¿Por qué acompañé a Colette a la montaña?) ¡Durante cinco semanas me has mentido! «Esta noche
hemos dado un gran paso adelante.» Y volvía de casa de Noëllie. Tuve ganas de sacudirlo, de insultarlo, de gritar. Me dominé. Dejé una nota sobre la almohada:
«Hasta esta noche», segura de que mi ausencia lo enternecería más que cualquier reproche; uno no puede responder con nada a la ausencia. Caminé al azar
por las calles, obsesionada por estas palabras: «Me ha mentido». Se me atravesaban imágenes: la mirada, la sonrisa de Maurice para Noëllie. Las ahuyentaba.
No la mira como me mira. No quería sufrir, no sufría, pero el rencor me sofocaba: «¡Me ha mentido!». Yo decía: «Me moriría de pena»; sí, pero él me lo
hacía decir. Había puesto más ardor que yo en concluir nuestro pacto; nada de compromiso, nada de licencia, íbamos en coche por el camino de Saint-Bertrand-de-Comminges
y él me abrazaba: «¿Te colmaré siempre?». Se irritó porque yo no contestaba con bastante ardor (¡pero qué reconciliación en el dormitorio de la vieja hostería
con el olor de las madreselvas que entraba por la ventana! Hace veinte años; fue ayer). Él me colmó, no he vivido más que para él. ¡Y él, por un capricho,
ha traicionado nuestros juramentos! Me decía a mí misma: exigiré que rompa, enseguida… Fui a casa de Colette; todo el día me ocupé de ella, pero interiormente
hervía. Regresé a casa, agotada. «Voy a exigir que rompa.» ¿Pero qué significa la palabra «exigencia» después de toda una vida de amor y cordialidad? Nunca
he pedido para mí nada que no quisiera también para él.
Me tomó en sus brazos con aspecto algo extraviado. Había llamado por teléfono varias veces a casa de Colette y no había contestado nadie (para que no la
molestaran, yo había descolgado el teléfono). Estaba enloquecido de inquietud.
—¿No se te habrá ocurrido, así y todo, que iba a suicidarme?
—Se me ha ocurrido cualquier cosa.
Su ansiedad me llegó al corazón y le escuché sin hostilidad. Seguro, es culpa suya haberme mentido, pero es preciso que yo comprenda: uno ya no se atreve
a confesar, porque hay que confesar también que uno ha mentido. El obstáculo es aún más infranqueable para las personas que, como nosotros, dan tanta importancia
a la sinceridad. (Lo reconozco: con qué encarnizamiento yo hubiera mentido para disimular una mentira.) Nunca he hecho concesiones a la mentira. Las primeras
mentiras de Lucienne y de Colette me dejaron fuera de combate. Me costó admitir que todos los niños mienten a su madre. ¡A mí no! No soy una madre a la
que se miente; no soy una mujer a la que se miente. Orgullo imbécil. Todas las mujeres se creen diferentes; todas piensan que ciertas cosas no pueden sucederles,
y todas ellas se equivocan.
Hoy he reflexionado mucho. (Es una suerte que Lucienne esté en Norteamérica. Hubiera tenido que hacerle una comedia. No me hubiera dejado en paz.) Y fui
a hablar con Isabelle. Me ayudó, como siempre. Tenía miedo de que me comprendiera mal, ya que ella y Charles han apostado a la carta de la libertad, y
no como Maurice y yo a la de la fidelidad. Pero eso no le ha impedido, me dijo, coger algunas rabietas contra su marido, ni sentirse a veces en peligro:
creyó, hace seis años, que él iba a dejarla. Me ha aconsejado tener paciencia. Siente mucha estima por Maurice. Le parece natural que haya querido tener
una aventura, excusable que al principio me lo haya ocultado; pero seguramente se cansará pronto del asunto. Lo que da atractivo a ese tipo de asuntos
es la novedad; el tiempo trabaja en contra de Noëllie; el prestigio que ella pueda tener a los ojos de Maurice se desvanecerá. Eso sí, si quiero que nuestro
amor salga indemne de esta prueba, no tengo que hacerme la víctima ni la energúmena. «Sé comprensiva, sé alegre. Antes que nada, sé amistosa», me dijo.
Es así como finalmente ella reconquistó a Charles. La paciencia no es mi virtud dominante. Pero, efectivamente, debo esforzarme. Y no sólo por táctica:
por moral. He tenido exactamente la vida que deseaba: tengo que merecer ese privilegio. Si flaqueo ante el primer tropiezo, todo lo que pienso acerca de
mí misma no es sino ilusión. Soy intransigente, me parezco a papá, y Maurice me estima por eso; pero con todo quiero comprender a los demás y saber adaptarme.
Que un hombre tenga una aventura después de veintidós años de matrimonio, Isabelle tiene razón, es normal. Yo sería la anormal (infantil, en suma) no admitiéndolo.
Al dejar a Isabelle casi no tenía ganas de ir a ver a Marguerite; pero me había escrito una nota conmovedora, no quise decepcionarla. Tristeza de ese locutorio,
de esos rostros de adolescentes oprimidos. Me mostró unos dibujos, nada feos. Querría hacer decoración; o al menos ser escaparatista.. De todos modos,
trabajar. Le he repetido las promesas del juez. Le dije qué diligencias había hecho para obtener la autorización para salir el domingo con ella. Tiene
confianza en mí, me tiene cariño, tendrá paciencia: pero no indefinidamente.
Esta noche salgo con Maurice. Consejos de Isabelle y del correo del corazón: para recuperar a su marido, sea hermosa, elegante, salgan solos los dos. No
tengo que recuperarlo: no lo he perdido. Pero tengo todavía muchas preguntas que hacerle y la conversación será más sosegada si cenamos fuera. Por encima
de todo, no quiero que parezca una intimidación. Un detalle idiota me inquieta: ¿por qué tenía un vaso de whisky en la mano? Yo llamé: ¡Maurice! Despierta
a las tres de la mañana, él adivinó que iba a interrogarle. Por lo común, no cierra tan ruidosamente la puerta de entrada.
Martes 28 de septiembre
He bebido demasiado; pero Maurice se reía y me dijo que estaba encantadora. Es curioso; ha sido preciso que me haya engañado para que resucitemos las noches
de nuestra juventud. Nada peor que la rutina: los choques despiertan. Saint-Germain-des-Prés ha cambiado desde 1946: el público es diferente. «Y es otra
época», dijo Maurice con algo de tristeza. Pero yo no había puesto los pies en una discoteca desde hace cerca de quince años, y todo me encantó. Hemos
bailado. En un momento dado me dijo, apretándome muy fuertemente: «Nada ha cambiado entre nosotros dos». Y hemos charlado, sin ton ni son: pero yo estaba
medio mareada, algo se me había olvidado. A grandes rasgos, es lo que yo suponía; Noëllie es una abogada brillante y devorada por la ambición; es una mujer
sola (divorciada, con una hija) de costumbres muy libres, mundana, muy a la moda: justo lo contrario de mí. Maurice tuvo ganas de saber si podía gustar
a ese tipo de mujer. «Si yo quisiera…»: me planteaba esa pregunta cuando flirteaba con Quillan; el único ligue de mi vida, y enseguida lo terminé. En Maurice,
como en la mayoría de los hombres, dormitaba un adolescente nada seguro de sí mismo. Noëllie lo tranquilizó. Y es también evidentemente una cuestión epidérmica:
ella es apetecible.
Miércoles 29 de septiembre
Era la primera vez que Maurice, que yo supiera, pasaba la velada con Noëllie. Fui con Isabelle a ver un viejo film de Bergman y comimos una fondue en Hochepot.
Con ella siempre me gusta estar. Ha conservado el ardor de nuestra adolescencia, cuando cada film, cada libro, cada cuadro era tan importante; ahora que
mis hijas se han ido, la acompañaré más a menudo a exposiciones, a conciertos. Ella también dejó los estudios al casarse, pero ha conservado una vida intelectual
más intensa que la mía. Hay que decir que ha tenido solamente un hijo que educar, y no dos hijas. Y además no está llena de «protegidos», como yo; con
un marido ingeniero, tiene pocas ocasiones de encontrar alguno. Le dije que había adoptado fácilmente la táctica de la sonrisa, ya que estoy convencida
de que efectivamente esta historia no cuenta tanto para Maurice. «Nada ha cambiado entre nosotros dos», me dijo anteayer.
De hecho, más me atormenté hace diez años: si tenía ambiciones nuevas, si su trabajo en Simca (rutinario, mal pagado pero que le dejaba tiempo libre y
que él cumplía con tanta dedicación) no le bastaba era porque en casa se aburría, porque sus sentimientos hacia mí habían flaqueado. (El futuro me probó
lo contrario. Únicamente lamento no participar para nada en lo que hace. Me hablaba de sus enfermos, me señalaba los casos interesantes, yo trataba de
ayudarlos. Ahora estoy excluida de sus investigaciones y sus clientes del policlínico no necesitan de mí.) Isabelle me fue útil también en aquel momento.
Me convenció de respetar la libertad de Maurice. Era renunciar al viejo ideal que mi padre había encarnado y que sigue vivo en mí. Era más duro que cerrar
los ojos ante una cana al aire.
Pregunté a Isabelle si era feliz.
—No me planteo la pregunta, así que supongo que la respuesta es sí.
En cualquier caso, se despierta contenta. ¡Me parece una buena definición de la felicidad! También yo, todas las mañanas, cuando abro los ojos sonrío.
Esta mañana también. Antes de acostarme había tomado un poco de Nembutal y me dormí enseguida. Maurice me dijo que había regresado hacia la una. No le
hice ninguna pregunta.
Lo que me ayuda es que no estoy físicamente celosa. Mi cuerpo ya no tiene treinta años, el de Maurice tampoco. Se encuentran con placer —raramente, a decir
verdad— pero sin fiebre. ¡Oh!, no me engaño. Noëllie tiene el atractivo de la novedad; en su cama Maurice rejuvenece. Esta idea me deja indiferente. Desconfiaría
de una mujer que diera algo a Maurice. Pero mis encuentros con Noëllie y lo que he oído decir de ella me han informado lo suficiente. Encarna todo lo que
nos disgusta: la avidez por llegar, el esnobismo, el gusto por el dinero, la pasión de aparentar. No tiene ninguna idea personal, carece radicalmente de
sensibilidad: sigue la moda. Hay tanto impudor y exhibicionismo en sus coqueterías que hasta me pregunto si no es frígida.
Jueves 30 de septiembre
Colette tenía 36,9° esta mañana, se levanta. Maurice dice que es una enfermedad que en este momento es común en París: fiebre, adelgazamiento, y después
se pasa. No sé por qué, al verla ir y venir por ese apartamentito, he comprendido un poco el pesar de Maurice. No es menos inteligente que su hermana;
la química le interesaba, sus estudios iban bien, es una lástima que los haya dejado. ¿Qué va a hacer todos los días? Debería aprobarla; ha escogido la
misma vía que yo: pero yo tenía a Maurice. Ella tiene a Jean-Pierre, evidentemente. Un hombre al que no se ama es difícil imaginar que basta para colmar
una vida.
Larga carta de Lucienne, apasionada por sus estudios y por Norteamérica.
Buscar una mesa para el salón. Ir a ver a la viejecita paralítica de Bagnolet.
¿Por qué continuar este diario puesto que no tengo nada que anotar en él? Lo empecé porque mi soledad me desconcertaba; lo he continuado por malestar,
porque la actitud de Maurice me confundía. Pero ese malestar se ha disipado ahora que veo las cosas con claridad, y creo que voy a dejar esta libreta.
Viernes 1 de octubre
Por vez primera he reaccionado mal. A la hora del desayuno. Maurice me dijo que de ahora en adelante, cuando salga por la noche con Noëllie, se quedará
toda la noche en su casa. «Es más decente tanto para ella como para mí», asegura él.
—Ya que aceptas que tenga este lío, déjamelo vivir correctamente.
Teniendo en cuenta la cantidad de tardes que pasa en el laboratorio, la cantidad de almuerzos que se salta, dedica a Noëllie casi tanto tiempo como a mí.
He protestado. Me ha aturdido con cálculos. Si hacemos la cuenta en horas, de acuerdo, está más tiempo conmigo. Pero durante muchas de esas horas trabaja,
lee revistas; o bien estamos con amigos. Cuando está cerca de Noëllie, se dedica solamente a ella.
He terminado por ceder. Puesto que he adoptado una actitud comprensiva, conciliadora, debo atenerme a ella. No hacerle frente. Si le arruino su aventura,
la embellecerá a distancia, tendrá nostalgia. Si le permito vivirla «correctamente» se cansará pronto. Es lo que Isabelle me ha asegurado. Me repito: «Paciencia».
Con todo, tengo que reconocer que a la edad de Maurice una historia epidérmica es algo que cuenta. En Mougins, evidentemente, pensaba en Noëllie. Comprendo
esa ansiedad en su mirada, en el aeropuerto de Niza: se preguntaba si yo sospechaba algo. ¿O sentía vergüenza por haberme mentido? ¿Era vergüenza o ansiedad?
Recuerdo su rostro pero lo descifro con dificultad.
Sábado 2 de octubre. Por la mañana
Están en pijama, beben café, sonríen… Esta visión me lastima. Cuando uno se golpea contra una piedra, al principio siente el golpe; el sufrimiento viene
después: con una semana de retraso, empiezo a sufrir. Antes, estaba más bien estupefacta. Razonaba, alejaba ese dolor que esta mañana me asalta: las imágenes.
Doy vueltas por el apartamento: a cada paso invoco otra imagen. He abierto su armario. He mirado sus pijamas, sus camisas, sus calzoncillos, sus camisetas;
y me he echado a llorar. Que otra pueda acariciar su mejilla contra la suavidad de esa seda, la ternura de ese pulóver, no lo soporto.
No he tenido cuidado. Pensé que Maurice se estaba volviendo un hombre mayor, que trabajaba en exceso, que yo tenía que adaptarme a su tibieza. Empezó a
considerarme algo así como una hermana. Noëllie ha despertado sus deseos. Que tenga o no temperamento, con seguridad que sabe cómo comportarse en una cama.
Él ha vuelto a encontrar la orgullosa alegría de colmar a una mujer. Acostarse no es solamente acostarse. Entre ellos hay esa intimidad que no pertenecía
sino a mí. Al despertar, ¿la cobijará en su hombro llamándola mi gacela, mi pájaro del bosque? ¿O le ha inventado otros nombres que le dice con la misma
voz? ¿Se afeita, le sonríe, los ojos más oscuros y más brillantes, la boca más desnuda bajo la máscara de espuma blanca? Aparecía en el marco de la puerta
teniendo en los brazos, envuelto en celofán, un gran ramo de rosas rojas: ¿le llevará flores?
Me están serrando el corazón con un serrucho de dientes muy agudos.
Sábado por la noche
La llegada de la señora Dormoy me arrancó de mis obsesiones. Estuvimos charlando y le di para su hija las cosas que Lucienne dejó. Después de haber tenido
una criada medio ciega, una mitómana que me abrumaba con el relato de sus desgracias, una retrasada que me robaba, aprecio a esta mujer honesta y equilibrada:
la única que no he contratado para hacerle un favor.
He ido a hacer las compras. Casi siempre callejeo largo rato por esa calle llena de olores, de ruidos y de sonrisas. Trato de inventarme deseos tan variados
como las frutas, las verduras, los quesos, los patés, los pescados desde sus canastos. En la floristería compro el otoño por brazadas. Hoy mis gestos eran
mecánicos. He llenado apresuradamente mi bolsa. Sentimiento que no había experimentado nunca: la alegría de los demás me pesaba..
Durante el almuerzo, dije a Maurice:
—En suma, no hemos hablado. No sé nada sobre Noëllie..
—Cómo no, te he dicho lo esencial.
Es cierto que me habló de ella en el Club 46: lamento haberlo escuchado tan mal.
—Aun así, no comprendo qué le encuentras de especial: hay muchas mujeres tan bonitas como ella.
Reflexionó:
—Tiene una cualidad que te gustaría; una manera de darse a fondo en lo que está haciendo.
—Es ambiciosa, ya sé.
—Es otra cosa que ambición.
Se detuvo, molesto sin duda por hacer en mi presencia el elogio de Noëllie. Hay que decir que yo no debía de tener un aspecto muy animado.
Martes 5 de octubre
Ahora que no está ya enferma, paso un poco demasiado tiempo en casa de Colette. A pesar de su gran gentileza, advierto que mi solicitud arriesga importunarla.
Cuando uno ha vivido tanto para los demás, es un poco difícil reconvertirse, vivir para sí mismo. No caer en las trampas de la devoción: sé muy bien que
las palabras dar y recibir son intercambiables y cuánta necesidad tenía yo de la necesidad que mis hijas tuvieron de mí. En ese punto nunca he engañado.
«Eres maravillosa —me decía Maurice (me lo decía tan frecuentemente, con un pretexto u otro)—, porque al dar gusto a los otros te das gusto a ti.» Yo me
reía: «Sí, es una forma de egoísmo». Esa ternura en sus ojos: «La más deliciosa que existe».
Miércoles 6 de octubre
Ayer me entregaron la mesa que encontré él domingo en «el mercado de las pulgas»; una verdadera mesa de granja de madera rugosa, algo remendada, pesada
y ancha. Este salón es mucho más bonito aún que nuestro dormitorio. A pesar de mi tristeza, ayer por la noche (cine, Nembutal, es un régimen del cual pronto
me cansaré) me regocijaba del placer que él tendría esta mañana. Por cierto, me ha felicitado. ¿Y qué? Hace diez años, había arreglado esta habitación
durante su estancia en casa de su madre enferma. Me acuerdo de su rostro, su voz: «¡Qué agradable que será ser feliz aquí!». Encendió un gran fuego de
leña. Bajó a comprar champán; y también me trajo rosas rojas. Esta mañana miraba, aprobaba con un aspecto —¿cómo decirlo?— de buena voluntad..
Entonces ¿ha cambiado de veras? En un sentido, su confesión me había tranquilizado: tiene un lío, todo se explica. ¿Pero tendría un lío si hubiera seguido
siendo el mismo? Ya lo había presentido, y ésa fue una de las oscuras razones de mi resistencia: no se modifica la vida sin modificarse uno mismo.. Dinero,
un medio brillante: se hastió. Cuando andábamos a salto de mata, mi ingeniosidad lo admiraba: «¡Eres maravillosa!». Una simple flor, una hermosa fruta,
un pulóver que le había tejido: eran grandes tesoros. Este salón, que arreglé con tanto amor, ¿y eso?, no tiene nada de extraordinario comparado con el
apartamento de los Talbot. ¿Y el de Noëllie? ¿Cómo es? Seguramente más lujoso que el nuestro.
Jueves 7 de octubre
En el fondo, ¿qué he ganado con que me haya dicho la verdad? Ahora pasa las noches con ella: les conviene. Me pregunto… Pero es demasiado evidente. Esa
puerta ruidosamente cerrada, ese vaso de whisky: todo era premeditado. Él provocó mis preguntas. Y yo, pobre idiota, creí que me hablaba por lealtad…
… ¡Dios mío!, qué dolorosa es la cólera. He creído que no lograría dominarla antes de su vuelta. De hecho, no tengo ningún motivo para ponerme en semejante
estado. Él no sabía cómo hacerlo, fue astuto con sus dificultades: eso no es un crimen.
Así y todo yo querría saber si habló por mí o por su propia comodidad.
Sábado 9 de octubre
Estaba contenta de mí misma, esta noche, porque había pasado dos días serenos. He tenido que escribir otra carta a la asistencia social indicada por el
juez Barron. He encendido un delicioso fuego de leña y he empezado a tejerme un vestido. Hacia las diez y media sonó el teléfono. Talbot preguntaba por
Maurice. Dije:
—Está en el laboratorio. Creía que usted también estaba allí…
—… Es decir… tenía que ir, pero estoy con gripe. Pensaba que Lacombe ya estaría de vuelta, voy a llamarle al laboratorio, discúlpeme por haberla molestado.
Las últimas frases muy rápidamente, con tono animado. Yo no oía sino ese silencio: «… Es decir». Y todavía otro silencio después. Me he quedado inmóvil,
la mirada clavada en el teléfono. He repetido diez veces las dos réplicas, como un viejo disco cansado: «Que usted también estaba allí», «… Es decir…».
E implacablemente, cada vez, ese silencio.
Domingo 10 de octubre
Ha regresado un poco antes de medianoche. Le dije:
—Talbot llamó por teléfono. Yo creía que estaba contigo en el laboratorio.
Respondió sin mirarme.
—No estaba.
Dije:
—Y tú tampoco.
Hubo un breve silencio.
—Así es. Estaba en casa de Noëllie. Me había suplicado que pasara a verla.
—¡Pasar! Te has quedado tres horas. ¿Te sucede frecuentemente, eso de ir a su casa cuando me dices que tienes que trabajar?
—¡Cómo! Pero si es la primera vez —me dijo con tono tan indignado como si nunca me hubiera mentido.
—Entonces es una vez que sobra. ¿Y para qué haberme dicho la verdad si sigues mintiendo?
—Tienes razón. Pero no me atreví…
Esa frase me hizo dar un salto: tantas cóleras reprimidas, semejante esfuerzo para guardar las apariencias de la serenidad.
—¡No te atreviste! ¡Como si yo fuera un energúmeno! ¡Muéstrame alguna mujer tan tolerante como yo!
Su voz se volvió desagradable.
—No me atreví porque el otro día empezaste a echar cuentas: tantas horas para Noëllie, tantas horas para ti…
—¡Es el colmo! ¡Fuiste tú quien me aturdió con cálculos!
Vaciló un segundo y dijo con aspecto arrepentido.
—¡Bueno!, me declaro culpable. No mentiré nunca más.
Le pregunté por qué Noëllie insistía tanto en verlo.
—La situación no es divertida para ella —me contestó.
De nuevo me ganó la cólera:
—¡Es el colmo! ¡Sabía que yo existía cuando se acostó contigo!
—No lo olvida: es justamente eso lo que le es penoso.
—¿La incomodo? ¿Te querría todo para ella?
—Me quiere…
¡Noëllie Guérard, esa pequeña arribista glacial, haciéndose la enamorada, era demasiado!
—¡Puedo desaparecer, si os va mejor! —le dije.
Puso la mano sobre mi brazo:
—¡Te ruego, Monique, no tomes las cosas así!
Tenía aspecto desdichado y fatigado pero yo —yo, que enloquezco por un suspiro suyo— no estaba de humor para compadecerlo. Dije secamente:
—¿Y cómo quieres que las tome?
—Sin hostilidad. Está bien, es mi culpa haber comenzado este lío. Pero ahora que está hecho es preciso que trate de arreglármelas sin hacer demasiado daño
a nadie.
—No te pido piedad.
—¡No se trata de piedad! Muy egoístamente, causarte pena me destroza. Pero comprende que también tengo que tener en cuenta a Noëllie.
Me puse de pie, sentía que ya no me controlaba.
—Vamos a acostarnos.
Y esta noche me digo que Maurice está quizá contando esa conversación a Noëllie. ¿Cómo no se me había ocurrido aún? Hablan de ellos, por lo tanto de mí.
Entre ellos hay connivencia, como entre Maurice y yo. Noëllie no es únicamente un engorro en nuestra vida: en el idilio de ellos yo soy un problema, un
obstáculo. Para ella no se trata de algo pasajero; pretende una relación seria con Maurice, y es hábil. Mi primer impulso era el acertado; hubiera debido
ponerle fin inmediatamente, decir a Maurice: o ella o yo. Me hubiera guardado rencor durante un tiempo, pero enseguida me lo hubiera agradecido, sin duda..
No fui capaz de hacerlo. Mis deseos, mis voluntades, mis intereses nunca se han diferenciado de los suyos. Las escasas veces en que me he opuesto a él,
era en su nombre, para su bien. Ahora sería preciso alzarme directamente en su contra. No tengo fuerzas para empezar ese combate. Pero no estoy segura
de que mi paciencia no sea una torpeza. Lo más amargo es que Maurice casi no parece agradecérmelo. Pienso que con una bonita falta de lógica masculina
me guarda rencor por los remordimientos que siente a mi respecto. ¿Sería preciso ser aún más comprensiva, más indiferente, más sonriente? ¡Ah!, ya no sé
nada. Nunca he vacilado tanto sobre una conducta a seguir. ¡Sí!, respecto a Lucienne. Pero entonces le pedía consejo a Maurice. Lo más desconcertante es
mi soledad frente a él.
Jueves 14 de octubre
Me están manipulando. ¿Quién dirige la maniobra? ¿Maurice, Noëllie, los dos juntos? No sé cómo hacerla fracasar, si fingiendo ceder a ella o resistiéndola.
¿Y adónde me llevan?
Ayer, al regresar del cine, Maurice me dijo, con tono precavido, que tenía que pedirme un favor: quiere partir de viaje de fin de semana con Noëllie. En
compensación, se las arreglará para no trabajar todas estas noches, tendremos mucho tiempo para nosotros. Tuve un sobresalto de rebeldía. Su rostro se
endureció: «No hablemos más». Volvió a mostrarse amable, pero yo estaba trastornada por haberle negado algo. Él me juzgaba mezquina o al menos hostil.
No dudaría en mentirme la semana siguiente: entre nosotros se consumaría la separación… «Trata de vivir esta historia con él», me dice Isabelle.
Antes de ir a dormir, le dije, que pensándolo bien, lamentaba mi reacción: le dejaba libre. No pareció alegre, al contrario, me pareció ver desolación
en sus ojos:
—Bien sé que te pido mucho; te pido demasiado. No creas que no tengo remordimientos.
—¡Oh, los remordimientos! ¿Para qué sirven?
—Para nada, por supuesto. Te lo digo, nada más. A lo mejor es más limpio no tenerlos.
Me quedé despierta largo rato; él también, me pareció. ¿En qué pensaba? En lo que a mí respecta, me preguntaba si había tenido razón al ceder. ¿De concesión
en concesión, hasta dónde iré? Y por el momento no saco ningún beneficio. Es demasiado pronto, evidentemente. Antes que esa relación se estanque, hay que
dejarla madurar. Me lo repito. Y tan pronto me creo prudente, tan pronto me acuso de cobardía. En realidad estoy desarmada porque nunca he imaginado que
tendría derechos. Espero mucho de las personas que amo —demasiado, quizá—. Espero y hasta pido. Pero no sé exigir.
Viernes 15 de octubre
Hace mucho tiempo que no había visto a Maurice tan alegre, tan tierno. Encontró dos horas esta tarde para acompañarme a la exposición de arte hitita. Sin
duda, espera conciliar nuestra vida y su aventura: si no va a durar mucho, está bien.
Domingo 17 de octubre
Ayer se deslizó de la cama antes de las ocho de la mañana. Sentí el olor de su agua de colonia. Cerró muy suavemente la puerta del dormitorio y la del
apartamento. Desde la ventana le vi limpiar el coche con minuciosa alegría; me pareció que canturreaba.
Había un tierno cielo de verano, por encima de los últimos follajes de otoño. (La lluvia de oro de las hojas de acacia, a los costados de una carretera
rosa y gris, al volver de Nancy.) Subió al coche; puso en marcha el motor y yo miraba mi lugar a su lado; mi lugar en el que Noëllie iba a sentarse. Aceleró,
el coche desapareció y sentí que mi corazón se aflojaba. Marchaba muy rápido, desapareció de mi vista para siempre. No volverá nunca. No será él quien
vuelva.
He matado el tiempo lo mejor posible. Colette, Isabelle. He visto dos films: dos veces seguidas el de Bergman, a tal punto me conmovió. Esta noche he puesto
un disco de jazz, he encendido la chimenea, me he puesto a tejer mirando las llamas. En general la soledad no me aterra. Y en pequeñas dosis hasta me distiende:
las presencias que me son caras me fatigan d corazón. Me inquieto por un gesto, por un bostezo. Y para no ser inoportuna —o ridícula— debo callar mis aprensiones,
reprimir mis impulsos. Pensar en ellos, de lejos, constituye una tregua que descansa. El año pasado, cuando Maurice estuvo en un coloquio en Ginebra, los
días me parecían cortos: este fin de semana no termina nunca. He abandonado el punto porque no me protegía: ¿qué hacen, dónde están, qué se dicen, cómo
se miran? Había creído que sabría preservarme de los celos: pero no. He hurgado en sus bolsillos y en sus papeles, sin encontrar nada, por supuesto. Seguramente
ella le habrá escrito cuando él estaba en Mougins: iba a buscar las cartas a la oficina de correos ocultándose de mí. Y las ha guardado en algún lado en
la clínica. Si quisiera leerlas, ¿me las mostraría?
Pedirle… ¿a quién? ¿A ese hombre que se pasea con Noëllie, de quien no puedo siquiera imaginar (de quien no quiero imaginar) el rostro ni las palabras?
¿A ese que amo y que me ama? ¿Es el mismo? Ya no lo sé. Y no sé si me hago una montaña de un montículo o si tomo una montaña por un montículo.
… He buscado un refugio en nuestro pasado. Instalé delante del fuego las cajas llenas de fotos. Encontré ésa de Maurice con su brazalete: qué unidos estábamos
ese día cuando cerca del muelle Grand-Augustins cuidábamos a los soldados heridos. Por el camino del cabo Corse, aquí está el viejo coche jadeante que
su madre nos había regalado. Me acuerdo de esa noche, cerca de Corse, cuando tuvimos una avería. Nos quedamos inmóviles intimidados por la soledad y el
silencio. Dije: «Habría que tratar de repararlo». «Primero bésame», me dijo Maurice. Nos besamos fuertemente, largamente, y nos parecía que ni el frío
ni la fatiga, que nada en el mundo podía alcanzarnos.
Es curioso. ¿Eso significa algo? Todas las imágenes que regresan a mi corazón tienen más de diez años: la cima de Europa, la liberación de París, el regreso
de Nancy, nuestra inauguración de la casa, esa avería por la carretera de Corse. Puedo evocar otras: nuestros últimos veranos en Mougins, Venecia, cuando
cumplí cuarenta años. Ninguna me conmueve del mismo modo. A lo mejor los recuerdos más lejanos parecen siempre los más hermosos.
Estoy cansada de plantearme preguntas, de ignorar las respuestas. Pierdo pie. Ya no reconozco el apartamento. Los objetos tienen aspecto de imitaciones
de sí mismos. La pesada mesa del salón: está vacía. Como si hubieran proyectado a la casa y a mí en una cuarta dimensión. No me sorprendería si al salir
me encontrara en una selva prehistórica o en una ciudad del año 3000..
Martes 19 de octubre
Tensión entre nosotros. ¿Por mi culpa o la de él? Lo recibí con mucha naturalidad; me contó su fin de semana. Estuvieron en Sologne; parece que a Noëllie
le gusta Sologne. (¿Tendría gustos y todo?) Tuve un sobresalto cuando me dijo que habían comido y pasado la noche en el albergue de Forneville:
—¿En ese lugar tan esnob y tan caro?
—Es muy bonito —me dijo Maurice.
—Isabelle me dijo que era pintoresco al uso norteamericano: lleno de plantas verdes, de pájaros y de falsas antigüedades.
—Hay plantas verdes, pájaros y antigüedades verdaderas o falsas. Pero es muy bonito.
No insistí. Había captado el endurecimiento de su voz. En general, lo que le gusta a Maurice es descubrir una tasca sin mucha apariencia exterior donde
se coma bien, un hotel poco frecuentado en un hermoso rincón perdido. Bueno, admito que una vez, al pasar, haga una concesión a Noëllie: pero no tiene
necesidad de pretender apreciar las vulgaridades que a ella le encantan. A menos que no esté ganando influencia sobre él. Vio el último film de Bergman
con ella en el mes de agosto, en función privada (Noëllie solamente va a funciones privadas o de gran gala), y no le pareció bueno. Ha debido demostrarle
que Bergman estaba pasado de moda, ella no tiene otro criterio. Lo deslumbra porque pretende estar al corriente de todo. Vuelvo a verla en esa cena en
casa de Diana el año pasado. Dio un curso sobre los happenings. Y después habló largamente del proceso Rampal, que acababa de ganar. Un número verdaderamente
ridículo. Luce Couturier parecía molesta y Diana me había hecho un guiño de connivencia. Pero los hombres escuchaban, boquiabiertos: Maurice entre otros.
Sin embargo, no va con él eso de dejarse atrapar por esa clase de baladronadas.
No debería atacar a Noëllie, pero por momentos es más fuerte que yo. Acerca de Bergman no discutí. Pero por la noche, a la hora de cenar, inicié una querella
estúpida porque Maurice me sostuvo que muy bien se podía tomar vino tinto con el pescado. Reacción típica de Noëllie: saber tan perfectamente lo que se
debe hacer que uno no lo hace. Entonces defendí la regla que asocia pescado y vino blanco. La discusión subió de tono. ¡Qué lastimoso! De todas maneras
no me gusta el pescado.
Miércoles 20 de octubre
La noche que Maurice me habló, creí que tendría que superar una situación desagradable pero nítida. E ignoro dónde estoy, contra qué tengo que luchar,
si cabe luchar y por qué. En casos análogos, ¿las demás mujeres están tan desamparadas? Isabelle me repite que el tiempo trabaja a mi favor. Quisiera creerla.
A Diana, desde el momento en que su marido se ocupa amablemente de ella y de sus hijos, le es indiferente que la engañen o no. Sería incapaz de darme un
consejo. Así y todo, le he hablado por teléfono, porque quería informaciones sobre Noëllie: ella la conoce y no la estima (Noëllie hizo insinuaciones a
Lemercier, quien las rechazó: no le gusta que se le echen a los brazos). Le he preguntado desde cuándo sabía lo concerniente a Maurice. Fingió estar sorprendida
y pretendió que Noëllie no le había hablado de nada; ellas no son en absoluto amigas íntimas. Me contó que Noëllie a los veinte años había hecho una boda
ventajosa, su marido se divorció (sin duda, porque estaba harto de ser engañado), pero ella obtuvo una considerable pensión alimenticia; le saca magníficos
regalos, se entiende muy bien con la nueva mujer y frecuentemente pasa largas temporadas en su chalet de La Napoule. Se ha acostado con un montón de tipos
(en general útiles para su carrera) y ahora debe de tener ganas de una unión sólida. Pero dejará plantado a Maurice si logra atrapar a un hombre más rico
y más conocido que él (yo preferiría que él tomara la iniciativa). Su hija tiene catorce años y está educada de la manera más esnob: equitación, yoga,
vestidos de Virginie. Está en la escuela alsaciana con la segunda hija de Diana y se da unos aires increíbles. Al mismo tiempo, se queja de que su madre
la descuida. Diana dice que Noëllie pide a sus clientes honorarios exorbitantes, que cuida de manera formidable su publicidad y que está dispuesta a todo
para tener éxito. Hemos hablado de sus aspavientos del año pasado. Estúpidamente, ese degüello me aliviaba. Se parecía a un embrujo mágico: allí donde
uno planta las agujas, la rival será mutilada, desfigurada, y el amante verá sus heridas repelentes. Me parecía imposible que nuestro retrato de Noëllie
no se impusiera ante Maurice como una evidencia (hay una cosa que voy a decirle: no fue ella la que habló en la defensa de Rampal).
Jueves 21 de octubre
Enseguida Maurice se puso a la defensiva:
—¡Ya estoy escuchando a Diana! ¡Detesta a Noëllie!
—Es cierto —dije—. Pero si Noëllie lo sabe, ¿por qué la frecuenta?
—¿Y por qué Diana ve a Noëllie? Son relaciones sociales. ¿Entonces? —me preguntó algo desafiante—. ¿Qué es lo que contó Diana?
—Vas a decir que es malevolencia.
—Seguramente: las mujeres que no hacen nada no soportan ni el olor de las que trabajan.
(«Las mujeres que no hacen nada»: se me ha quedado grabado en el corazón. No es una expresión de Maurice.)
—Y a las mujeres casadas no les gusta que se echen al cuello de sus maridos.
—¡Ah! ¿Ésa es la versión de Diana? —me dijo Maurice divertido.
—Noëllie pretende lo contrario, evidentemente. A cada uno su verdad…
Miré a Maurice.
—Y en tu caso, ¿quién se echó al cuello del otro?
—Ya te conté cómo ocurrió.
Sí, en el Club 46 me contó, pero no era muy claro. Noëllie le llevó a su hija que tenía anemia, él le propuso salir juntos por la noche, ella aceptó y
se encontraron en la cama. ¡Oh!, me da lo mismo. Seguí:
—Si quieres saberlo, Diana piensa que Noëllie es interesada, ambiciosa y esnob.
—¿Y tú crees que es así?
—En todo caso es mentirosa.
Hablé del asunto Rampal, a quien pretende haber defendido, cuando ella era sólo la pasante de Brévant.
—Pero nunca dijo lo contrario. Considera que es su proceso en la medida en que trabajó mucho en el asunto, es todo.
O mentía o había trapicheado sus recuerdos. Estoy segura casi de que ella había hablado de su defensa.
—De todos modos, ella se atribuía todo el éxito del asunto.
—Escucha —dijo alegremente—, si tiene todos los defectos que le atribuyes, ¿cómo te explicas que pueda pasar cinco minutos con ella?
—No me lo explico.
—No voy a hacerte su apología. Pero te aseguro que es una mujer estimable.
En todo lo que yo diga contra Noëllie, Maurice verá el efecto de mis celos. Más vale callarme. Pero me es muy antipática. Me recuerda a mi hermana: la
misma seguridad, la misma arrogancia, la misma elegancia falsamente descuidada. Parece que esa mezcla de coquetería y dureza gusta a los hombres. Cuando
yo tenía dieciséis años y ella dieciocho, Maryse me soplaba todos los pretendientes. Hasta tal punto que yo estaba crispada de miedo cuando le presenté
a Maurice. Tuve una pesadilla horrible en la cual él caía enamorado de ella. Él se indignó: «¡Es tan superficial, tan falsa! Falsos brillantes, oropeles.
Tú sí que eres una verdadera alhaja». Auténtica: era una palabra de moda en aquella época. Decía que yo era auténtica. En todo caso era a mí a quien amaba,
y ya no tuve más envidia de mi hermana, estuve contenta de ser quien era. ¿Pero entonces cómo puede estimar a Noëllie que es de la misma especie que Maryse?
Se me escapa por completo si le gusta estar con alguien que me disgusta tanto —y que si fuera fiel a nuestro código debería disgustarle—. Decididamente,
ha cambiado. Se deja embaucar por los falsos valores que despreciábamos. O, simplemente, se equivoca respecto de Noëllie. Quisiera que abriera los ojos
pronto. La paciencia empieza a faltarme.
«Las mujeres que no hacen nada no soportan ni el olor de las que trabajan.» La expresión me sorprendió y me hirió. A Maurice le parece bien que una mujer
tenga una profesión; sintió mucho que Colette eligiera el matrimonio y la vida de hogar, hasta me guardó un poco de rencor por no haberla hecho desistir.
Pero en fin, admite que para una mujer hay otras maneras de realizarse. Nunca pensó que no hiciera «nada»; al contrario, se sorprendía de que me ocupara
tan seriamente de los casos que él me señalaba sin por eso dejar de cuidar de la casa y seguir de cerca a nuestras hijas; y esto sin parecer nunca tensa
o agotada. Las otras mujeres le parecían siempre demasiado pasivas o demasiado agitadas. En lo que a mí respecta, yo llevaba una vida equilibrada; incluso
decía: armoniosa. «En ti todo es armonioso.» Me resulta insoportable que haga suyo el desdén de Noëllie por las mujeres que «no hacen nada».
Domingo 24 de octubre
Empiezo a ver claro el juego de Noëllie: trata de reducirme al papel de mujer casera amante y resignada que uno deja en casa. Me gusta quedarme con Maurice
cerca del fuego; pero encuentro irritante que sea siempre a ella a quien lleva a conciertos, al teatro. El viernes protesté cuando me dijo que había ido
con ella a la apertura de una exposición:
—¡Detestas las inauguraciones! —me contestó.
—Pero me gusta la pintura.
—Si hubiera sido buena, habría vuelto contigo.
Fácil de decir. Noëllie le presta libros; se hace la intelectual. Conozco menos que ella la literatura y la música modernas, de acuerdo. Pero en conjunto
no soy menos culta que ella ni menos inteligente. Maurice me escribió una vez que confiaba en mi juicio más que en ningún otro porque es, a la vez, «esclarecido
e ingenuo». Trato de expresar exactamente lo que pienso, lo que siento: él también; y nada nos parece más precioso que esa sinceridad. Es preciso que no
deje que Noëllie deslumbre a Maurice con sus fanfarronadas. He pedido a Isabelle que me ayude a volver a ponerme al día. A escondidas de Maurice, evidentemente;
si no, se burlará de mí.
Ella sigue exhortándome a la paciencia; me asegura que Maurice no ha desmerecido, que debo conservarle mi estima y mi amistad. Me ha hecho bien que me
diga eso de él; a fuerza de interrogarme a su respecto, de desconfiar, de censurarlo, he terminado por no reconocerlo. Es cierto que en los primeros años,
entre su consultorio en Simca y el apartamentito donde berreaban las niñas, su vida habría sido austera si no nos hubiéramos amado tanto. Así y todo, es
por mí, ha dicho ella, que renunció al internado; hubiera podido sentir la tentación de guardarme rencor. En eso estoy de acuerdo. La guerra lo había retrasado;
los estudios empezaban a hartarlo, quería llevar una vida de adulto. De mi embarazo fuimos responsables los dos, y bajo el gobierno de Pétain no era cuestión
de arriesgarse a un aborto. No, el rencor hubiera sido injusto. Nuestro matrimonio lo hizo tan feliz como a mí. Sin embargo, uno de sus méritos es haber
sabido mostrarse tan alegre, tan tierno, en condiciones ingratas y hasta difíciles. Hasta este lío yo nunca había tenido ni la sombra de un reproche que
dirigirle.
Esa conversación me ha dado valor: he pedido a Maurice que pasemos juntos el próximo fin de semana. Quería que volviera a encontrar conmigo una alegría,
una intimidad que ha olvidado un poco; y también que recordara nuestro pasado. Propuse volver a Nancy. Pareció perplejo y apesadumbrado como el tipo que
sabe que del otro lado habrá escenas. (Me gustaría que ella le demostrara que el reparto es imposible.) No dijo ni sí ni no: depende de sus enfermos.
Miércoles 27 de octubre
Decididamente, no podrá dejar París este fin de semana. Eso quiere decir que Noëllie se opone. Me rebelé. Por primera vez he llorado delante de él. Pareció
consternado: «¡Oh!, no llores. ¡Trataré de encontrar un sustituto!». Acabó prometiéndome que se las arreglaría: también tiene ganas de pasar el fin de
semana juntos. Será cierto o no. Pero lo que es cierto es que mis lágrimas lo han alterado.
He pasado una hora con Marguerite en el locutorio. Pierdo la paciencia.. ¡Qué largos deben de ser los días! La asistente es gentil, pero no puede dejarla
salir conmigo sin esa autorización que no llega. Sin duda, simplemente por negligencia, puesto que yo ofrezco todas las garantías de moralidad.
Jueves 28 de octubre
Entonces nos vamos sábado y domingo. «¡Me las arreglé!», me dijo triunfalmente. Estaba visiblemente orgulloso de haber hecho frente a Noëllie: demasiado
orgulloso. Eso significaba que la lucha fue ardua; por consiguiente, que ella es muy importante para él. Me pareció nervioso durante toda la velada. Tomó
dos vasos de whisky en lugar de uno y fumó cigarrillo tras cigarrillo. Mostraba un entusiasmo excesivo en establecer nuestro itinerario y mi reserva lo
decepcionó.
—¿No estás contenta?
—Claro que sí.
Lo estaba sólo a medias. ¿Noëllie ocupa tanto lugar en su vida como para que él deba pelearse con ella para salir un fin de semana? ¿Y yo misma he llegado
al punto de considerarla como una rival? No. Me niego a las recriminaciones, los cálculos, las perfidias, las victorias, las derrotas. Voy a prevenir a
Maurice: «No te disputaré a Noëllie».
Lunes 1 de noviembre
Era tan parecido al pasado: casi creía que el pasado iba a renacer de esa semejanza. Fuimos en coche a través de la niebla, después bajo un hermoso sol
frío. En Barle-Duc, en Saint-Mihiel, volvimos a ver con la misma emoción de antaño las obras de Ligier Richer; fui yo quien hizo que las conociera; después
viajamos bastante, vimos muchas cosas y el «Descarnado» nos sorprendió nuevamente. En Nancy, ante las verjas de la plaza Stanislas, sentí algo agudo en
el corazón: una felicidad dolorosa a fuerza de haberse vuelto insólita. En las viejas calles provincianas yo apretaba su brazo bajo el mío; o a veces él
lo pasaba sobre mis hombros.
Hablamos de todo, de nada y mucho de nuestras hijas. No logra comprender que Colette se haya casado con Jean-Pierre; química, biología, él había pensado
en una carrera brillante para ella y le hubiéramos dejado la más amplia libertad sentimental y sexual, ella lo sabía. ¿Por qué se encaprichó con ese muchacho
tan mediocre, al punto de sacrificar su porvenir?
—Está contenta así —dije.
—Me hubiera gustado que fuera de otro modo.
La partida de Lucienne, su preferida, lo entristece todavía más. Sin dejar de aprobar su modalidad independiente, él había querido que se quedara en París,
que estudiara medicina y fuera su colaboradora.
—Entonces no habría sido independiente.
—Pues sí. Habría tenido una vida propia al mismo tiempo que trabajaba conmigo.
Los padres nunca tienen exactamente las hijas que desean, porque se hacen de ellas una cierta idea a la cual ellas tendrían que plegarse. Las madres las
aceptan tal como son. Colette tenía, sobre todo, necesidad de seguridad y Lucienne de libertad; las comprendo a las dos. Cada una a su modo: Colette tan
sensible, tan humana; Lucienne tan enérgica, tan brillante; me parecen totalmente realizadas.
Fuimos al mismo hotelito de hace veinte años, y era —quizás en otro piso— la misma habitación. Yo me acosté primero y lo miraba ir y venir con su pijama
azul, los pies descalzos sobre la alfombra raída. No parecía ni alegre ni triste. Y la imagen me cegó, cien veces evocada, petrificada, pero no desgastada,
aún brillante de frescura: Maurice caminando descalzo sobre esa alfombra, con su pijama negro; se había alzado el cuello, las puntas encuadraban su rostro,
hablaba desordenadamente, con una excitación infantil. Comprendí que yo había ido allí con la esperanza de reencontrar a ese hombre loco de amor: desde
hace años y años no he vuelto a encontrarlo, aunque siempre acabe por superponerse ese recuerdo, como una muselina diáfana, a las visiones que tengo de
él. Esa noche, precisamente porque el marco era el mismo, al contacto con el hombre de carne y hueso que fumaba un cigarrillo, la vieja imagen se hizo
polvo. Entonces tuve una revelación fulminante: el tiempo pasa. Y me eché a llorar. Se sentó en la cama, me abrazó tiernamente:
—Querida mía, pequeña, no llores, ¿por qué lloras?
Acariciaba mi pelo. Me besaba fugazmente en la sien.
—No es nada, ya pasó —le dije—. Estoy bien.
Estaba bien, la habitación bañada en agradable penumbra, los labios, las manos de Maurice eran suaves; mi boca se posó sobre la suya, deslicé la mano bajo
la chaqueta del pijama. Y de pronto estaba de pie, me había rechazado con un sobresalto. Murmuré:
—¿Te doy tanto asco?
—¡Estás loca, querida!, pero estoy muerto de cansancio. Es el aire libre, la caminata. Necesito dormir.
Desaparecí bajo las sábanas. Se acostó. Apagó la luz. Me parecía estar en el fondo de una tumba, la sangre petrificada en mis venas, incapaz de moverme
o de llorar. No hemos hecho el amor desde Mougins; y con todo, si eso se llama hacer el amor… Me dormí hacia las cuatro de la madrugada. Cuando me desperté,
él volvía a la habitación, completamente vestido, eran cerca de las nueve. Le pregunté de dónde venía.
—He ido a dar una vuelta.
Pero fuera llovía y no tenía puesto el impermeable; no estaba mojado: había ido a llamar por teléfono a Noëllie. Ella exigió que la llamara; no tuvo siquiera
la generosidad de dejármelo todo para mí un mísero fin de semana. El día se arrastró. Cada uno se daba cuenta de que el otro hacía esfuerzos para ser amable
y estar contento. Nos pusimos de acuerdo en volver a París y terminar la velada en un cine.
¿Por qué me ha rechazado? Todavía me siguen por la calle, me rozan la rodilla en el cine; he engordado un poco: no mucho. Mis pechos se han estropeado
después del nacimiento de Lucienne; pero hace diez años Maurice los consideraba conmovedores. Y Quillan, hace dos años, reventaba de ganas de acostarse
conmigo. No. Si Maurice se sobresaltó fue porque tiene a Noëllie metida en la piel; no soportaría acostarse con otra. Si la tiene tan metida, hasta ese
punto, y al mismo tiempo se deja deslumbrar por ella, las cosas son mucho más graves de lo que imaginaba.
Miércoles 3 de noviembre
La gentileza de Maurice me es casi penosa: lamenta el incidente de Nancy. Pero ya nunca me besa en la boca. Me siento perfectamente miserable.
Viernes 5 de noviembre
Me comporté bien, ¡pero con qué esfuerzo! Por suerte, Maurice me había avisado. (Diga lo que diga, sigo pensando que él hubiera debido impedirle venir.)
Por poco me quedo en casa; él insistió, no salimos tan frecuentemente, no tenía por qué privarme de ese cóctel, no se explicarían mi ausencia. ¿O pensaba
que se la explicarían demasiado bien? Yo miraba a los Couturier, los Talbot, todos esos amigos que tan frecuentemente han venido a casa y me preguntaba
en qué medida estaban al corriente, si a veces Noëllie los recibía con Maurice. Talbot, Maurice no es íntimo de él; pero evidentemente desde la noche que
metió la pata por teléfono, adivinó que algo pasaba a mis espaldas. Couturier, Maurice no le oculta nada. Escucho su voz cómplice: «Se supone que estoy
en el laboratorio contigo». ¿Y los otros, sospechan algo? ¡Ah!, yo estaba tan orgullosa de nuestra pareja: una pareja modelo. Demostrábamos que un amor
puede durar sin aletargarse. ¡Cuántas veces salí en defensa de la fidelidad integral! ¡Hecha añicos la pareja ejemplar! Se queda en un marido que engaña
a su mujer, y una mujer abandonada a la que se miente. Y debo esta humillación a Noëllie. Me parece a duras penas creíble. Sí, es posible encontrarla seductora
pero, sin prejuicios, ¡qué fanfarrona! Su sonrisita de costado, la cabeza algo inclinada, ese modo de beber las palabras del interlocutor y de pronto,
la cabeza echada para atrás, la linda risa perlada. Una mujer con todas las de la ley y no obstante tan femenina. Con Maurice era exactamente como el año
pasado en casa de Diana: distante e íntima, y él tenía el mismo aspecto de admiración estúpida. Y como el año pasado, esa idiota de Luce Couturier me miraba
molesta. (¿Es que ya el año pasado Maurice se sentía atraído por Noëllie?, ¿ya entonces se notaba? Yo había advertido su aspecto maravillado, sí, pero
sin pensar que la cosa tuviera consecuencias.) Dije, con tono divertido:
—Opino que Noëllie Guérard es encantadora. Maurice tiene buen gusto. Abrió desmesuradamente los ojos.
—¡Ah!, ¿está usted al corriente?
—¡Por supuesto!
La he invitado a tomar una copa en casa la semana próxima. Querría saber quién está al tanto, quién no, desde cuándo. ¿Me tiene lástima, se burlan de mí?
Quizá sea mezquina, pero querría que se murieran todos para que desapareciera la lamentable imagen que hoy por hoy se hacen de mí.
Sábado 6 de noviembre
Esa conversación con Maurice me dejó desarmada porque él estaba tranquilo, amistoso y parecía actuar de buena fe. Volviendo al cóctel de ayer le dije,
con toda buena fe también yo, lo que me molestaba de Noëllie. Para empezar, la profesión de abogado no me gusta; se defiende a un tipo contra otro por
dinero, aunque el otro sea quien tenga razón. Es inmoral. Maurice me contestó que Noëllie ejerce su profesión de manera muy simpática; que no acepta cualquier
tipo de causa, que pide grandes honorarios a la gente rica, sí, pero que hay un montón de personas a las cuales asiste por nada. Es falso que sea interesada.
Su marido la ayudó a comprar el bufete; ¿por qué no, puesto que se han mantenido en excelentes relaciones? (¿Pero no las habrá mantenido para que él le
financiara el bufete?) Ella quiere ser alguien: no tiene nada de miserable desde el momento en que elige los medios. En esto me costó trabajo conservar
la calma:
—Dices eso; y nunca has tratado de llegar a ser alguien importante.
—Cuando decidí especializarme fue porque estaba harto del estancamiento.
—Para empezar, no te estancabas.
—Intelectualmente sí. Estaba lejos de sacar de mí todo lo que podía.
—Concedido. En todo caso, no actuaste por ambición: querías progresar intelectualmente y hacer avanzar ciertos problemas. No era una cuestión de dinero
o de carrera.
—Para un abogado, llegar a algo es también otra cosa que la pasta o la reputación; uno defiende causas cada vez más interesantes.
Dije que, de todos modos, para Noëllie el aspecto mundano contaba enormemente.
—Trabaja mucho, necesita distracción —me contestó.
—Pero, ¿por qué las fiestas de etiqueta, las premieres, las discotecas de moda?, me parece absurdo.
—¿Absurdo, a título de qué? Todas las diversiones tienen algo de absurdo.
Eso me fastidió. ¡Él, que detesta tanto como yo la vida mundana!
—En fin, no hay más que oírla hablar cinco minutos para darse cuenta de que Noëllie no es alguien auténtico.
—Auténtico… ¿qué quiere decir eso? Es una palabra de la que se ha abusado tanto.
—Tú el primero.
No contestó. Insistí.
—Noëllie me hace recordar a Maryse.
—Claro que no.
—Te aseguro que se le parece; es el tipo de persona que jamás se detiene para mirar un crepúsculo.
Se rió:
—Te diré que tampoco a mí me ocurre con mucha frecuencia.
—¡Vamos!, la naturaleza te gusta tanto como a mí.
—Admitámoslo. Pero no veo por qué todo el mundo deba tener nuestros gustos.
Su mala fe me sublevó:
—Escucha —le dije—, debo prevenirte de una cosa: no pelearé contigo por Noëllie; si la prefieres a mí, cosa tuya. No voy a luchar.
—¿Quién te habla de luchar?
No lucharé. Pero de pronto tuve miedo. ¿Sería posible que Maurice la prefiriera a mí? Esta idea no se me había ocurrido nunca. Sé que tengo (bueno, dejemos
de lado la palabra autenticidad que a lo mejor es pedante) una cierta calidad que ella no tiene. «Eres de buena calidad», me decía papá orgullosamente.
Y Maurice también, en otros términos. Es esa calidad que aprecio antes que nada en la gente (en Maurice, en Isabelle); y Maurice es como yo. No. Imposible
que prefiera a alguien tan afectado como Noëllie. Ella es cheap, como dicen en inglés. Pero me inquieta que él acepte de ella tantas cosas que juzgo inaceptables.
Por primera vez, me doy cuenta de que una distancia se ha instalado entre nosotros.
Miércoles 10 de noviembre
Anteayer había llamado por teléfono a Quillan. ¡Oh!, no estoy precisamente orgullosa. Necesitaba asegurarme de que un hombre todavía puede encontrarme
a su gusto. Comprobado. ¿Y de qué me sirve? No por eso me ha sido devuelta la estima por sí misma.
No estaba en absoluto decidida a acostarme con él: ni tampoco a no hacerlo. Dediqué mucho tiempo a arreglarme: sales perfumadas en el baño y me pinté las
uñas de los pies. ¡Para llorar! En dos años él no ha envejecido pero se ha afinado, su rostro es más interesante. No me acordaba de que fuera tan guapo.
Seguramente no será porque no gusta que puso tanta insistencia en invitarme. Hubiera podido ser en recuerdo del pasado, y yo temía —mucho— que se sintiera
decepcionado. Pero no.
—En suma, ¿se siente feliz?
—Lo sería si la viera más frecuentemente.
Era en un restaurante agradable detrás del Panthéon: viejos discos Nueva Orleans, artistas de variedades muy originales, cantantes con un buen repertorio
de tipo anarquista. Quillan conocía a casi todo el mundo en la sala: pintores como él, escultores, músicos, jóvenes en su mayoría. Él mismo cantó, acompañándose
con una guitarra. Recordaba qué discos, qué platos me gustaban; me compró una rosa; tuvo mil atenciones y advertí cómo Maurice actualmente tiene muy pocas.
Y me hacía también esos pequeños cumplidos un poco tontos que ya no escucho nunca: sobre mis manos, mi sonrisa, mi voz. Poco a poco me dejé acunar por
esa ternura. Olvidé que en ese momento Maurice sonreía a Noëllie. Después de todo, también yo tenía mi parte de sonrisas. Sobre una servilleta de papel
dibujó un bonito retrato mío en miniatura: verdaderamente, no tenía el aspecto de un viejo trasto. Bebí un poco, no mucho. Y cuando me pidió subir a tomar
una copa a casa, acepté. (Le había dicho que Maurice estaba fuera.) Serví dos whiskies. Él no hacía ni un gesto pero sus ojos me acechaban. Me pareció
absurdo verle sentado allí donde Maurice se sienta habitualmente; mi alegría desapareció. Me estremecí.
—Tiene frío. Voy a encender el fuego.
Dio un salto hacia la chimenea, con tanto impulso y tanta torpeza que tiró la estatuilla de madera que compré con Maurice en Egipto y que me gusta tanto.
Lancé un grito: ¡Estaba rota!
—Se la arreglaré —me dijo—, es muy fácil.
Pero parecía consternado: por mi grito, sin duda; había gritado muy alto. Al cabo de un momento dije que estaba cansada, que tenía que irme a dormir.
—¿Cuándo volveremos a vernos?
—Le llamaré por teléfono.
—No me llamará. Concertaremos una cita ahora mismo.
Dije una fecha al azar. Me excusaré. Se fue, yo me quedé estúpida con un pedazo de mi estatua en cada mano. Y me puse a sollozar.
Me parece que Maurice puso mala cara cuando le dije que había vuelto a ver a Quillan.
Sábado 13 de noviembre
Cada vez creo que ya he tocado fondo. Y después me hundo aún más profundamente en la duda y la desdicha. Luce Couturier se dejó atrapar como una niña:
a tal punto que me pregunto si no lo ha hecho a propósito… Esta historia dura desde hace más de un año. ¡Y Noëllie estaba en Roma con él en octubre! Ahora
comprendo el rostro de Maurice en el aeropuerto de Niza: el remordimiento, la vergüenza, el temor de ser descubierto. Uno tiene tendencia a forjarse presentimientos
después de que las cosas han pasado. Pero aquí no invento nada. Algo olí, puesto que la partida del avión me arrancó el corazón. Una pasa en silencio molestias,
irritaciones para las cuales no encuentra palabras, pero que existen.
Al dejar a Luce, caminé largo rato sin saber adónde ir. Estaba estupefacta. Ahora me doy cuenta: saber que Maurice se acostaba con otra mujer no me ha
sorprendido tanto. No fue totalmente al azar que hice la pregunta: ¿Hay una mujer en tu vida? Sin llegar a formularse nunca, vaga y fugitiva, la hipótesis
señalaba un vacío, a través de las distracciones de Maurice, sus ausencias, su frialdad. Sería exagerado decir que yo lo sospechaba. Pero, en fin, no me
caí de las nubes. Mientras Luce me hablaba, yo caía, caía y me encontré completamente hecha pedazos. Todo este año, tengo que revisarlo a la luz de este
descubrimiento: Maurice se acostaba con Noëllie. Se trata de una larga relación. El viaje a Alsacia que no hicimos. Dije: «Me sacrifico por la cura de
la leucemia». ¡Pobre idiota! Era Noëllie quien lo retenía en París. En la época de la comida en casa de Diana ya eran amantes, y Luce lo sabía. ¿Y Diana?
Trataré de hacerla hablar. ¿Quién sabe si este lío no viene todavía de más lejos? Noëllie hace dos años vivía con Louis Bernard; pero a lo mejor acaparaba
amantes. ¡Cuando pienso que estoy reducida a las hipótesis! ¡Y se trata de Maurice y de mí! ¡Todos los amigos estaban al tanto, evidentemente! ¡Oh! ¿Qué
importa? Ya no estoy para preocuparme del qué dirán. Estoy demasiado radicalmente aniquilada. Me importa un pito la imagen que puedan hacerse de mí. Se
trata de sobrevivir.
«¡Nada ha cambiado entre nosotros!» Qué ilusiones me hice con esta frase. ¿Quería decir que nada había cambiado puesto que me engañaba ya desde hacía un
año? ¿O no quería decir nada en absoluto?
¿Por qué me mintió? ¿Me creía incapaz de soportar la verdad, o sentía vergüenza? Entonces ¿por qué me habló? ¿Sin duda porque Noëllie estaba cansada de
la clandestinidad? De todas maneras, esto que me ocurre es espantoso.
Domingo 14 de noviembre
¡Ah!, mejor hubiera sido callarme. Pero nunca he tenido nada oculto a Maurice; en fin, nada serio. No he podido ocultar en mi corazón su mentira y mi desesperación.
Golpeó la mesa: «¡Todos esos chismes!». Su rostro me impresionó. Le conocía ese rostro de cólera, me gusta; cuando a Maurice le piden un compromiso, su
boca se crispa, su mirada se endurece. Pero esta vez yo era el objetivo, o casi. No, Noëllie no estaba en Roma con él. No, no se acostó con ella antes
de agosto. La veía de vez en cuando, habían podido verlos juntos, no quería decir nada.
—Nadie os ha visto; pero te confiaste a Couturier, que se lo contó a Luce.
—Dije que veía a Noëllie, no que me acostaba con ella. Luce deformó todo. Llama a Couturier, enseguida, pregúntale la verdad.
—Bien sabes que es imposible.
Lloré. Me había prometido no llorar pero lloré. Dije:
—Mejor harías contándomelo todo. Si conociera verdaderamente la situación, podría tratar de encararla. Pero sospechar todo, no saber nada, es intolerable.
Si te limitabas a ver a Noëllie, ¿por qué habérmelo ocultado?
—Bueno. Voy a decirte la verdad completa. Pero, entonces, créeme. Me acosté tres veces con Noëllie el año pasado y verdaderamente no contaba. No estuve
en Roma con ella. ¿Me crees?
—No sé. ¡Me has mentido tanto!
Hizo un amplio gesto de desesperación:
—¿Qué quieres que haga para convencerte?
—No puedes hacer nada.
Martes 16 de noviembre
Cuando entra, cuando me sonríe, cuando me besa diciendo: «Buenos días, querida», es Maurice; son sus gestos, su rostro, su calidez, su olor. Y en mí, durante
un instante, una gran dulzura: su presencia. Quedarse así, no intentar saber: casi comprendo a Diana. Pero es más fuerte que yo. Quiero saber qué pasa.
Y para empezar, cuándo va realmente al laboratorio; ¿por la noche?, ¿cuándo va a verla? No puedo llamar por teléfono, lo sabrá y se exasperará. ¿Seguirlo?
¿Alquilar un coche y seguirlo? ¿O, muy simplemente, verificar dónde está el suyo? Es sucio, es envilecedor. Pero necesito ver un poco claro en todo esto.
Diana pretende no saber nada. Le pedí que hiciera hablar a Noëllie:
—Es demasiado astuta; no contará nada.
—Usted está al tanto del asunto por mí. Si usted le habla de eso, se verá obligada a contestar algo. —De todos modos, me prometió informarse sobre Noëllie:
ellas dos tienen amigos comunes. ¡Si descubriera cosas que la destruyan a los ojos de Maurice!
Es inútil volver a hablar con Luce Couturier. Maurice la habrá hecho amonestar por su marido. Y éste contará a Maurice que he vuelto a verla… No, sería
una torpeza.
Jueves 18 de noviembre
La primera vez que fui a espiar a Maurice al laboratorio, el coche estaba en el párking. La segunda, no. Me hice llevar hasta la casa de Noëllie. No tuve
que buscar mucho: ¡qué golpe! Quería a nuestro coche, era un fiel animal doméstico, una presencia cálida y tranquilizadora; y de pronto servía para traicionarme;
lo detesté. Me quedé de pie bajo una puerta cochera, idiotizada. Pensé aparecer bruscamente ante Maurice, cuando saliera de casa de Noëllie. No serviría
más que para encolerizarlo, pero me sentía tan perdida que era preciso que hiciera algo, cualquier cosa. Traté de ser razonable. Me dije: «Miente para
no herirme. Si no quiere herirme, es porque le importo mucho. En cierto modo, sería más grave si le importara un pito». Casi había logrado convencerme
cuando recibí otro golpe: salían juntos. Me oculté. No me vieron. Fueron a pie por el bulevar hasta una gran cervecería. Caminaban cogidos del brazo, rápidamente
y riendo. Cien veces habría podido imaginarlos caminando cogidos del brazo, riendo. En realidad no lo había hecho. No más de lo que los imagino realmente
en la cama, no tengo valor. Y no es lo mismo verlo. Me puse a temblar. Me senté en un banco a pesar del frío. Me quedé temblando un largo rato. Al regresar
me acosté, y cuando él volvió a medianoche yo simulaba dormir.
Pero cuando ayer a la noche me dijo: «Voy al laboratorio», pregunté:
—¿De veras?
—Seguro.
—El sábado estabas en casa de Noëllie.
Me miró con una frialdad aún más aterradora que la cólera:
—¡Me espías!
Los ojos se me llenaron de lágrimas:
—Se trata de mi vida, de mi felicidad. Quiero la verdad. ¡Y sigues mintiéndome!
—Trato de evitar las escenas —me dijo con aspecto agotado.
—No hago escenas.
—¿No?
Llama escenas a cada una de nuestras explicaciones. Y en ese momento, al protestar, mi voz subió de tono y tuvimos una escena. Volví a hablar de Roma.
De nuevo lo negó. ¿Ella no estuvo? ¿O, al contrario, estaba también en Ginebra? La ignorancia me corroe.
Sábado 20 de noviembre
Escenas, no. Pero soy torpe. Me controlo mal, hago observaciones que lo irritan. Debo confesarlo, basta que él dé una opinión para que yo adopte la contraria,
suponiendo que ella se la ha sugerido. De hecho, no tengo nada contra el op art. Pero la complacencia de Maurice para someterse a ese «sadismo óptimo»
me irritó: evidentemente, era Noëllie quien le había indicado ir a esa exposición. Sostuve, tontamente, que eso no era pintura, y como él discutió lo ataqué:
¿cree rejuvenecerse adoptando todas las modas?
—No debes enfadarte.
—Me enfado porque quieres estar a la moda, de manera tal, que pierdes todo sentido crítico.
Alzó los hombros sin contestar.
Domingo 21 de noviembre
Sobre su relación con Maurice, Noëllie —al menos según Diana, de la cual desconfío un poco— no dijo más que cosas insulsas. La situación es penosa para
todo el mundo, pero sin duda se llegará a un equilibrio. Por supuesto que yo soy una mujer muy buena, pero la diversidad gusta a los hombres. ¿Cómo encara
el porvenir ella? Contestó: «El que viva, verá», o algo así. Estaba sobre aviso.
Diana me contó una historia, pero demasiado oscura para que la utilice. Noëllie estuvo a punto de ser acusada ante el consejo de abogados porque se ganó
la confianza de un cliente de una colega, un cliente importante que retiró a la otra la administración de sus negocios para pasársela a Noëllie. Son procedimientos
que en el Palacio de Justicia se consideran inaceptables y a los cuales Noëllie estaría acostumbrada. Pero Maurice me contestaría: «¡Chismes!». Le dije
que la hija de Noëllie se quejaba de que su madre la descuidaba.
—Todas las niñas se quejan de su madre a esa edad: recuerda tus dificultades con Lucienne. En realidad, Noëllie no descuida a su hija en absoluto. Le enseña
a arreglárselas sola, a vivir por sí misma, y tiene mucha razón.
Eso era una puñalada dirigida a mí. Con frecuencia él se ha burlado de mi lado madre-clueca. Hasta hemos tenido algunas disputas sobre el asunto.
—¿Y a esa niña no la molesta que un hombre pase las noches en la cama de su madre?
—El apartamento es grande, y Noëllie tiene mucho cuidado. Por lo demás, ella no le ha ocultado que después de su divorcio hay hombres en su vida.
—Extrañas confidencias de una madre a su hija. Francamente, ¿no te parece un poco chocante?
—No.
—Jamás se me hubiera ocurrido tener esa clase de relaciones con Colette o Lucienne.
No contestó nada; su silencio implicaba claramente que los métodos de educación de Noëllie eran tan válidos como los míos. Me sentí herida: resulta demasiado
claro que Noëllie se conduce de la manera que le viene mejor, sin preocuparse de los intereses de la niña. En tanto que yo siempre he hecho lo contrario.
—En suma —dije—, todo lo que Noëllie hace está bien hecho.
—¡Ah, no me hables todo el tiempo de Noëllie!
—¿Cómo impedirlo? Está en tu vida y tu vida me concierne.
—¡Oh!, de mi vida tú eliges algunas cosas y dejas de lado otras.
—¿Cómo es eso?
—Mi vida profesional: no parece concernirte. Jamás me hablas de ella.
Era un contraataque desleal. Sabe perfectamente que al especializarse avanzó por un terreno en el cual no puedo seguirlo.
—¿Qué podría decirte? Tus investigaciones me superan totalmente.
—Ni siquiera mis artículos de divulgación, no los lees…
—La medicina como ciencia nunca me ha interesado mucho. Lo que me apasionaba era la relación viva con los enfermos.
—Así y todo, podrías sentir curiosidad por lo que hago.
Había rencor en su voz. Le sonreí tiernamente.
—Es que te amo y te estimo más allá de todo lo que puedas hacer. Si te vuelves un gran sabio, célebre y todo, eso no me extrañará, seguramente eres capaz
de eso. Pero confieso que a mis ojos eso no añadiría nada. ¿No me comprendes?
Él también sonrió:
—Claro que sí.
No es la primera vez que se queja de mi indiferencia ante su carrera, y hasta ahora no me sentía descontenta de que eso lo irritara un poco. De pronto
me digo que es una torpeza. Noëllie lee sus artículos, los comenta, la cabeza algo inclinada, una sonrisa algo admirativa en los labios. Pero ¿cómo modificar
mi actitud? Se notaría de lejos. Toda esa conversación me fue penosa. Estoy segura de que Noëllie no es una buena madre. Una mujer tan seca, tan fría,
no puede dar a su hija lo que yo he dado a las mías.
Lunes 22 de noviembre
No, no debo tratar de seguir a Noëllie sobre su propio terreno, sino luchar en el mío. Maurice era sensible a todos los cuidados de que yo lo rodeaba,
y ahora lo descuido. Pasé el día poniendo orden en los armarios. Coloqué definitivamente la ropa de verano, saqué la naftalina y ventilé los vestidos de
invierno, hice un inventario, mañana iré a comprarle los calcetines, los pulóveres, los pijamas que necesita. También le harían falta dos buenos pares
de zapatos: los elegiremos juntos cuando él tenga un momento libre. Es reconfortante, los armarios bien llenos con cada cosa en su sitio. Abundancia, seguridad…
Las pilas de finos pañuelos, de calcetines, de pulóveres me dieron la impresión de que el futuro no podía fallarme.
Martes 23 de noviembre
Estoy enferma de vergüenza. Debería haberlo pensado. Maurice tenía su rostro de los días malos cuando regresó a casa para almorzar. Casi enseguida me lanzó:
—Hiciste mal en confiar en tu amiga Diana. Le contaron a Noëllie que estaba haciendo una verdadera investigación sobre ella en los ambientes de abogados
y entre sus relaciones comunes. Y dice por todas partes que eres tú quien se lo ha encargado.
Me ruboricé y me sentí mal. Maurice no me juzgaba nunca, era mi seguridad: ¡y aquí estoy ante él, culpable, qué miseria!
—Simplemente dije que me gustaría saber quién es Noëllie.
—Mejor hubieras hecho preguntándomelo antes que dar lugar a comadreos. ¿Crees que no veo a Noëllie tal como es? Te equivocas. Conozco sus defectos tan
bien como sus cualidades. No soy un colegial enamorado.
—Así y todo, no pienso que tu opinión sea muy objetiva.
—¿Y piensas que Diana y sus compinches son objetivas? Son la malevolencia misma. Puedes estar segura de que tú tampoco te salvarás.
—Bueno —dije—, voy a decirle a Diana que se calle la boca.
—¡Te lo aconsejo!
Hizo un esfuerzo para cambiar de conversación. Conversamos cortésmente. Pero la vergüenza me quema. Yo misma me desmerezco ante sus ojos.
Viernes 26 de noviembre
En presencia de Maurice ya no puedo dejar de sentirme ante un juez. Piensa de mí cosas que no me dice: eso me da vértigo. Me miraba en sus ojos tan tranquilamente.
No me veía a mí misma más que por sus ojos: una imagen demasiado halagadora quizá, pero ni la cual, a grandes rasgos, me reconocía.. Ahora me pregunto:
¿A quién ve? ¿Me cree mezquina, celosa, indiscreta y hasta desleal, ya que hago averiguaciones a sus espaldas? No es justo. Él, que deja pasar tantas cosas
a Noëllie, ¿no puede comprender mi inquieta curiosidad respecto a ella? Detesto los comadreos, fui causante de uno, de acuerdo, pero creo tener excusa.
Por otra parte, él no ha hecho ninguna otra alusión a ese asunto; se muestra de una gentileza perfecta. Pero me doy cuenta de que ya no me habla con el
corazón en la mano. A veces me parece leer en su mirada… no exactamente lástima; se diría: ¿una ligera burla? (Esa curiosa mirada que me echó cuando le
conté mi salida con Quillan.) Sí, es como si me viera con toda claridad y me encontrara conmovedora y algo ridícula. Por ejemplo, cuando me sorprendió
escuchando Stockhausen; tuvo un tono indefinible para preguntar.
—¡Vaya! ¿Te dedicas a la música moderna?
—Isabelle me pasó unos discos que le gustan.
—¿Le gusta Stockhausen? Es una novedad.
—Es una novedad, sí. Suele ocurrir que los gustos cambien..
—¿Y a ti te gusta?
—No. No entiendo nada.
Se rió, me abrazó como si mi franqueza lo hubiera tranquilizado. En realidad era calculada. Comprendí que él había comprendido por qué escuchaba esa música
y no me habría creído si hubiera pretendido que me gustaba.
Resultado: no me atreveré a hablarle de mis recientes lecturas, a pesar de que, de hecho, un cierto número de esas «nuevas novelas» me hayan gustado. Inmediatamente
pensaría que quiero ganarle la partida a Noëllie. ¡Qué complicado se vuelve todo desde que una empieza a tener segundas intenciones!
Explicación confusa con Diana. Jura por la vida de sus hijos no haber dicho que se informaba por encargo mío. Es una hipótesis que debe de haber hecho
la misma Noëllie. Reconoce haber dicho a una amiga: «Sí, en este momento me intereso por Noëllie Guérard». Pero realmente no era comprometido para mí.
Por supuesto que fue una torpeza. Le pedí que abandonara todo, pareció resentirse.
Sábado 27 de noviembre
Tengo que aprender a controlarme, a observarme, ¡pero está tan poco en mi naturaleza! Era espontánea, transparente; y también serena, mientras que ahora
tengo el corazón lleno de ansiedad y rencor. Cuando abrió una revista, no bien se levantó de la mesa, pensé: «Eso no lo hace en casa de Noëllie», y fue
más fuerte que yo, dije violentamente:
—¡No lo harías en casa de Noëllie!
Por sus ojos pasó un relámpago.
—Quería solamente echar un vistazo a un artículo —me dijo con tono medido—. No te pongas así por insignificancias.
—No es culpa mía: todo me enoja.
Hubo un silencio: en la mesa le había contado mi día y no encontraba nada que decirle. Hizo un esfuerzo:
—¿Terminaste las Cartas de Wilde?
—No. No las he continuado.
—Decías que era interesante…
—¡Si supieras que me importa un pito Wilde, y qué pocas ganas tengo de hablarte de él!
Fui a poner un disco en el gramófono:
—¿Quieres que escuchemos la cantata que me trajiste?
—De acuerdo.
No la escuché mucho tiempo; los sollozos me subían a la garganta; la música ya no era más que una excusa. Ya no teníamos nada que decirnos, obsesionados
por la misma historia de la que él se negaba a hablar. Me preguntó con voz paciente:
—¿Por qué lloras?
—Porque conmigo te aburres. Porque ya no podemos hablarnos. Has puesto barreras entre nosotros.
—Quien las levanta eres tú: no dejas de rumiar acusaciones.
Lo exaspero cada día un poco más. No querría. Y aun así, una parte de mí misma le quiere. Cuando parece alegre y despreocupado, me digo: «Así es muy fácil».
Y cualquier pretexto me sirve para alterar su tranquilidad.
Lunes 30 de noviembre
Me sorprendía que Maurice todavía no hubiera hablado de las vacaciones de invierno. Ayer por la noche, al volver del cine, le pregunté adónde le gustaría
ir este año. Me contestó evasivamente que no lo había pensado. Olí algo raro. Comienzo a tener olfato, y no es difícil; por otra parte, siempre hay algo
malo. Insistí. Dijo muy rápidamente, sin mirarme:
—Iremos a donde quieras; pero debo prevenirte de que cuento pasar también algunos días con Noëllie en Courchevel.
Siempre espero lo peor; y siempre es peor de lo que esperaba:
—¿Cuántos días?
—Unos diez.
—¿Y cuántos días te quedarás conmigo?
—Unos diez días.
—¡Es demasiado! ¡Me coges la mitad de nuestras vacaciones para dárselas a Noëllie!
La cólera me cortaba la palabra. Logré articular:
—¿Habéis decidido eso juntos, sin consultarme?
—No, todavía no le he hablado de ello —me respondió.
Dije:
—¡Y bien, continúa así! No le hables de ello.
Me dijo con voz mesurada:
—Tengo ganas de esos diez días con ella.
Había en esas palabras una amenaza apenas velada: si me privas de esto, nuestra estancia en la montaña será un infierno. Me daba náuseas la idea de que
yo iba a ceder a ese chantaje. ¡Basta de concesiones! No me sirve para nada y me da asco. Hay que mirar las cosas de frente. No se trata de una aventura.
Divide su vida en dos partes y a mí no me toca la mejor. Ya basta. Dentro de un rato le diré: «O ella o yo».
Martes 1 de diciembre
Así que no me equivocaba: ha sido una maniobra. Antes de llegar a una confesión completa, me «cansó», como se cansa al toro. Confesión sospechosa que en
sí misma es una maniobra. ¿Hay que creerla? No he estado ocho años ciega. Después él me dijo que eso era falso. ¿O es en ese momento cuando mentía? ¿Dónde
está la verdad? ¿Aún existe?
¡En qué estado de cólera lo he puesto! ¿He estado verdaderamente tan insultante? Uno no recuerda bien las cosas que dice, sobre todo en el estado en que
yo me encontraba. Quería herirlo, es cierto; lo he logrado demasiado bien.
Sin embargo, comencé con mucha calma: «No acepto el reparto: hay que elegir».
Tuvo el aspecto abrumado del tipo que se dice: «¡Listo! ¡Tenía que suceder! ¡Cómo me escapo!». Adoptó su voz más acariciante:
—Te ruego. No me pidas romper ahora con Noëllie. No ahora..
—Sí, ahora. Esta historia ya ha durado bastante; he tolerado demasiado.
Lo miré desafiante:
—En fin, ¿quién te importa más?, ¿ella o yo?
—Tú, por supuesto —dijo con voz neutra. Y agregó—: Pero Noëllie también me importa.
Vi todo rojo:
—Entonces confiesa la verdad. ¡Ella te importa más! ¡Y bien, vete a buscarla! Vete de aquí. Vete enseguida. Toma tus cosas y vete.
Saqué su maleta del ropero, desordenadamente eché en ella ropa interior, descolgué cinturones. Me tomó por el brazo: «¡Basta!». Seguí. Quería que se fuera;
verdaderamente lo quería, era sincera. Sincera porque no creía que lo haría. Era como un espantoso psicodrama en el que uno juega a la verdad. Es la verdad,
pero uno juega. Grité:
—Vete a buscar a esa zorra, esa intrigante, esa abogadita turbia.
Me sujetó por las muñecas:
—Retira lo que acabas de decir.
—No. Es una tipa asquerosa. Te ha conseguido con halagos. La prefieres a mí por vanidad. Sacrificas nuestro amor a tu vanidad.
Él repetía: «Cállate». Pero yo seguía. Confusamente decía todo lo que pensaba de Noëllie, y también de él. Sí, lo recuerdo vagamente. Le dije que se dejaba
engañar lastimosamente, que se volvía esnob y ambicioso, que ya no era el hombre que yo había querido, que antes tenía corazón, se consagraba a los demás;
ahora era seco, egoísta, solamente su carrera le interesaba.
—¿Quién es egoísta? —gritó.
Y me quitó la palabra. La egoísta era yo, yo que no había dudado en hacerle dejar el internado, que hubiera querido tenerlo toda la vida en la mediocridad
para conservarlo en casa, que estoy celosa de su trabajo: una castradora…
Grité. El internado, lo dejó él de buena gana. Me quería. Sí, pero no quería casarse enseguida, yo lo sabía, y en cuanto al niño habríamos podido arreglarnos.
—¡Cállate! Hemos sido felices, apasionadamente felices: decías que no vivías más que para nuestro amor.
—Era verdad: no me habías dejado nada más. Deberías haber pensado que un día sufriría por ello. Y cuando quise evadirme hiciste lo imposible para impedírmelo.
Ya no me acuerdo de las frases exactas, pero éste era el sentido de esa escena espantosa Yo era posesiva, imperiosa, abusiva tanto con mis hijas como con
él.
—Empujaste a Colette a un casamiento idiota; y para huir de ti, Lucienne se ha ido.
Eso me puso fuera de mí; de nuevo grité, lloré. En un momento dado dije:
—Si piensas tan mal de mí; ¿cómo puedes quererme aún?
Y me echó en cara:
—Ya no te quiero. ¡Después de las escenas de hace diez años dejé de quererte!
—¡Mientes! ¡Mientes para hacerme sufrir!
—Eres tú quien se miente. Pretendes amar la verdad: déjame decírtela. Tomaremos una decisión después.
Así pues, desde hace ocho años no me quiere y se ha acostado con mujeres; con la pequeña Pellerin, durante dos años; con una paciente sudamericana de la
cual lo ignoro todo; con una enfermera de la clínica; finalmente, desde hace dieciocho meses con Noëllie. Grité, estaba al borde del ataque de nervios.
Entonces me dio un calmante, su voz cambió:
—Escucha, no pienso lo que acabo de decirte. ¡Pero eres tan injusta que me vuelves injusto!
Me ha engañado, sí, es verdad. Pero nunca he dejado de importarle. Le pedí que se fuera. Me quedé postrada, tratando de comprender esa escena, desenredar
lo verdadero de lo falso.
Un recuerdo reapareció. Hace tres años, yo había regresado a casa sin que él me oyera. Reía, estaba hablando por teléfono: era risa tierna y cómplice que
conozco bien. No oí las palabras: únicamente esa ternura cómplice en su voz. El suelo se fundió: estaba en otra vida en la que Maurice me habría engañado
y yo tendría que sufrir hasta gritar. Me acerqué ruidosamente:
—¿Con quién hablas?
—Con mi enfermera.
—Le hablas muy amistosamente.
—¡Ah!, es una joven encantadora, la adoro —me dijo, con toda naturalidad.
Volví a encontrarme en mi vida, cerca del hombre que me amaba. Por otra parte, si lo hubiera visto en una cama con una mujer, no habría dado crédito a
mis ojos. (Y sin embargo, el recuerdo está allí, intacto, doloroso.)
Se ha acostado con esas mujeres; pero ¿ya entonces no me quería? ¿Y qué hay de cierto en sus reproches? Sabe muy bien que acerca del internado y nuestro
casamiento todo lo decidimos juntos: antes de esta mañana, nunca había pretendido lo contrario. Se ha fabricado esas quejas para excusarse de engañarme:
es menos culpable si yo tengo la culpa. Así y todo, ¿por qué ha elegido esas acusaciones? ¿Por qué esa frase acerca de las niñas? Estoy tan orgullosa de
haber tenido éxito con ellas, cada una de manera diferente, de acuerdo con su propia índole… Colette, como yo, tenía vocación hogareña: ¿a título de qué
tendría yo que haberla contrariado? Lucienne quería volar con sus propias alas: no se lo impedí. ¿Por qué tanto rencor injusto en Maurice? Me duele la
cabeza y ya no veo nada claro.
Llamé por teléfono a Colette. Acababa de irse: medianoche. Me hizo bien, me hizo mal, ya no sé dónde está mi bien ni mi mal. No, yo no era autoritaria,
posesiva, absorbente; me aseguró efusivamente que yo era una madre ideal y que su padre y yo nos entendíamos perfectamente. A Lucienne, como a muchas jóvenes,
la vida familiar le pesaba, pero no era mi culpa. (Lucienne tenía relaciones complicadas conmigo porque ella adoraba a su padre, un complejo de Edipo clásico:
eso no prueba nada en mi contra.) Se irritó:
—Me parece asqueroso de parte de papá haberte dicho lo que te ha dicho.
Pero ella siempre ha estado celosa de Maurice, a causa de Lucienne; agresiva a su respecto, demasiado apresurada para juzgarlo en falta. Demasiado deseosa
de reconfortarme. Lucienne, con su dureza aguda, me hubiera informado mejor. He hablado durante horas con Colette y no por ello he avanzado más.
Me encuentro en una situación sin salida. Si Maurice es un canalla, he desperdiciado mi vida amándolo. Pero a lo mejor tenía razones para no soportarme
más. Entonces debo considerarme odiosa, despreciable, incluso sin saber por qué. Las dos hipótesis son atroces.
Miércoles 2 de diciembre
Isabelle opina (o por lo menos lo dice) que Maurice no pensaba ni la cuarta parte de lo que dijo. Tuvo aventuras sin confesármelas: es banal. Ella siempre
me ha repetido que una fidelidad de veinte años no era posible para un hombre. Evidentemente, Maurice hubiera hecho mejor hablando, pero se sintió atado
por sus juramentos. Sus quejas en mi contra, sin duda acaba de inventarlas: si se hubiera casado conmigo a desgana, yo me habría dado cuenta, no habríamos
sido tan felices. Ella me aconseja borrar todo esto. Se obstina en pensar que soy yo quien tiene la sartén por el mango. Los hombres eligen lo más fácil:
es más fácil quedarse con su mujer que aventurarse en una vida nueva. Me hizo concertar una cita por teléfono con una de sus viejas amigas, que es ginecóloga,
que conoce muy bien los problemas de la pareja y que podrá ayudarme, piensa ella, a ver claro en mi historia. Bueno.
Maurice está lleno de atenciones, desde el lunes, como todas las veces en que ha llegado demasiado lejos.
—¿Por qué me has dejado vivir ocho años en la mentira?
—No quería causarte pena.
—Habrías debido decirme que ya no me querías.
—Pero no es verdad: te lo dije por cólera; siempre te he querido. Te quiero.
—No puedes quererme si piensas la mitad de lo que me dijiste. ¿De veras piensas que he sido una madre abusiva?
Decididamente, de todas las maldades que me echó en cara, ésa es la que más me ha sublevado.
—Abusiva es algo exagerado.
—¿Pero?
—Siempre te dije que mimabas demasiado a las chicas. Colette reaccionó amoldándose demasiado dócilmente a ti y Lucienne por un antagonismo que con frecuencia
te ha sido penoso.
—Pero que finalmente la ayudó a realizarse. ¡Está contenta de su suerte y Colette de la suya! ¿Qué más quieres?
—Si de veras están contentas…
No insistí. Su cabeza está llena de segundas intenciones. Pero hay respuestas que no soportaría escuchar: no hago las preguntas.
Viernes 4 de diciembre
Recuerdos implacables. ¿Cómo había logrado alejarlos, neutralizarlos? Una cierta manera de mirar, hace dos años, en Mykonos, cuando me dijo: «Pero cómprate
un traje de baño de una pieza». Ya sé, ya sabía: algo de celulitis en los muslos, el vientre ya no tan liso. Pero yo creía que a él no le importaba. Cuando
Lucienne se burlaba de las gordas matronas en biquini, él protestaba: «¿Y qué pasa? ¿A quién molesta? Que uno envejezca no es una razón para privar al
cuerpo de aire y sol». Yo tenía ganas de sol y de aire, no molestaba a nadie. Y sin embargo —quizás a causa de las muy hermosas jóvenes que frecuentaban
la playa— me dijo: «Pero cómprate un traje de baño de una pieza». Por otra parte, nunca lo he comprado.
Y después hubo esa discusión, el año pasado, la noche en que los Talbot vinieron a comer con los Couturier. Talbot se daba aires de gran patrón, felicitó
a Maurice por un informe sobre el origen de ciertos virus, y Maurice parecía halagado como un escolar a quien se otorga el premio de excelencia. Eso me
irritó porque Talbot no me gusta; cuando dice de alguien: «¡Es un valor!», lo abofetearía. Después de su marcha, dije riendo a Maurice:
—Dentro de muy poco tiempo Talbot va a decir de ti: ¡Es un valor! ¡Qué suerte tienes!
Se enfadó. Me reprochó más vivamente que de costumbre no ocuparme de su trabajo y menospreciar sus éxitos. Me dijo que no importaba ser estimado en conjunto
si en detalle nunca me muestro interesada por lo que hace. Había tanta acrimonia en su voz que de pronto se me heló la sangre:
—¡Qué hostilidad!
Pareció desconcertado:
—¡No digas tonterías!
Después me convenció de que era una discusión parecida a muchas otras. Pero sentí que el frío de la muerte me había rozado.
Celosa de su trabajo: debo reconocer que no es falso. Durante diez años, a través de Maurice hice una experiencia que me apasionaba: la relación del médico
con el enfermo. Yo participaba, lo aconsejaba. Ese lazo entre nosotros, tan importante para mí, él ha preferido romperlo. Entonces, en asistir desde lejos,
pasivamente, a sus progresos, confieso no haber puesto en ello casi ninguna buena voluntad. Me dejan fría, sí: lo que yo admiro en él es el ser humano,
no el investigador. Pero castradora, la palabra es injusta. Solamente me negué a fingir entusiasmos que no sentía: a él le gustaba mi sinceridad. No quiero
creer que haya herido su vanidad. Maurice no tiene pequeñeces. ¿O las tiene y Noëllie sabe explotarlas? Idea odiosa. Todo se entremezcla en mi cabeza.
Creía saber quién era yo, quién era él: y repentinamente ya no nos reconozco, ni a él ni a mí.
Domingo 6 de diciembre
Cuando esto sucede a los demás, parece un acontecimiento limitado, fácil de delimitar, de superar. Y una se encuentra absolutamente sola en una experiencia
vertiginosa a la cual la imaginación ni siquiera se ha aproximado. Las noches que Maurice pasa en casa de Noëllie temo no dormir y tengo miedo de dormir.
Esa cama vacía al lado de la mía, esa sábana lisa y fría… Ya puedo tomar somníferos; de todos modos, sueño. Con frecuencia en sueños me desvanezco de desdicha.
Me quedo allí bajo la mirada de Maurice, paralizada con todo el dolor del mundo sobre mi rostro. Espero que se precipite hacia mí. Me lanza una mirada
indiferente y se aleja. Me desperté, era todavía de noche; sentía el peso de las tinieblas, estaba en un corredor, me internaba en él, se volvía cada vez
más estrecho, yo respiraba apenas; muy pronto haría falta arrastrarse y me quedaría atrapada allí hasta expirar. Grité. Y me puse a llamarlo más dulcemente,
en lágrimas. Todas las noches le llamo; no a él: al otro, al que me amaba. Y me pregunto si no preferiría que estuviera muerto. Me decía: la muerte es
el único mal irreparable; si me dejara, me curaría. La muerte era horrible porque era posible, la ruptura soportable porque no me la imaginaba. Pero de
hecho, me digo que si estuviera muerto al menos sabría a quién he perdido y quién soy yo. Ya no sé nada más. Mi vida anterior se ha desmoronado enteramente,
como durante esos temblores de tierra en que el suelo se devora a sí mismo; se hunde a nuestra espalda a medida que uno huye. No hay retorno. La casa ha
desaparecido, y la aldea y todo el valle. Incluso si uno sobrevive, nada queda, ni siquiera el lugar que uno ha ocupado en este mundo. Me siento tan deshecha
por la mañana que, si la criada no viniera a las diez, me quedaría en cama todos los días (como hago los domingos) hasta pasado mediodía, o a lo mejor,
cuando Maurice no viene a almorzar, todo el día. La señora Dormoy se da cuenta de que algo no anda bien. Al retirar la bandeja del desayuno, me dice en
tono de reproche:
—¡No ha comido nada!
Insiste, y a veces como una tostada para que me deje en paz. Pero los bocados no me pasan.
¿Por qué ya no me quiere? Habría que saber por qué me ha querido. Una no se plantea la cuestión. Incluso si no se es ni orgullosa ni narcisista, es tan
extraordinario ser una misma, justamente una misma, esto es tan único que parece natural que sea único también para alguien más. Me quería, es todo. Y
para siempre, ya que siempre seré yo. (Y me he sorprendido, en otras mujeres, de esta ceguera. Raro es que una no pueda comprender su propia historia más
que ayudándose con la experiencia de las demás; que no es la mía, que no ayuda.)
Fantasías idiotas. Un film visto cuando era chica. Una esposa iba a buscar a la amante de su marido: «Para usted no es más que un capricho. ¡Yo le amo!».
Y la amante, conmovida, la enviaba en lugar de ella a la cita nocturna. En la oscuridad su marido la tomaba por la otra y a la mañana, arrepentido, volvía
a ella. Era un viejo film mudo, que el cine Studio presentaba con una intención onírica pero que me había conmovido mucho. Vuelvo a ver el largo vestido
de la mujer, sus rodetes.
¿Hablar a Noëllie? Pero para ella esto no es un capricho: una maniobra. Me diría que le ama; y con certeza a ella le importa todo lo que él puede dar a
una mujer, actualmente. Yo le amé cuando tenía veintitrés años, un futuro incierto, dificultades. Le amé sin garantías: renuncié a hacer una carrera yo
misma. No lamento nada, por otra parte.
Lunes 7 de diciembre
Colette, Diana, Isabelle: ¡yo, a quien no gustaban las confidencias! Y esta tarde Marie Lambert. Tiene una gran experiencia. Querría que pudiera esclarecerme.
Lo que se destaca de nuestra larga conversación es hasta qué punto yo misma comprendo mal mi historia. Sé de memoria todo mi pasado y de pronto ya no sé
nada. Me pidió un breve resumen escrito. Probemos.
De la medicina, tal como papá la ejercía en su consultorio de Banolet, pensaba que no había ninguna profesión más hermosa. Pero durante mi primer año me
sentí impresionada, asqueada, superada por el horror cotidiano. Me di por vencida muchas veces. Maurice era externo y desde la primera mirada lo que leí
en su rostro me emocionó. Uno y otro no habíamos tenido más que cortas aventuras. Nos amamos. Fue el amor loco, el amor prudente: el amor. Ha sido cruelmente
injusto cuando me dijo el otro día que yo lo había alejado del internado: hasta ese momento siempre había tomado la entera responsabilidad de su decisión.
Estaba harto de ser estudiante. Quería una vida de adulto, un hogar. Al pacto de fidelidad que hicimos, era él el que se aferraba más que yo, porque el
nuevo casamiento de su madre le había dejado un horror enfermizo por las rupturas, las separaciones. Nos casamos en el verano de 1944, y el comienzo de
nuestra felicidad coincidió con la alegría embriagadora de la Liberación. Maurice se sentía atraído por la medicina social. Encontró un empleo en Simca.
Era menos absorbente que ser médico de barrio y a él le gustaba su clientela de obreros.
Maurice se sintió decepcionado por la posguerra. Su trabajo en Simca comenzó a aburrirlo. Couturier (que había logrado acabar el internado) lo convenció
para entrar con él en la policlínica de Talbot, trabajar en su equipo, especializarse. Sin duda —Marie Lambert me lo hizo ver— yo luché demasiado violentamente
contra su decisión, hace ya diez años; sin duda le demostré demasiado que yo no me había resignado en el fondo de mi corazón. Pero no es una razón suficiente
para haber dejado de amarme. ¿Qué relación hay exactamente entre su cambio de vida y el de sus sentimientos?
Ella me preguntó si con frecuencia me hacía reproches, críticas. ¡Oh!, discutiendo, los dos tenemos la sangre caliente. Pero nunca es grave. Por lo menos
para mí.
¿Nuestra vida sexual? No sé en qué momento perdió su calor. ¿Quién de los dos se cansó primero? Me ha sucedido irritarme por su indiferencia: de ahí mi
flirteo con Quillan. ¿Pero quizá mi frialdad le había decepcionado? Es secundario, me parece. Eso podría explicar que se haya acostado con otras mujeres,
no que se haya separado de mí. Ni que se haya chiflado por Noëllie.
¿Por qué ella? Si por lo menos fuera verdaderamente hermosa, verdaderamente joven, o notablemente inteligente, yo comprendería. Sufriría, pero comprendería.
Tiene treinta y ocho años, es agradable sin más, y muy superficial. ¿Entonces, por qué? Dije a Marie Lambert:
—Estoy segura de que valgo más que ella.
Sonrió:
—La cuestión no es ésa.
¿Dónde está la cuestión? Salvo la novedad y un bonito cuerpo, ¿qué es lo que puede dar a Maurice que yo no le dé? Ella dice:
—Jamás comprendemos los amores de los demás.
Pero tengo una convicción que expreso con dificultad. Conmigo Maurice tiene una relación en profundidad, que compromete lo que en él hay de esencial y
que por lo tanto es indestructible. No está ligado a Noëllie sino por sus sentimientos más exteriores: cada uno de ellos podría amar a otro.. Maurice y
yo estamos soldados. El fallo consiste en que mi relación con Maurice no es indestructible, ya que él la destruye. ¿O lo es? ¿No siente por Noëllie más
que un antojo que adopta aspectos de pasión pero va a disiparse? ¡Ah!, esas espinas de esperanza que de vez en cuando me atraviesan el corazón, más dolorosas
que la misma desesperación.
Hay otra cuestión a la que doy vueltas en mi cabeza, a la que verdaderamente él no contestó: ¿Por qué me ha hablado ahora, y no antes? Desde todo punto
de vista debería haberme prevenido. Yo también habría tenido asuntos. Y habría trabajado; hace ocho años, habría encontrado el valor de hacer algo; no
habría ese vacío alrededor de mí. Esto es lo que chocó más a Marie Lambert: que por su silencio Maurice me haya negado la posibilidad de afrontar, armada,
una ruptura. Desde el momento en que dudó de sus sentimientos, debió impulsarme a construirme una vida independiente de él. Ella supone, y yo también,
que Maurice se calló para asegurar a sus hijas un hogar feliz. Cuando yo me felicitaba de la ausencia de Lucienne, después de sus primeras revelaciones,
me engañaba: no se trataba de un azar. Pero entonces es monstruoso: ha elegido para abandonarme el momento en que ya no tenía a mis hijas.
Imposible admitir que haya consagrado toda mi vida al amor de un hombre tan egoísta. ¡Con seguridad soy injusta! Marie Lambert me lo dijo, por otra parte:
«Habría que conocer su punto de vista. En estas historias de ruptura, contadas por la mujer, uno no entiende nunca nada». Es el «misterio masculino», mucho
más impenetrable que el «misterio femenino». Le sugerí que hablara con Maurice; se negó; yo tendría menos confianza en ella si ella le conociera. Fue muy
amistosa: pero aun así, con reticencias, con titubeos.
Decididamente, la persona que me sería más útil es Lucienne, con su sentido crítico tan agudo; todos estos años ha vivido en un estado de semihostilidad
respecto a mí que le permitiría aclararme las cosas. Pero por carta no me diría más que banalidades.
Jueves 10 de diciembre
Al ir a casa de Couturier, que no vive lejos de la de Noëllie, creí reconocer el coche. No. Pero cada vez que veo un Dauphine deportivo verde oscuro, con
un techo gris y dentro una manta verde y roja, me parece que es el mismo que el que yo llamaba nuestro automóvil, que ahora es su automóvil, puesto que
nuestras vidas ya no se confunden. Y siento angustia. Antes yo sabía siempre exactamente dónde estaba él, qué hacía. Ahora puede estar en cualquier parte:
justamente allí donde veo ese coche.
Era incongruente ir a ver a Couturier, y pareció muy embarazado cuando le anuncié por teléfono mi visita. Pero quiero comprender.
—Sé que usted es amigo de Maurice antes que nada —le dije al llegar—. No vengo a pedirle informaciones: únicamente a que me dé el punto de vista de un
hombre acerca de esta situación.
Se tranquilizó. Pero no me dijo absolutamente nada. El hombre necesita cambios más que la mujer. Una fidelidad de catorce años ya es algo muy escaso. Mentir
es normal: uno no quiera causar pena. Y cuando uno se enfada, dice cosas que no piensa. Seguramente que Maurice todavía me quiere: se puede querer a dos
personas de diferentes modos…
Todos os explican lo que es normal, es decir lo que sucede a los demás. ¡Y yo trato de utilizar esta clave universal! Como si lo que estuviera en juego
no fuera Maurice, yo, y lo que hay de único en nuestro amor.
¡Si habré caído bajo! Tuve un sobresalto de esperanza al leer en un semanario que en el plano amoroso esta semana los sagitario obtendrían un éxito importante.
En compensación, me entristecí hojeando en casa de Diana un librito de astrología: parece que sagitarios y capricornios no son de ninguna manera el uno
para el otro. Pregunté a Diana si sabía cuál era el signo de Noëllie. No. Me guarda rencor desde nuestra desagradable explicación, y se regodeó diciéndome
que Noëllie le había hablado un poco más largamente de Maurice. Ella no renunciará jamás a él, ni él a ella. En cuanto a mí, soy una mujer muy buena (esa
fórmula le gusta, parece), pero no aprecio a Maurice en su verdadero valor. Me costó contenerme cuando Diana me repitió esta frase. ¿Maurice se habrá quejado
de mí a Noëllie? «Tú, por lo menos, te interesas por mi carrera.» No, no puede haberle dicho eso, no quiero creerlo. Su verdadero valor… el de Maurice
no se reduce a su éxito social, lo sabe muy bien él mismo, es otra cosa lo que a él le conmueve de la gente. ¿O me equivoco respecto a él? ¿Tiene un lado
frívolo, mundano que cerca de Noëllie se desarrollaría? He tenido que esforzarme por reír. Y después dije que, así y todo, querría comprender qué es lo
que los hombres encuentran en Noëllie. Diana me dio una idea: hacer analizar nuestras tres caligrafías; me indicó una dirección y me dio una carta (sin
interés) de Noëllie. Busqué una de las cartas recientes de Maurice, escribí al grafólogo una nota en la que le pedía una respuesta rápida y fui a dejarlo
todo en su portería.
Sábado 12
Me siento confundida por los análisis del grafólogo. La caligrafía más interesante, según él, es la de Maurice: gran inteligencia, amplia cultura, capacidad
de trabajo, bastante reservado (resumo). En cuanto a mí, me encuentra muchas cualidades: equilibrio, alegría, franqueza, aguda preocupación por los demás;
también notó una especie de avidez afectiva que arriesga hacerme algo pesada a los que me rodean. Esto concuerda con lo que me reprocha Maurice: ser absorbente,
posesiva. Sé muy bien que esa tendencia existe en mí: ¡pero la he combatido tan enérgicamente! He hecho tal esfuerzo para dejar libres a Colette y a Lucienne,
no apabullarlas con preguntas, respetar sus secretos. Y a Maurice: ¡con tanta frecuencia he reprimido mi solicitud, contenido mis impulsos, evitado entrar
en su despacho a pesar de las ganas que tenía o comerle con los ojos cuando leía a mi lado! Quería estar al mismo tiempo presente y liviana para ellos:
¿he fracasado? La grafología revela las tendencias más que las conductas. Y Maurice me atacó por cólera. Su veredicto me deja insegura. De todas maneras,
aunque yo sea algo excesiva, demasiado demostrativa, demasiado atenta, en resumen, algo molesta, no es una razón suficiente para que Maurice prefiera a
Noëllie.
En cuanto a ella, su retrato, aunque es más contrastado que el mío y supone más defectos, me parece a fin de cuentas más halagador. Es ambiciosa, le gusta
aparentar pero tiene una sensibilidad matizada, mucha energía, generosidad y una inteligencia muy viva. No pretende ser alguien extraordinario; pero Noëllie
es tan superficial que no puede ser superior a mí, aun por la inteligencia. Será preciso que haga hacer un análisis comparativo. De todos modos, la grafología
no es una ciencia exacta.
Me torturo. ¿Cómo me ven los demás? Y objetivamente, ¿quién soy? ¿Soy menos inteligente de lo que imagino? Éste es el tipo de preguntas que es inútil plantear,
nadie se atreverá a contestarme que soy tonta. ¿Y cómo saber? Todo el mundo se cree inteligente, hasta las personas que a mí me parecen estúpidas. Por
eso una mujer siempre es más sensible a los cumplidos que se le hacen sobre su físico que a los que conciernen a su espíritu: en lo que hace al espíritu,
tiene sus evidencias íntimas, que todo el mundo tiene y que en consecuencia no prueban nada. Para conocer sus propios límites habría que poder superarlos:
eso es saltar por encima de su propia sombra. Yo comprendo siempre lo que me dicen, lo que leo: ¿pero a lo mejor comprendo demasiado deprisa, al no saber
captar las riquezas y las dificultades de una idea? ¿Ésas son las deficiencias que me impiden percibir la superioridad de Noëllie?
Sábado por la noche
¿Será éste el éxito prometido esta semana a los sagitario? Por teléfono Diana me comunicó una novedad que puede tener una importancia decisiva: Noëllie
estaría acostándose con el editor Jacques Vallin. Es la misma señora Vallin quien se lo dijo a una amiga de Diana: interceptó unas cartas y detesta a Noëllie.
¿Cómo hacérselo saber a Maurice? Está tan seguro del amor de Noëllie, se caería de las nubes. Lo que pasa es que no me creería. Me harían falta pruebas.
Pero no puedo ir a buscar a la señora Vallin, a quien no conozco, y pedirle las cartas. Vallin es muy rico. Entre él y Maurice, Noëllie lo elegiría a él
si consintiera en divorciarse. ¡Qué intrigante! Si al menos pudiera estimarla yo sufriría menos. (Ya sé. Otra mujer está diciéndose acerca de su rival:
si al menos pudiera despreciarla, sufriría menos. Por lo demás, yo misma he pensado: la estimo demasiado poco como para sufrir.)
Domingo 13
He enseñado a Isabelle las respuestas del grafólogo: no pareció convencida, no cree en la grafología. Sin embargo, la avidez afectiva que señala el análisis
encaja muy bien con los reproches de Maurice del otro día, le he hecho notar. Y sé que en efecto yo espero mucho de las personas; quizá les pido demasiado.
—Evidentemente. Como vives mucho para los demás, vives también mucho a través de ellos —me dijo—. Pero el amor, la amistad, es eso: una especie de simbiosis.
—Pero para alguien que se negara a la simbiosis ¿soy abrumadora?
—Se abruma a las personas que no quieren ser queridas cuando se las quiere, es una cuestión de situación, no de carácter.
Le pedí que hiciera un esfuerzo, que me dijera cómo me veía ella, qué pensaba de mí. Sonrió.
—En realidad yo no te veo. Eres mi amiga, estás ahí.
Sostuvo que cuando nada está en juego, nos gusta o no nos gusta estar con la gente pero no nos hacemos ninguna idea sobre ella. A ella le gusta estar conmigo,
eso es todo.
—Con franqueza, muy francamente, ¿me encuentras inteligente?
—Claro. Salvo cuando me planteas esta pregunta. Si las dos somos idiotas, cada una de nosotras encuentra a la otra inteligente: ¿y eso qué prueba?
Me repitió que en este asunto mis cualidades y mis defectos no estaban en cuestión: lo que atrae a Maurice es la novedad; dieciocho meses; todavía es novedad.
Lunes 14
El espantoso descenso al fondo de la tristeza. Por lo mismo que se está triste, no se tienen ganas de hacer nada alegre. Ya nunca pongo un disco cuando
me levanto. Ya nunca escucho música, no voy al cine, no me compro nada que me guste. Me he levantado al oír llegar a la señora Dormoy. He tomado mi té,
he comido una tostada por hacerle un favor. Y miro esta jornada todavía que voy a tener que vivir. Y me digo…
Llamaron al timbre. Un recadero me puso en los brazos un gran ramo de lilas y rosas con una nota: Feliz cumpleaños. Maurice. No bien se cerró la puerta,
me deshice en lágrimas. Me defiendo de la agitación, de tétricos proyectos, del odio: y estas flores, ese recuerdo de dulzuras perdidas, irremediablemente
perdidas, abatían todas mis defensas.
Hacia la una la llave giró en la cerradura y en mi boca hubo ese gusto espantoso, el sabor del miedo. (Exactamente el mismo que cuando iba a la clínica
a ver a mi padre agonizante.) Esa presencia familiar como mi propia imagen, mi razón de vivir, mi alegría, ahora es este extranjero, este juez, este enemigo:
mi corazón late de terror cuando empuja la puerta. Vino hacia mí rápidamente, me sonrió al tomarme en sus brazos:
—Feliz cumpleaños, querida.
Lloré sobre su hombro, silenciosamente. Él acariciaba mis cabellos:
—No llores. No quiero que seas muy desdichada. Te quiero tanto..
—Me dijiste que desde hace ocho años no me querías.
—No. Después te dije que no era verdad. Me importas mucho..
—¿Pero ya no me amas?
—Hay tantas clases de amor.
Nos sentamos, hablamos. Yo le hablaba como a Isabelle o a Marie Lambert, con confianza, amistad, despreocupación: como si no se hubiera tratado de nuestra
propia historia. Era un problema que discutíamos imparcialmente, gratuitamente, como hemos discutido tantos otros. Me sorprendí nuevamente de su silencio
de ocho años. Me repitió:
—Decías que te morirías de pena…
—Tú me autorizabas a decirlo: la idea de una infidelidad parecía angustiarte hasta tal punto…
—Me angustiaba. Por eso me callé: para que todo pasara como si yo no te engañase… Era magia… Y también tenía vergüenza, evidentemente…
Dije que sobre todo quería comprender por qué este año me había hablado. Admitió que en parte era porque sus relaciones con Noëllie lo exigían, pero también,
dijo, pensaba que yo tenía derecho a la verdad.
—Pero no dijiste la verdad.
—Por vergüenza de haberte mentido.
Me envolvía con esa mirada sombría y cálida que parece abrirlo ante mí hasta lo más profundo de su corazón, íntegramente entregado, parecía, inocente y
tierno, como antaño.
—Tu culpa más grande —dije— es haberme dejado aletargar en la confianza. Aquí estoy, a los cuarenta y cuatro años, las manos vacías, sin profesión, sin
otro interés que tú en la vida. Si me hubieras avisado hace ocho años, me habría organizado una vida independiente y aceptaría más fácilmente la situación.
—¡Pero Monique! —me dijo estupefacto—. Insistí muchísimo, hace siete años, para que aceptaras ese puesto de secretaria en la Revista médica. Se te presentaba
muy bien y podías llegar a un puesto interesante: ¡no quisiste!
Casi había olvidado esta proposición a tal punto me había parecido inoportuna:
—Pasar el día lejos de casa y de las niñas por cien mil francos al mes no veía qué interés podía tener —dije.
—Eso fue lo que me contestaste. Insistí mucho.
—Si me hubieras dicho tus verdaderos motivos, que ya no era todo para ti y que tenía también yo que tomar mis precauciones, habría aceptado.
—En Mougins, de nuevo te propuse trabajar. ¡Te negaste otra vez!
—En ese momento tu amor me bastaba.
—Aún estás a tiempo —dijo—. Me será fácil encontrarte una ocupación.
—¿Crees que eso me consolaría? Hace ocho años me hubiera parecido menos absurdo; hubiera tenido más posibilidades de llegar a algo. Pero ahora…
Machacamos largo rato sobre el asunto. Me doy perfecta cuenta que aliviaría su conciencia si me ofreciera algo qué hacer. No tengo ningunas ganas de aliviarla.
Volví sobre nuestra conversación del primero de diciembre: una fecha; ¿me juzga verdaderamente egoísta, imperiosa, absorbente?
—Aunque estuvieras enojado, ¿inventaste todo eso de cabo a rabo?
Titubeó, sonrió, explicó. Yo tengo los defectos correspondientes a mis cualidades. Soy atenta, vigilante, es algo precioso, pero a veces, cuando uno está
de mal humor, cansa. Soy tan fiel al pasado que el menor olvido parece un crimen, que uno se siente culpable cuando cambia de gusto o de opinión.. Concedido.
¿Pero me guarda rencor? Me lo guardó hace diez años, lo sé bien, discutimos bastante; pero es algo terminado puesto que hizo lo que quería y a la larga
yo le di la razón. Y nuestro casamiento, ¿él considera que yo le forcé la mano? En absoluto; decidimos juntos…
—Pero el otro día me reprochaste no interesarme por tu trabajo.
—Lo lamento un poco, es cierto; pero me parecería más lamentable que te esforzaras por interesarte simplemente para darme ese placer.
Su voz era tan alentadora que me atreví a plantear la pregunta que más me angustia:
—¿Me guardas rencor por Colette y Lucienne? ¿Te decepcionan y me responsabilizas a mí de ello?
—¿Con qué derecho estaría decepcionado, y con qué derecho te guardaría rencor?
—Entonces ¿por qué me hablaste con tanto odio?
—¡Ah!, la situación tampoco es fácil para mí. Me irrito conmigo y eso se vuelve injustamente contra ti.
—Con todo, ya no me amas como antes. Todavía me quieres, sí; pero ya no es el amor de nuestros veinte años.
—Para ti tampoco es ya el amor de nuestros veinte años. A los veinte años amaba el amor al mismo tiempo que te amaba a ti. Todo ese lado exaltado que yo
tenía entonces lo he perdido; eso es lo que ha cambiado.
Era agradable hablar con él amistosamente, como antes. Las dificultades se empequeñecían, las preguntas se disipaban en humo, los acontecimientos se fundían,
lo verdadero y lo falso se ahogaban en un tornasol de matices indistintos. En el fondo, no había pasado nada. Acababa creyendo que Noëllie no existía…
Ilusión, prestidigitación. De hecho, esta charla no ha valido absolutamente para nada. Hemos llamado a las cosas con otros nombres: las cosas no se han
movido. No he aprendido nada. El pasado sigue tan oscuro. El futuro tan incierto.
Martes 15
Ayer por la noche quise continuar la decepcionante conversación de la tarde. Pero Maurice tenía qué hacer después de cenar y una vez que terminó quiso
acostarse.
—Ya hemos hablado bastante esta tarde. No hay nada que agregar.. Mañana me levanto temprano.
—No dijimos nada, en realidad.
Adoptó un aspecto resignado:
—¿Qué más quieres que te diga?
—¡Bueno! Con todo hay algo que quisiera saber: ¿cómo ves nuestro futuro?
Se calló. Lo había puesto entre la espada y la pared.
—No quiero perderte. Tampoco quiero renunciar a Noëllie. En cuanto al resto, nada…
—¿Ella está de acuerdo con esta doble vida?
—Tiene que estarlo.
—Sí; como yo. ¡Cuando pienso que te atreviste a decirme en el Club 46 que entre nosotros no había cambiado nada!
—No dije eso.
—¡Estábamos bailando y me dijiste: «Nada ha cambiado»! ¡Y te creí!
—Eres tú, Monique, quien me dijo: «Lo esencial es que no haya cambiado nada entre nosotros». No dije lo contrario, me callé. Era imposible justo en ese
momento ir al fondo de las cosas.
—Lo dijiste. Me acuerdo perfectamente.
—Habías bebido mucho, sabes; reconstruiste…
Abandoné. ¿Qué importancia tiene? Lo importante es que no quiere renunciar a Noëllie. Lo sé y no puedo creerlo. Le anuncié bruscamente que había decidido
no ir a la nieve este invierno. He pensado mucho en eso y estoy contenta de haber tomado esa decisión. Me gustaba tanto la montaña con él, antes. Volver
a verla en estas condiciones sería un suplicio. Me sería insoportable ir allí con él en primer término y partir vencida, expulsada por la otra y cediéndole
el sitio. No me sería menos odioso suceder a Noëllie, sabiendo que Maurice la echa de menos, que comparar su silueta y la mía, mi tristeza con sus risas.
Acumularía las torpezas y él no tendría más que deseos de deshacerse completamente de mí.
—Pasa con ella los diez días que le prometiste, y vuelve —le dije.
Es la primera vez en este asunto que tomo una iniciativa, y pareció muy desconcertado.
—Pero Monique, tengo ganas de llevarte conmigo. ¡Hemos pasado en la nieve días tan hermosos!
—Justamente.
—¿No esquiarás este invierno?
—Sabes, hoy por hoy, los placeres del esquí no me atraen mucho.
Intentó convencerme, insistió, parecía desolado. A mi tristeza cotidiana estaba acostumbrado, pero privarme del esquí le produce remordimientos.. (Soy
injusta; no se acostumbra; rezuma mala conciencia, toma somníferos para dormir, tiene cara de enterrado vivo. No me conmuevo por eso, y más vale, hasta
le guardaría rencor. Si me tortura con conocimiento de causa y torturándose a sí mismo, es preciso que Noëllie le importe muchísimo.) Discutimos largo
rato. No cedí. Al final tenía un aspecto tan agotado (los rasgos tensos, ojeras) que lo mandé a dormir. Se entregó al sueño como a un puerto apacible.
Miércoles 16
Miro las gotas de agua deslizarse sobre el cristal que hace poco golpeaba la lluvia. No caen verticalmente; parecerían gusanitos que por razones misteriosas
fueran oblicuamente a la derecha, a la izquierda, filtrándose entre otras gotas inmóviles, deteniéndose, continuando como si buscaran algo. Me parece no
tener nada que hacer. Siempre tenía algo que hacer. Ahora, tejer, cocinar, escuchar un disco, todo me parece vano. El amor de Maurice daba importancia
a cada momento de mi vida. Es hueca. Todo es hueco: los objetos, los instantes. Y yo.
El otro día le pregunté a Marie Lambert si me encontraba inteligente. Su mirada clara se clavó en la mía.
—Usted es muy inteligente…
Dije:
—Hay un pero…
—La inteligencia se atrofia cuando no se la alimenta. Debería dejar que su marido le buscara trabajo.
—El tipo de trabajo del que soy capaz no me daría ningún resultado.
—Eso no es nada seguro.
Por la noche
Esta mañana he tenido una iluminación: todo es culpa mía. Mi error más grave ha sido no comprender que el tiempo pasa. Pasaba y yo estaba pasmada en la
actitud de la ideal esposa de un marido ideal. En lugar de reanimar nuestra vida sexual, yo me fascinaba con el recuerdo de nuestras noches pasadas. Me
imaginaba haber conservado mi rostro y mi cuerpo de treinta años, en lugar de cuidarme, de hacer gimnasia, de acudir a un instituto de belleza. Dejé que
mi inteligencia se atrofiara; ya no me cultivaba, me decía: más tarde, cuando las niñas se hayan ido. (A lo mejor la muerte de mi padre no es extraña a
esta dejadez. Algo se quebró. Detuve el tiempo a partir de ese momento.) Sí, la joven estudiante con que Maurice se casó, que se apasionaba por los acontecimientos,
las ideas, los libros, era muy diferente de la mujer de hoy cuyo universo cabe entre estas cuatro paredes. Es verdad que tenía tendencia a encerrar entre
ellas a Maurice. Creía que su hogar le bastaba, creía tenerlo todo para mí. En conjunto, daba todo por acordado: eso debió molestarlo, a él, que cambia
y que cuestiona todas las cosas. La irritación es algo que no perdona. No debería tampoco haberme emperrado en nuestro pacto de fidelidad. Si hubiera devuelto
a Maurice su libertad (y quizás utilizado la mía) Noëllie no se habría beneficiado de los prestigios de la clandestinidad. Yo habría encarado el asunto
inmediatamente. ¿Hay tiempo todavía? Dije a Marie Lambert que iba a explicarme sobre todo esto con Maurice y a tomar medidas. Ya me he puesto a leer un
poco, a escuchar discos: hacer un esfuerzo más serio. Rebajar algunos kilos, vestirme mejor. Charlar más libremente con Maurice, rechazar los silencios.
Ella me escuchó sin entusiasmo. Quisiera ella saber quién, Maurice o yo, fue el responsable de mi primer embarazo. Los dos. En fin, yo en la medida en
que me guié demasiado por el calendario, pero no es mi culpa si me traicionó. ¿Insistí yo en tener el niño? No. ¿En no tenerlo? No. La decisión surgió
sola. Me pareció escéptica. Su idea es que Maurice me guarda un serio rencor. Le opuse el argumento de Isabelle: los comienzos de nuestro matrimonio no
habrían sido tan felices si él no lo hubiera deseado. Su respuesta me parece muy alambicada: para no confesarse cuánto lo sentía, Maurice apostó al amor,
quiso la felicidad frenéticamente; una vez que ésta desapareció, volvió a encontrar el rencor que había acallado. Ella misma advierte que su explicación
es débil. Sus viejos rencores no habrían reaparecido con bastante virulencia como para alejarlo de mí si no hubiera tenido nuevos. Afirmé que no tenía
ninguno nuevo.
A decir verdad, Marie Lambert me irrita un poco. Todos ellos me irritan porque tienen el aspecto de saber cosas que yo no sé. Ya sea que Maurice o Noëllie
hagan circular su versión de los acontecimientos. Sea porque tengan las experiencias de este tipo de líos y me apliquen sus esquemas. Sea que me ven desde
fuera, como yo no logro verme, y que las cosas por eso se vuelvan claras. Se cuidan de mí y siento reparos cuando les hablo. Marie Lambert me aprueba por
haber renunciado a las vacaciones de invierno: pero en la medida en que me ahorro sufrimientos; no cree que las intenciones de Maurice cambien por ello.
Dije a Maurice que comprendía mis errores. Me detuvo con uno de esos gestos crispados a los que empiezo a acostumbrarme.
—No tienes nada que reprocharte. ¡No volvamos todo el tiempo al pasado!
—¿Y qué otra cosa tengo?
Ese pesado silencio.
No tengo nada más que mi pasado. Pero ya no es ni dicha ni orgullo: un enigma, una angustia. Querría arrancarle su verdad. ¿Pero uno puede fiarse de su
memoria? He olvidado muchas cosas, y parece que a veces hasta he deformado los hechos. (¿Quién dijo: «Nada ha cambiado»? ¿Maurice o yo? En este diario
he escrito que fue él. A lo mejor porque quería creerlo…) En cierto modo, es por hostilidad que contradije a Marie Lambert. Más de una vez advertí rencor
en Maurice. Él lo negó, el día de mi cumpleaños. Pero hay palabras, acentos que aún resuenan en mí; no había querido darles importancia y sin embargo me
acuerdo. Cuando Colette decidió hacer esa boda «idiota», está claro que al mismo tiempo que se irrita con ella, indirectamente me atacaba: su sentimentalismo,
su necesidad de seguridad, su timidez, su pasividad, de todo eso me hacía responsable. Pero sobre todo, la marcha de Lucienne le afectó. «Es para huir
de ti que Lucienne se ha ido.» Sé que lo piensa. ¿En qué medida es verdad? ¿O es que con una madre diferente (menos ansiosa, menos atenta) Lucienne habría
soportado la vida familiar? Me parecía no obstante que todo iba mejor entre nosotros, el año pasado, que ella estaba menos crispada: ¿por qué iba a irse?
Ya no sé nada. Si he fallado en la educación de mis hijas, toda mi vida no es más que un fracaso. No puedo creerlo. ¡Pero qué vértigo cuando la duda me
roza!
¿Maurice se queda conmigo por lástima? Entonces tendría que decirle que se fuera. No me atrevo. Si se queda, a lo mejor Noëllie se descorazona, apostando
por Vallin o por otro. O si no él recuperará el sentido de lo que hemos sido el uno para el otro.
Lo que me agota es la alternancia de su gentileza y de sus morosidades.. No sé nunca quién abre la puerta. Como si le horrorizara haberme hecho sufrir,
pero tuviese miedo de haberme dado demasiadas esperanzas, ¿tendré que permanecer en la desesperación? Entonces él olvidaría completamente quién he sido
y por qué me ha amado.
Jueves 17
Marguerite se ha fugado de nuevo y no logran encontrarla. Se ha escapado con una chica que es una verdadera pícara. Va a prostituirse, a robar. Es abrumador.
Pero no estoy abrumada. Nada me afecta.
Viernes 18
De nuevo les vi ayer por la noche. Merodeaban alrededor de El año 2000, adonde van con frecuencia. Bajaron del descapotable de Noëllie; él la cogió del
brazo, reían. En casa, aun en sus momentos de amabilidad, siempre tiene una cara siniestra; sus sonrisas son forzadas. «La situación no es fácil…» Cerca
de mí, no la olvida un instante. Con ella, sí. Él reía, relajado, despreocupado. Tuve ganas de lastimarla. Ya sé que es propio de hembras e injusto, ella
no me debe nada: pero es así.
La gente es cobarde. Pedí a Diana que me hiciera conocer a la amiga a quien la señora Vallin habló de Noëllie. Pareció incómoda. La amiga ya no está segura
de las cosas. Vallin se acuesta con una joven abogada, muy de moda. La señora Vallin no dijo su nombre. Una puede suponer que se trata de Noëllie, quien
varias veces defendió causas para la firma. Pero a lo mejor es otra… El otro día Diana fue categórica. O es la amiga que teme las historias, o es Diana
quien tiene miedo de que yo haga una. Me juró que no; ¡no pide otra cosa que ayudarme! Sin duda. Pero todos ellos tienen sus ideas sobre la mejor manera
de ayudarme.
Domingo 20
Cada vez que veo a Colette la abrumo a preguntas. Ayer tenía los ojos llenos de lágrimas por ese motivo.
—En lo que a mí respecta, nunca me pareció que nos protegieras demasiado, me gustaba ser protegida… ¿Qué pensaba Lucienne de ti el año pasado? No éramos
muy íntimas, también ella me juzgaba. Le parecíamos demasiado sentimentales, ella se hacía la dura de corazón. Por lo demás ¿qué interesa lo que pensaba
ella? No es un oráculo.
Ciertamente, Colette no se sintió nunca molesta, ya que ella se conformaba espontáneamente con lo que yo esperaba de ella. Y, evidentemente, no puede pensar
que es lamentable ser lo que ella es. Le pregunté si no se aburría. (Jean-Pierre es un gran tipo pero no es muy divertido.) No, estaría un tanto desbordada;
es menos simple de lo que ella creía tener que atender una casa. Ya no tiene tiempo de leer y escuchar música. «Trata de hacerlo —le dije—; si no, uno
termina embruteciéndose.» Le dije que hablaba con conocimiento de causa. Se rió: si yo soy tonta, ella también quiere serlo. Me quiere tiernamente, eso
por lo menos no podrán quitármelo. Pero ¿la he agobiado? Ciertamente, preveía para ella una existencia totalmente distinta: más activa, más rica. La mía,
a su edad, al lado de Maurice, lo era mucho más. ¿Y si se hubiera marchitado para vivir a mi sombra?
¡Cómo me gustaría verme con otros ojos que con los míos! He enseñado las tres cartas a una amiga de Colette que hace un poco de grafología. Sobre todo
le interesó la caligrafía de Maurice. Dijo cosas buenas de mí; mucho menos de Noëllie. Pero los resultados estaban falseados porque ella seguramente comprendió
el sentido de esta consulta.
Domingo por la noche
He tenido una sorpresa agradable, hace un rato, cuando Maurice me dijo: «Por supuesto, pasaremos juntos las fiestas de Fin de Año». Pienso que me ofrece
una compensación por esas vacaciones de invierno a las que renuncié. Poco importa la razón. He decidido no aguarme esta alegría.
27 de diciembre, domingo
Más bien es la alegría la que me ha aguado. Espero que Maurice no se haya dado cuenta. Había reservado una mesa en el Club 46. Suntuoso menú, excelentes
atracciones. Derrochó dinero y gentileza. Yo llevaba un bonito vestido nuevo, sonreía, pero estaba en intolerable estado de angustia. Todas esas parejas…
Bien vestidas, adornadas, peinadas, maquilladas, las mujeres reían mostrando sus dientes cuidados por excelentes dentistas. Los hombres les encendían sus
cigarrillos, les servían champán, cambiaban miradas y palabras tiernas. Los otros años, el lazo que unía a cada una con su cada uno, a cada uno con su
cada una me parecía palpable. Yo creía en las parejas, porque creía en la nuestra. Ahora veía individuos dispuestos al azar uno enfrente del otro. De vez
en cuando la vieja visión resucitaba; Maurice me parecía estar soldado a mi piel; era mi marido, como Colette mi hija, de una manera irreversible; una
relación que puede olvidarse, pervertirse, pero nunca anularse. Y después, entre él y yo, ya no pasaba nada: dos extraños. Tenía ganas de gritar: todo
es falso, es una comedia, es una parodia; beber champán juntos no es comulgar. Al volver a casa, Maurice me besó:
—¿Fue una bonita noche, no es cierto?
Tenía aspecto contento y relajado. Dije que sí, naturalmente.. El 31 de diciembre celebramos la Nochevieja en casa de Isabelle.
1 de enero
No debería regocijarme por el buen humor de Maurice: la verdadera razón es que va a irse diez días con Noëllie. Pero si a costa de un sacrificio recupero
su ternura y su alegría, en tanto que frecuentemente está tenso y gruñón, gano en el cambio. De nuevo éramos una pareja cuando llegamos a casa de Isabelle.
Más o menos desiguales, más o menos remendados, pero, con todo, unidos, las parejas nos rodeaban. Isabelle y Charles, los Couturier, Colette y Jean-Pierre
y otros. Había excelentes discos de jazz, me pasé un poco bebiendo y por primera vez desde… ¿cuánto tiempo?, me sentí alegre. La alegría: una transparencia
del aire, una fluidez del tiempo, una facilidad para respirar; no pedía más.. Ya no sé cómo llegué a hablar de las Salinas de Ledoux y a describirlas detalladamente.
Escucharon, plantearon preguntas, pero de pronto me pregunté si no tenía aspecto de imitar a Noëllie, de querer brillar como ella y si Maurice, una vez
más, no me encontraba irrisoria. Parecía algo crispado. Tomé a Isabelle aparte:
—¿He hablado demasiado? ¿He hecho el ridículo?
—¡Claro que no, era muy interesante lo que has dicho!
Estaba abrumada por verme tan inquieta. ¿Porque no debía estarlo, o porque tenía razón? Más tarde pregunté a Maurice por qué había parecido molesto:
—¡Pero si no lo estaba!
—Lo dices como si lo estuvieras.
—Pues no.
A lo mejor es mi pregunta lo que lo irrita. Ya no sé. Ahora, siempre, por todas partes, detrás de mis palabras y mis actos hay un reverso que se me escapa.
2 de enero
Ayer por la noche cenamos en casa de Colette. Pobre, se había tomado mucho trabajo y nada estaba bien. La miraba con los ojos de Maurice. A su apartamento
le falta encanto, es cierto. Incluso para vestirse, amueblar, casi no tiene iniciativa. Jean-Pierre es muy gentil, en adoración ante ella, un gran corazón.
Pero uno no sabe de qué hablarle. No salen, tienen pocos amigos. Una vida muy opaca, muy estrecha. De nuevo me pregunté con terror: ¿es mi culpa si la
brillante colegiala de quince años se ha vuelto esta joven apagada? Metamorfosis frecuente, he visto muchas parecidas: pero quizás era siempre culpa de
los padres. Maurice estuvo muy alegre, muy amistoso durante toda la noche y al salir no hizo comentarios. Supongo que no por eso lo pensaba menos.
Me pareció raro que Maurice pasara todo el día de ayer en casa, y la noche conmigo en casa de Colette. Tuve una sospecha y hace un rato llamé por teléfono
a casa de Noëllie: si ella hubiese contestado, habría colgado. Contestó su secretaria:
—La doctora Guérard volverá a París mañana..
¡Si seré ingenua! Noëllie se ha ido, así pues yo soy un comodín. Me ahogo de rabia. Tengo ganas de echar a Maurice, de acabar de una buena vez.
Ataqué violentamente. Me contestó que Noëllie se había ido porque él había decidido pasar estas fiestas conmigo.
—¡Claro que no!, ahora me acuerdo: siempre pasa las fiestas con su hija en casa de su marido.
—No pensaba quedarse más que cuatro días.
Me miraba con ese aspecto sincero que le cuesta tan poco.
—¡De todos modos, lo habéis combinado juntos!
—Por supuesto que le he hablado de ello. —Alzó los hombros—: Las mujeres no están contentas más que cuando lo que uno les da ha sido arrancado a la otra
por violencia. Lo que cuenta no es la cosa en sí misma: es la victoria conquistada.
Lo decidieron juntos. Y es verdad que eso arruina toda la alegría que me dieron estos días. Si ella se hubiera rebelado, seguramente él habría cedido.
Entonces, dependo de ella, de sus caprichos, de su grandeza de alma o de su mezquindad: de hecho, de sus intereses. Parten mañana por la noche para Courchevel.
Me pregunto si mi decisión no ha sido aberrante. Él no se toma más que quince días de vacaciones en lugar de tres semanas (lo que es un sacrificio, me
hizo notar, considerando su pasión por el esquí). Así pues, se queda cinco días más de lo que pensaba con Noëllie. Y yo pierdo diez días de intimidad con
él. Ella tendrá todo el tiempo para embaucarlo. A la vuelta, él me dirá que todo ha terminado entre nosotros. ¡Acabé de hundirme! Me digo esto con una
especie de inercia. Siento que de todos modos estoy perdida. Él me trata con miramientos, a lo mejor tiene miedo de que me liquide (lo cual está excluido,
no quiero morir), pero su apego a Noëllie no disminuye.
15 de enero
Debería abrir una lata. O prepararme un baño. Pero entonces seguiría dando vueltas con mi pensamiento. Si escribo, me ocupo en algo, eso me permite huir.
¿Cuántas horas sin comer? ¿Cuántos días sin lavarme? He dado vacaciones a la criada, me he encerrado, han llamado al timbre en dos ocasiones, han llamado
por teléfono con frecuencia, no respondo nunca, salvo a las ocho de la noche, a Maurice. Llama todos los días, puntualmente, con voz ansiosa:
—¿Qué has hecho hoy?
Contesto que voy a ver a Isabelle, Diana o Colette, que he estado en un concierto, en el cine:
—¿Y qué haces esta noche?
Digo que voy a ver a Diana o Isabelle, que iré al teatro. Insiste:
—¿Estás bien? ¿Duermes bien?
Lo tranquilizo y pregunto cómo está la nieve: nada extraordinario; y el tiempo tampoco brillante. Hay morosidad en su voz, como si ejecutara en Courchevel
una obligación bastante agotadora. Y sé que tan pronto como cuelgue llegará riendo al bar en que Noëllie lo espera y beberán martinis mientras comentan
con animación los incidentes del día.
Eso es lo que he querido, ¿no es cierto?
He elegido enterrarme en mi sepulcro; ya no veo el día ni la noche; cuando ando demasiado mal, cuando todo se vuelve intolerable, trago alcohol, sedantes
o somníferos. Cuando va un poco mejor, tomo estimulantes y me zambullo en una novela policíaca: estoy bien abastecida. Cuando el silencio me ahoga, enciendo
la radio y me llegan de un planeta lejano voces que apenas comprendo: ese mundo tiene su tiempo, sus horas, sus leyes, su lenguaje, preocupaciones, diversiones
que me son radicalmente extraños. ¡A qué grado de abandono se puede llegar cuando se está totalmente solo, encerrado! La habitación apesta a tabaco y a
alcohol, hay ceniza por todas partes, estoy sucia, las sábanas están sucias, el cielo está sucio, los cristales están sucios, esta suciedad es un caparazón
que me protege, no saldré de ella nunca más. Sería fácil deslizarse algo más lejos en la nada, hasta el punto sin retorno. En mi cajón tengo lo que hace
falta. ¡Pero no quiero, no quiero! ¡Tengo cuarenta y cuatro años, es demasiado pronto para morir, es injusto! Ya no puedo vivir más. No quiero morir.
Durante dos semanas no he escrito nada en este cuaderno porque me he releído. Y he visto que las palabras no dicen nada. Las rabias, las pesadillas, el
horror, escapan a las palabras. Pongo cosas en el papel cuando recupero fuerzas. En la desesperación o la esperanza. Pero la decepción, el embrutecimiento,
la descomposición no están anotadas en estas páginas. Y además ¡mienten tanto, se equivocan tanto! ¡Cómo he sido manipulada! Despacio, despacio, Maurice
me llevó a decirle: «¡Elige!», a fin de contestarme: «No renunciaré a Noëllie…». ¡Oh!, no voy a volver a comentar esta historia. No hay ni una línea de
este diario que no requiera una corrección o un desmentido. Por ejemplo, si lo empecé, en las Salinas, no es a causa de una juventud repentinamente recuperada
ni para poblar mi soledad, sino para conjurar una cierta ansiedad que no se confesaba. Estaba oculta en el fondo del silencio y del calor de esa inquietante
siesta, ligada a las morosidades de Maurice y a su partida. Sí, a todo lo largo de estas páginas yo pensaba lo que escribía y pensaba lo contrario; y al
releerlas me siento completamente perdida. Hay frases que me hacen ruborizar de vergüenza… «Siempre quise la verdad, si la obtuve es porque la quería.»
¡Puede alguien engañarse hasta ese punto respecto a su vida! ¿Todo el mundo es tan ciego o soy una tonta entre las tontas? No solamente una tonta. Yo me
mentía. ¡Cómo me he mentido! Me relataba que Noëllie no contaba para nada, que Maurice me prefería y sabía perfectamente que era falso. Volví a tomar la
pluma no para volver hacia atrás, sino porque el vacío era tan inmenso en mí, a mi alrededor, que era preciso este gesto de mi mano para asegurarme de
que aún estaba viva.
A veces me asomo a esta ventana desde donde le vi partir, un sábado por la mañana, hace una eternidad. Yo me decía: «No volverá». Pero no estaba segura
de ello. Era la intuición fulgurante de lo que ocurriría más tarde, de lo que ha ocurrido. No ha vuelto. No él: y un día no habrá ni siquiera su simulacro
a mi lado. El coche está ahí, estacionado contra la acera, lo ha dejado. Significaba su presencia y mirarlo me animaba. No indica más que su ausencia.
Se ha marchado. Se habrá marchado para siempre. No viviré sin él. Pero no quiero matarme. ¿Entonces?
¿Por qué? Me golpeo la cabeza contra las paredes de esta trampa. ¡No he amado durante veinte años a un canalla! ¡No soy, sin saberlo, una imbécil o una
fiera! Era real ese amor entre nosotros, era sólido: tan indestructible como la verdad. Únicamente que había ese tiempo que pasaba y yo no lo sabía. El
río del tiempo, las erosiones debidas a las aguas de los ríos: eso es, ha habido erosión de su amor por las aguas del tiempo. Pero entonces, ¿por qué no
del mío?
Saqué del armario las cajas donde guardamos nuestras viejas cartas. Todas las frases de Maurice que sé de memoria tienen por lo menos diez años. Es como
los recuerdos. Hay que creer entonces que el amor apasionado entre nosotros (por lo menos de él hacia mí) no duró más que diez años, cuyo recuerdo ha repercutido
durante los otros diez años, dando a las cosas una resonancia que verdaderamente no tenían. Sin embargo, él tenía las mismas sonrisas, las mismas miradas
durante estos últimos años. (¡Oh, si solamente recuperara esas miradas y esas sonrisas!) Las cartas más recientes son divertidas y tiernas, pero destinadas
a sus hijas casi tanto como a mí. De vez en cuando, una frase cálida contrasta con el tono habitual: pero tienen algo de forzado. Mis cartas…, las lágrimas
me cegaron cuando quise releerlas.
Las he releído y me queda un sentimiento de desasosiego. Al principio, son acordes con las de Maurice, ardientes y alegres. Más tarde suenan curiosamente,
vagamente quejosas, casi recriminatorias. Afirmo con demasiada exaltación que nos amamos como el primer día, exijo que él me tranquilice al respecto, planteo
preguntas que dictan las respuestas: ¿cómo pude contentarme con ellas, sabiendo que se las había arrancado? Pero no me daba cuenta, olvidaba. He olvidado
muchas cosas. ¿Qué ha sido de esa carta que él me mandó y que yo le dije haber quemado después de nuestra conversación por teléfono? Sólo me acuerdo vagamente;
estaba en Mougins con las niñas, él acababa de preparar un examen, le reproché no escribirme lo bastante, me contestó duramente. Muy duramente. Me lancé
sobre el teléfono, trastornada; pidió disculpas, me suplicó que quemara su carta. ¿Hay otros episodios que yo haya enterrado? Me imaginaba haber obrado
siempre de buena fe. Es horrible pensar que mi propia historia ya no es tras de mí otra cosa que tinieblas.
Dos días después
¡Pobre Colette! Me había esforzado en hablarle por teléfono dos veces, con voz alegre, para que no se inquietara. Pero así y todo la sorprendió que no
fuera a verla, que no le pidiera venir. Llamó al timbre y golpeó con tanta violencia que tuve que abrirle. Tuvo un aspecto tan estupefacto que me vi en
sus ojos. Vi el apartamento y quedé estupefacta también. Me forzó a asearme y a hacer una maleta e ir a instalarme en su casa. La criada pondrá todo en
orden. En cuanto Jean-Pierre se marcha, me aferro a Colette, la abrumo a preguntas.. ¿Discutíamos mucho, su padre y yo? Durante un cierto período, sí,
eso la aterró justamente porque hasta ese momento nosotros nos entendíamos tan bien. Pero a continuación ya nunca más hubo escenas, por lo menos en su
presencia.
—De todos modos, ¿ya no era como antes?
Dice que ella era demasiado joven para darse cuenta bien. No me ayuda. Podría darme la clave de esta historia si hiciera un esfuerzo. Me parece sentir
reticencia en su voz: como si también ella tuviera segundas intenciones. ¿Cuáles? ¿Yo me había vuelto muy desagradable? ¿Verdaderamente demasiado desagradable?
En este momento lo soy, sí: demacrada, los cabellos lacios, el cutis ensombrecido. ¿Pero hace ocho años? Eso no me atrevo a preguntárselo.
¿O soy tonta? ¿O por lo menos no lo bastante brillante para Maurice? Terribles preguntas cuando no se tiene la costumbre de interrogarse sobre sí mismo.
19 de enero
¿Debo creerlo? ¿Seré recompensada por este esfuerzo de dejar a Maurice libre, de no aferrarme a él? Por primera vez después de semanas, he dormido sin
pesadillas esta noche y algo se ha roto en mi garganta. La esperanza.
Frágil todavía, pero ahí estaba. Fui a la peluquería, al instituto de belleza, estaba bien arreglada, la casa reluciente, incluso había comprado flores
cuando Maurice volvió. Sin embargo, su primera frase fue:
—¡Qué aspecto tienes!
Es verdad que he adelgazado cuatro kilos. Había hecho jurar a Colette no decirle en qué estado me había encontrado, pero estoy casi segura de que ella
se lo ha dicho. ¡En fin!, quizá no ha estado equivocada.
Él me tomó entre sus brazos.
—¡Mi pobre querida!
—Todo va muy bien —le dije.
(Había tomado Librium, quería estar sosegada.) Y para mi estupor, vi lágrimas en sus ojos.
—¡Me he portado como un canalla!
Dije:
—No es una canallada amar a otra mujer. No puedes evitarlo.
Dijo alzando los hombros:
—¿La quiero?
Desde hace dos días me alimento de esta frase. Han pasado dos semanas juntos en el ocio y la belleza de la montaña, y él vuelve diciendo: «¿La quiero?».
Es una partida que no me hubiera atrevido a jugar a sangre fría; pero mi desesperación me favoreció. Esa larga conversación ha comenzado a desgastar su
pasión. Repitió: «¡No quería eso! No quería hacerte desdichada». Ése es un clisé que me conmueve poco. Si él no hubiera tenido más que un impulso de piedad,
yo no habría vuelto a tener esperanza. Pero preguntó en voz alta delante de mí: «¿La quiero?». Y me digo que quizás es el comienzo de la descristalización
que va a separarlo de Noëllie y devolvérmelo.
23 de enero
Ha pasado todas las noches en casa. Ha comprado nuevos discos y los hemos escuchado. Me ha prometido que para fines de febrero haríamos un viajecito por
el sur.
La gente simpatiza más a gusto con la desgracia que con la felicidad. Dije a Marie Lambert que en Courchevel Noëllie se había desenmascarado y que Maurice,
sin duda, estaba volviendo a mí definitivamente.
Dijo con desgana:
—Si es definitivo, tanto mejor.
Finalmente no me dio ningún consejo valedero. Estoy segura de que hablan de mí a mis espaldas. Tienen sus ideas sobre mi historia. No me las confían. Dije
a Isabelle:
—Tuviste razón al impedirme crear lo irreparable. En el fondo, Maurice nunca ha dejado de amarme.
—Supongo —me respondió con un tono más bien dubitativo.
Reaccioné vivamente.
—¿Supones? ¿Piensas que ya no me ama? Afirmabas siempre lo contrario…
—No opino nada preciso. Tengo la impresión de que él mismo no sabe lo que quiere.
—¿Qué? ¿Has sabido algo nuevo?
—En absoluto.
No veo qué es lo que habría sabido. Simplemente, tiene espíritu de contradicción: me reconfortaba cuando yo dudaba; introduce dudas cuando me vuelve la
confianza.
24 de enero
Tendría que haber colgado, haber dicho: «No está aquí»; o incluso no responder nada. ¡Qué desfachatez! ¡Y ese rostro trastornado de Maurice! Hablarle con
firmeza dentro de un rato, cuando vuelva. Miraba los periódicos a mi lado cuando llamaron por teléfono: Noëllie. Es la primera vez: una vez es demasiado.
Muy educada:
—Quisiera hablar con Maurice.
Estúpidamente, le pasé el auricular. Hablaba apenas, tenía aspecto terriblemente fastidiado. Repitió muchas veces: «No, es imposible». Y terminó diciendo:
«Bueno. Voy a ir». En cuanto hubo cortado grité:
—¡No irás! Atreverse a buscarte aquí.
—Escucha. Nos habíamos peleado violentamente. Ella está desesperada porque no he dado señales de vida.
—Yo también he estado desesperada a menudo y jamás te llamé a casa de Noëllie.
—¡Te lo suplico, no me hagas las cosas demasiado difíciles! Noëllie es capaz de matarse.
—¡Vamos!
—No la conoces.
Caminaba de un lado para otro, dio un puntapié a un sillón y comprendí que, de todas maneras, iría. Durante días nos habíamos entendido tan bien que de
nuevo fui cobarde. Dije: «Vete». Pero tan pronto como vuelva, le hablaré. Nada de escenas. Pero no quiero ser tratada como un trapo.
25 de enero
Estoy destrozada. Me telefoneó para decirme que pasaba la noche en casa de Noëllie, que no podía dejarla en el estado en que ella se encontraba. Protesté,
colgó, volvió a llamar, dejé sonar mucho tiempo y entonces descolgaron. Me faltó poco para saltar a un taxi e ir a llamar al timbre a casa de Noëllie.
No me atreví a afrontar el rostro de Maurice. Salí, caminé en el frío de la noche, sin ver nada, sin detenerme, hasta el agotamiento. Un taxi me trajo
de vuelta y me derrumbé vestida en el diván del salón. Maurice me despertó:
—¿Por qué no te has acostado? —Había reprobación en su voz. Horrible escena. Dije que había pasado esos días conmigo porque se había peleado con Noëllie,
al primer silbido, él acudía, yo ya podía reventar de dolor.
—¡Eres injusta! —me dijo con indignación—. Si quieres saberlo, es a causa de ti que discutimos.
—¿De mí?
—Ella quería que prolongara nuestra estancia en la montaña.
—Di más bien que quería que terminaras conmigo.
Lloré, lloré.
—Sabes que terminarás por dejarme.
—No.
30 de enero
¿Qué pasa? ¿Qué saben ellos? Ya no son los mismos conmigo. Isabelle anteayer… Estuve agresiva con ella. Le reproché haberme dado malos consejos. Desde
el primer día cedí todo, aguanté todo. Resultado: Maurice y Noëllie me tratan como a un trapo. Se defendió un poco: no sabía al principio que se tratara
de una relación ya antigua. Dije:
—Y no querías admitir que Maurice es un canalla.
Protestó:
—No. ¡Maurice no es un canalla! Es un hombre entre dos mujeres: en un caso así nadie es brillante.
—No debió meterse en esta situación.
—Sucede en los mejores casos.
Ella es indulgente con Maurice porque ha aceptado muchas cosas de Charles. Pero entre ellos era una historia totalmente diferente.
—Ya no creo que Maurice sea un buen tipo —dije—. Descubro que tiene pequeñeces. Lo herí en su voluntad al no maravillarme ante sus éxitos.
—En eso eres injusta —me dijo con una especie de severidad—. Si a un hombre le gusta hablar de su trabajo, no es vanidad. Siempre me sorprendió que te
preocuparas tan poco del de Maurice.
—No tengo nada interesante que decirle.
—No. Pero seguramente él hubiera querido ponerte al corriente de sus dificultades, de sus descubrimientos.
Me vino una sospecha:
—¿Le has visto? ¿Te ha hablado? ¿Te ha convencido?
—¡Tú sueñas!
—Me sorprende que te pongas de su parte. Si es un buen tipo, entonces yo soy quien tiene toda la culpa.
—Claro que no; la gente puede no entenderse sin que nadie tenga la culpa.
Ella me hablaba en otro tono, antes. ¿Qué palabras tiene en la punta de la lengua, que no me dice?
Volví descorazonada. ¡Qué recaída! Prácticamente, pasa todo su tiempo con Noëllie. Durante los escasos momentos que me concede, evita las conversaciones:
me lleva al restaurante o al teatro. Tiene razón; es menos penoso que reencontrarnos en lo que ha sido nuestro hogar.
Colette y Jean-Pierre son verdaderamente amables. Se ocupan mucho de mí. Me llevaron a cenar a un restaurante pintoresco de Saint-Germaine-des-Prés donde
ponían excelentes discos; sonó un blues que he escuchado a menudo con Maurice y comprendí todo mi pasado, toda mi vida, que iba a serme suprimida, que
ya había perdido. Bruscamente, me desvanecí, antes de haber, parece, lanzado un grito. Volví en mí casi enseguida. Pero Colette estaba consternada. Se
encolerizó:
—No quiero que te arruines de esta manera. Teniendo en cuenta el modo como papá se comporta contigo, deberías mandarlo a paseo. Que se vaya a vivir con
esa mujer, estarás mucho más tranquila.
Hace solamente un mes no me habría dado ese consejo.
El hecho es que, si fuese buena perdedora, diría a Maurice que se fuera. Pero mi última oportunidad es que Noëllie por un lado se ponga nerviosa, haga
escenas, se muestre tal como es. Y también que mi buena voluntad conmueva a Maurice. Y después, incluso si su presencia es poco frecuente, aquí queda de
todas maneras su hogar. No vivo en un desierto. Debilidad, lasitud; pero no tengo razón para maltratarme, intento sobrevivir.
Miro mi estatuilla egipcia: está bien pegada. La habíamos comprado juntos. Estaba toda penetrada de ternura, de azul del cielo. Ahí está desnuda, desolada;
la tomo en mis manos y lloro. Ya no puedo ponerme el collar que Maurice me había regalado cuando cumplí cuarenta años. A mi alrededor, todos los objetos,
todos los muebles han sido raspados por un ácido. No queda otra cosa que una especie de esqueleto, lastimoso.
31 de enero
Pierdo los estribos. Caigo más abajo, siempre más bajo. Maurice es gentil, solícito. Pero oculta mal su alegría de haber reencontrado a Noëllie. Ya no
diría: «¿La quiero?». Ayer, yo cenaba con Isabelle y me derrumbé sobre su hombro sollozando. Afortunadamente estaba en un bar muy oscuro. Dijo que abuso
de los excitantes y de los tranquilizantes, que me trastorno. (Es verdad que me trastorno. He vuelto a sangrar esta mañana, quince días antes de lo que
hubiera debido.) Marie Lambert me aconseja ver a un psiquiatra: no un psicoanálisis, sino un tratamiento de apoyo. Pero, ¿qué podrá hacer por mí?
2 de febrero
En otros tiempos, tenía carácter, habría echado a Diana, pero no soy más que un trapo. ¿Cómo he podido frecuentarla? Ella me entretenía, y en esa época
nada tenía importancia.
—¡Oh, cómo ha adelgazado! ¡Qué aspecto tan fatigado tiene usted!
Ella venía por curiosidad, por maldad, lo sentí enseguida. Hubiera sido preciso no recibirla. Se puso a parlotear, yo no escuchaba. Bruscamente atacó:
—Me causa demasiada pena verla en este estado. Reaccione, cambie de ideas; por ejemplo: salga de viaje. Si no, tendrá una depresión nerviosa..
—Estoy muy bien.
—¡Vamos, vamos!, no se haga mala sangre. Créame, llega un momento en el que es necesario saber retirarse.
Puso cara de duda.
—Nadie se atreve a decirle la verdad; yo encuentro que a menudo querer andar con demasiadas contemplaciones, a la gente no le hace más que daño. Es necesario
que usted se convenza de que Maurice ama a Noëllie: es muy serio.
—¿Noëllie le ha dicho eso?
—No solamente Noëllie. Amigos que los han visto con frecuencia, en Courchevel. Parecían completamente decididos a organizar su vida juntos.
Intenté adoptar un aspecto desenvuelto.
—Maurice le miente a Noëllie tanto como a mí.
Diana me miró con conmiseración.
—En todo caso, la habré prevenido. Noëllie no es el tipo de chica que se deje embaucar. Si Maurice no le da lo que ella quiere, lo dejará. Y evidentemente
él lo sabe. Me asombraría que no actuara en consecuencia.
Se fue casi enseguida. La estoy oyendo. «¡Esa pobre Monique! ¡La cabeza que tiene! Se hace todavía ilusiones.» La zorra. Evidentemente, él ama a Noëllie;
no me torturaría porque sí.
3 de febrero
No debería hacer preguntas. Son cables que le echo y él se agarra enseguida. Pregunté a Maurice.
—¿Es verdad lo que cuenta Noëllie, que has decidido vivir con ella?
—Ella seguramente no cuenta eso, porque no es verdad.
Dudó.
—Lo que yo querría (no le he hablado de ello, te concierne a ti) es vivir solo durante algún tiempo. Entre nosotros hay una tensión que desaparecerá si
dejamos (provisionalmente, claro) de vivir juntos.
—¿Quieres dejarme?
—Claro que no. Nos veríamos tanto como ahora.
—¡No quiero!
Grité. Me cogió por los hombros.
—¡Basta! ¡Basta! —me dijo con dulzura—. Era una idea en el aire. Si te es tan penosa, renuncio a ella.
Noëllie quiere que él me deje, insiste, hace escenas: estoy segura de ello. Ella es quien lo incita. No cederé.
6 de febrero, luego sin fecha
¡Qué valentía inútil para las cosas más simples, cuando se ha perdido el gusto de vivir! Por la noche, preparo la tetera, la taza, el hervidor, dispongo
cada cosa en su lugar para que por la mañana la vida prosiga con el menor esfuerzo posible. Y así y todo es casi insuperable salir de entre las sábanas,
comenzar el día. Hago venir a la criada al mediodía para poder quedarme en la cama todo lo que quiero por la mañana. A veces me levanto justo cuando Maurice
vuelve a la una para almorzar. O si no vuelve, justo cuando la señora Dormoy hace girar la llave en la cerradura. Maurice frunce el ceño cuando lo recibo
a la una, en salto de cama, despeinada. Piensa que le hago la comedia de la desesperación. O que, al menos, no hago el esfuerzo necesario para «vivir correctamente»
la situación. Él también me da la lata.
—Deberías ver a un psiquiatra.
Continúo sangrando. ¡Si mi vida pudiera escaparse de mí sin que tenga que hacer el menor esfuerzo para eso!
Debe de haber una verdad. Debería tomar el avión para Nueva York e ir a preguntar a Lucienne la verdad. Ella no me quiere: me la dirá. Entonces borraría
todo lo que está mal, todo lo que me perjudica, volvería a poner las cosas en su sitio entre Maurice y yo.
Ayer por la noche, cuando Maurice volvió, estaba sentada en el salón, en la oscuridad, en bata. Era domingo, me levanté al promediar la tarde; comí jamón
y bebí coñac. Y después me quedé sentada, para seguir unos pensamientos que daban vueltas a mi cabeza. Antes de su llegada, tomé tranquilizantes, y volví
a sentarme en el sillón, sin siquiera ocurrírseme encender la luz.
—¿Qué haces? ¿Por qué no enciendes la luz?
—¿Para qué?
Me sorprendió, afectuosamente pero con un fondo de irritación. ¿Por qué no veo a mis amigos? ¿Por qué no he ido al cine? Me citó cinco películas para ver.
Es imposible. Hubo un tiempo en el que podía ir al cine, incluso al teatro, sola. Es que no estaba sola. Estaba su presencia en mí y alrededor de mí. Ahora,
cuando estoy sola, me digo: «Estoy sola». Y tengo miedo.
—No puedes continuar así —me dijo.
—¿Continuar qué?
—Sin comer, sin vestirte, enterrándote en este apartamento.
—¿Por qué no?
—Te pondrás enferma. O chiflada. No puedo ayudarte, porque yo soy la causa. Pero te lo suplico, que te vea un psiquiatra.
Dije que no. Insistió. Al final se impacientó.
—¿Cómo quieres salir de esto? No haces nada.
—¿Salir de qué?
—De este marasmo. Se diría que te hundes a propósito..
Se encerró en su escritorio. Piensa que le hago una especie de chantaje, para aterrarlo y evitar que me deje. Quizá tenga razón. ¿Es que sé quién soy?
Quizás una especie de sanguijuela que se alimenta de la vida de los otros: la de Maurice, la de nuestras hijas, la de todos esos pobres «perros falderos»
a los que pretendía ayudar. Una egoísta que rehúsa soltar la presa; bebo, me abandono, me hago la enferma con la intención inconfesada de enternecerlo.
Enteramente engañada, podrida hasta los huesos, haciendo comedias, explotando su lástima. Debería decirle que viva con Noëllie, que sea feliz sin mí. No
lo logro.
La otra noche, en sueños, tenía un vestido azul cielo y el cielo era azul.
Esas sonrisas, esas miradas, esas palabras, no pueden haber desaparecido. Flotan en el apartamento. Las palabras a menudo las escucho. Una voz dice en
mi oído, muy claramente: «Mi pequeña, mi querida, mi querida…». Las miradas, las sonrisas, habría que atraparlas al vuelo, tomarlas por sorpresa sobre
el rostro de Maurice, y entonces todo sería como antes.
Continúo sangrando. Tengo miedo.
«Cuando se está tan bajo no se puede más que subir», dice Marie Lambert. ¡Qué estupidez! Siempre se puede descender más bajo, y todavía más, y todavía
más bajo. Es sin fondo. Dice eso para desembarazarse de mí. Está harta de mí. Todos están hartos. Las tragedias están bien un momento, uno se interesa,
uno tiene curiosidad, se siente bueno. Y después se repite, se atasca, se vuelve fastidioso; es tan fastidioso, incluso para mí. Isabelle, Diana, Colette,
Marie Lambert, ya están hasta la coronilla; y Maurice…
Un hombre había perdido su sombra. No sé ya lo que le pasaba, pero era terrible. Yo he perdido mi imagen. No la miraba a menudo, pero, en el fondo estaba
allí, tal como Maurice la había pintado para mí. Una mujer directa, verdadera, «auténtica», sin mezquindad ni compromiso pero comprensiva, indulgente,
sensible, profunda, atenta a las cosas y a la gente, apasionadamente entregada a los seres que amaba y creando para ellos la felicidad. Una hermosa vida,
serena y plena, «armoniosa». Está oscuro, ya no veo. ¿Y qué ven los otros? Quizás algo horrible.
Hay conciliábulos a mis espaldas. Entre Colette y su padre, Isabelle y Marie Lambert, Isabelle y Maurice.
20 de febrero
He terminado por doblegarme a ellos. Tenía miedo de mi sangre que huía. Miedo del silencio. Había tomado la costumbre de telefonear a Isabelle tres veces
por día, a Colette en medio de la noche. Entonces ahora yo pago a alguien para que me escuche, es para morirse de risa.
Insistió en que volviera a escribir este diario. Comprendo bien su truco: intenta devolverme el interés por mí misma, restituirme mi identidad. Pero para
mí nada más que Maurice cuenta. Yo, ¿qué es eso? Nunca me he preocupado mucho de mí. Estaba garantizada, puesto que me amaba. Si ya no me ama… Únicamente
el paso me preocupa: ¿por qué he merecido que ya no me ame? O no lo he merecido, es un canalla, ¿y no habría que castigarlo y con él a su cómplice? El
doctor Marquet toma las cosas por el otro lado: mi padre, mi madre, la muerte de mi padre; quiere que le hable de mí, y yo sólo quiero hablarle de Maurice
y de Noëllie. Sin embargo, le pregunté si me encontraba inteligente. Sí, ciertamente, pero la inteligencia no es una facultad separada; cuando doy vueltas
con mis obsesiones mi inteligencia ya no está disponible.
Maurice me trata con esa mezcla de delicadeza y de sorda irritación que se tiene con respecto a los enfermos. Es paciente, paciente hasta darme ganas de
gritar. Lo que a veces hago. Volverme loca: eso sería una buena manera de desligarme. Pero Marquet me asegura que eso no me amenaza, estoy sólidamente
estructurada. Incluso con el alcohol y las drogas, no me extravié nunca demasiado. Es una salida que se me ha cerrado.
23 de febrero
La hemorragia se ha detenido. Y logro comer un poco. La señora Dormoy resplandecía, ayer, porque me había tragado todo su suflé de queso. Me conmueve.
Durante esta larga pesadilla de la que emerjo apenas, nadie ha sido más acogedor que ella. Cada noche encontraba sobre mi almohada un camisón bien planchado.
Entonces, a veces, en lugar de acostarme completamente vestida, me ponía el camisón que por su blancura me obligaba a higienizarme. Ella me decía por la
tarde: «Le he preparado un baño» y yo lo tomaba. Inventaba platos apetitosos. Sin nunca un comentario ni una pregunta. Y yo tenía vergüenza, tenía vergüenza
de dejarme llevar siendo como soy rica y ella no teniendo nada.
«Colabore», pide el doctor Marquet. Quiero, quiero intentar reencontrarme. Me he plantado frente al espejo: ¡qué fea estoy!, ¡qué desagradable es mi cuerpo!,
¿desde cuándo? En mis fotos de hacía dos años, me encuentro agradable. En las del año pasado no tengo aspecto tan desmejorado, pero son fotos de principiantes.
¿Es la desdicha de estos cinco meses que me ha cambiado? ¿O he empezado a venirme abajo desde hace mucho tiempo?
Escribí a Lucienne, hace una semana. Me respondió con una carta muy afectuosa. Está desolada por lo que me ocurre, no pediría nada mejor que hablar de
ello conmigo, a pesar de que no tenga nada especial que decirme. Sugiere que vaya a verla a Nueva York, podría arreglarse para pasar allí dos semanas,
charlaríamos y eso además me distraería. Pero no quiero partir ahora. Quiero luchar en mi lugar.
Cuando pienso que decía: «¡No lucharé!».
26 de febrero
He obedecido al psiquiatra, he aceptado el trabajo. Voy a la sala de periódicos de la Nationale a expurgar viejas revistas médicas por cuenta de un tipo
que escribe sobre la historia de la medicina. No sé en qué puede resolver esto mis problemas. Cuando tengo listas dos o tres fichas por día, no experimento
ninguna satisfacción.
3 de marzo
¡Aquí estamos! Se me ha enviado al psiquiatra, se me ha hecho recuperar fuerzas antes de asestarme el golpe definitivo. Es como esos médicos nazis que
reanimaban a las víctimas para que se volviera a torturarlas. Le grité: «¡Nazi! ¡Torturador!». Tenía un aspecto agobiado. Verdaderamente, era él la víctima.
Llegó hasta decirme:
—¡Monique, ten algo de piedad de mí!
Me explicó de nuevo con mil precauciones que la convivencia no nos servía de nada, que él no iría a instalarse en casa de Noëllie, no, pero que tomaría
un apartamento para él. Eso no nos impediría vernos, incluso pasar una parte de las vacaciones juntos. Dije que no, le insulté. Esta vez no dijo que abandonaría
su idea.
¡Qué cuento chino la ergoterapia! He abandonado ese trabajo idiota.
Pienso en el cuento de Poe: los muros de hierro que se acercan, y el péndulo en forma de cuchillo que oscila por encima de mi corazón. En ciertos momentos
se detiene, pero jamás se eleva. No está más que a algunos centímetros de mi piel.
5 de marzo
Le he contado al psiquiatra nuestra última escena. Me dijo: «Si tiene coraje para ello, convendrá seguramente más que, durante algún tiempo al menos, usted
se aleje de su marido». ¿Es que Maurice le pagó para que me dijera eso? Lo miré bien de frente.
—Es curioso que no me lo haya dicho antes.
—Esperaba que la idea viniera de usted.
—No viene de mí, viene de mi marido.
—Sí. Pero, a pesar de todo, usted me ha hablado de ello.
Y después comenzó a embrollarme con historias de personalidad perdida y reencontrada, de distancia a tomar, de retorno a sí mismo. Cuentos.
8 de marzo
El psiquiatra acabó de desmoralizarme. No tengo fuerzas, no intento luchar. Maurice está buscando un apartamento amueblado: tiene varios en perspectiva.
Esta vez ni siquiera he protestado. No obstante, nuestra conversación fue horrible. Dije sin cólera, completamente abatida, vacía:
—Mejor habrías hecho advirtiéndome desde tu regreso, o aún en Mougins, que habías decidido dejarme.
—Para empezar, no te dejo.
—Juegas con las palabras.
—Segundo, no había decidido nada.
Una niebla pasó ante mi vista.
—¿Quieres decir que me has puesto a prueba durante seis meses y que he malgastado mi oportunidad? Es abominable.
—Claro que no. Se trata de mí. Esperaba arreglármelas entre Noëllie y tú. Me vuelvo loco. Ya ni siquiera logro trabajar.
—Es Noëllie quien exige que te vayas.
—Ella no soporta mejor que tú la situación.
—¿Si yo la hubiera soportado mejor, te quedarías?
—Pero no podías. Incluso tu gentileza, tu silencio me devastan.
—Me dejas porque sufres demasiado por la lástima que te inspiro.
—¡Oh, te lo ruego, compréndeme! —dijo con una voz implorante.
—Comprendo —repliqué.
Tal vez no mentía. Quizá no estaba decidido, este verano; en frío, incluso debía parecerle atroz la idea de destrozarme el corazón. Pero Noëllie lo acosó.
¿Acaso lo ha amenazado con romper? Entonces, finalmente, él me tira por la borda.
Repetí:
—Comprendo, Noëllie te pone entre la espada y la pared. Me dejas o ella te planta. ¡Y bien! Es francamente soez. Hubiera podido aceptar que me guardaras
un pequeño hueco en tu vida.
—Pero si te guardo uno, uno grande.
Titubeaba: ¿negar o reconocer que cedía a Noëllie? Lo provoqué.
—Nunca hubiera creído que cederías a un chantaje.
—No hay ni maniobra ni chantaje. Tengo necesidad de un poco de soledad y de silencio, tengo necesidad de un sitio para mí: verás como todo irá mejor entre
nosotros.
Había elegido la versión que le parecía debía hacerme menos daño. ¿Era verdadera? No lo sabré nunca. Lo que sé en compensación es que dentro de uno o dos
años, cuando me haya habituado, vivirá con Noëllie. ¿Dónde estaré? ¿En un asilo? Me da lo mismo. Todo me da lo mismo…
Él insiste (y también Colette e Isabelle, y lo han tramado juntos, y quizá sugerido a Lucienne su invitación) para que vaya a pasar dos semanas a Nueva
York. Me será menos penoso si se muda en mi ausencia, me explican. El hecho es que cuando le vea vaciar sus armarios, no me salvaré de una crisis de nervios.
Bueno. Cedo una vez más. Lucienne me ayudará quizás a comprenderme, aunque ya no tenga ninguna importancia, por hoy.
15 de marzo. Nueva York
No puedo por menos que esperar el telegrama, la llamada telefónica de Maurice que me anuncie: «He roto con Noëllie»; o simplemente: «Cambié de opinión.
Me quedo en casa». Y por supuesto, no llega.
¡Pensar que habría sido tan feliz al ver esta ciudad! Y es como si estuviera ciega.
Maurice y Colette me llevaron al aeropuerto, estaba atiborrada de tranquilizantes. Lucienne se haría cargo de mí al llegar: un equipaje que no cambia de
depósito, una inválida, o una retrasada. Dormí, no pensé en nada y aterricé en la niebla. ¡Qué elegante se ha vuelto Lucienne! Ya no es una jovencita:
una mujer, muy segura de sí. (Ella que detestaba a los adultos. Cuando le decía: «Reconoce que tengo razón», se enfurecía: «Te equivocas en tener razón».)
Me condujo en coche a un bonito apartamento que una amiga le ha prestado por dos semanas, en la calle Cincuenta. Y mientras deshacíamos mis maletas yo
pensaba: «La forzaré a explicarme todo. Sabré por qué fui condenada. Será menos insoportable que la ignorancia». Me dijo:
—Te queda muy bien haber adelgazado.
—¿Estaba demasiado gorda?
—Un poco. Estás mejor.
Su voz medida me intimidaba. Aun así, por la noche traté de hablarle. (Tomábamos unos martinis en un bar ruidoso donde hacía un calor terrible.)
—Nos has visto vivir —le dije—. Eras muy crítica respecto a mí. No tengas miedo de herirme. Trata de explicarme por qué tu padre ha dejado de quererme.
—Pero mamá, al cabo de quince años de matrimonio, es normal que uno deje de querer a su mujer. ¡Lo contrario sería lo sorprendente!
—Hay gente que se quiere toda la vida.
—Aparentan.
—Escucha, no me respondas como los otros, con generalidades. Es normal, es natural: no me satisface. Seguramente he cometido errores. ¿Cuáles?
—Has cometido el error de creer que las historias de amor duraban. Yo ya lo he comprendido; en cuanto empiezo a apegarme a un tipo, me busco otro.
—¡Entonces no amarás nunca!
—Seguramente, no. Ya ves a donde lleva.
—¡Para qué vivir si uno no ama a nadie!
No puedo desear no haber amado a Maurice, ni siquiera hoy no amarle más: querría que me amara.
En los días siguientes insistí:
—Sin embargo, mira a Isabelle, mira a Diana, y a los Couturier: hay matrimonios que duran.
—Es una cuestión estadística. Cuando apuestas al amor conyugal, te adjudicas una oportunidad de quedarte plantada a los cuarenta años, con las manos vacías.
Sacaste un número malo; no eres la única.
—No atravesé el océano para que me digas banalidades..
—Tiene tan poco que ver con una banalidad que no habías pensado en eso nunca y que ni siquiera quieres creerlo.
—¡Las estadísticas no explican lo que me sucede a mí!
Alza los hombros, desvía la conversación, me lleva al teatro, al cine, me muestra la ciudad. Pero yo me encarnizo:
—¿Tenías la impresión de que yo no comprendía a tu padre, que no estaba a su altura?
—A los quince años, seguro, como todas las jovencitas enamoradas de su padre.
—¿Qué pensabas, exactamente?
—Que no lo admirabas lo suficiente; para mí era una especie de superhombre.
—Seguramente estuve equivocada al no interesarme más en sus trabajos. ¿Crees que me guardaba rencor?
—¿Por eso?
—Por eso o por otra cosa.
—No, que yo sepa.
—¿Disputábamos mucho?
—No. No en mi presencia.
—En 1955, a pesar de todo; Colette se acuerda…
—Porque ella estaba siempre entre tus faldas. Y era mayor que yo.
—¿Entonces, por qué causa supones que tu padre me deja?
—A menudo los hombres, a una edad así, tienen ganas de empezar una vida nueva. Se imaginan que será nueva toda la vida.
Verdaderamente, no saco nada de Lucienne. ¿Piensa tan mal de mí que le es imposible decírmelo?
16 de marzo
—Rehúsas hablarme de mí: ¿piensas tan mal?
—¡Qué idea!
—Machaco, es verdad. Quiero ver claro en mi pasado.
—El porvenir es lo que cuenta. Búscate un tipo. O consíguete una ocupación.
—No. Necesito a tu padre.
—Volverá a ti, quizá.
—Sabes perfectamente que no.
Hemos tenido diez veces esta conversación. A ella también la aburro, la harto. Tal vez si la llevara al límite terminaría por ceder y hablar. Pero es de
una paciencia que me descorazona. Quién sabe si ellos no le han escrito para exponerle mi caso y exhortarla a soportarme.
¡Dios mío!, es algo tan liso una vida, es nítido, cuando todo va bien se desliza fácilmente. Y basta con un tropiezo. Se descubre que es opaca, que no
se sabe nada de nadie, ni de sí mismo ni de los otros: lo que son, lo que piensan, lo que hacen, cómo nos ven.
Le pregunté cómo juzgaba a su padre.
—¡Oh, yo no juzgo a nadie!
—¿No te parece que se ha comportado como un canalla?
—Francamente, no. Seguramente se hace ilusiones respecto a esta tipa. Es un ingenuo. Pero no un cochino.
—¿Piensas que tiene derecho a sacrificarme?
—Evidentemente, es duro para ti. ¿Pero por qué debería sacrificarse él? En cuanto a mí, sé bien que no me sacrificaría por nadie.
Lo dijo como una especie de fanfarronada. ¿Es tan dura como quiere aparentar? Me lo pregunto. Me parece mucho menos segura de sí misma de lo que pensé
en un primer momento. Ayer la interrogué sobre ella:
—Escucha, querría que fueras sincera conmigo, tengo necesidad de ello (tu padre me ha mentido tanto). ¿Es por mí que has venido a Norteamérica?
—¡Qué idea!
—Tu padre está convencido. Me lo reprocha enormemente. Sé que yo te agobiaba. Te he agobiado desde siempre.
—Más vale, digamos, que no estoy dotada para la vida de familia.
—Era mi presencia lo que no soportabas. Te marchaste para liberarte de mí.
—No exageremos; tú no me oprimías. No: solamente quise saber si podía volar con mis propias alas.
—Ahora lo sabes.
—Sí, sé que puedo.
—¿Eres feliz?
Dijo con un tono agresivo:
—Mi vida me conviene perfectamente.
Trabajo, salidas, encuentros fugaces: esa existencia me parece árida. Ella tiene brusquedades, impaciencias (no solamente conmigo) que me parecen delatar
una desazón. Eso también es seguramente por mi error, esa negativa del amor: mi sentimentalismo la descorazonó, se esmeró para no parecérseme. Hay algo
rígido, casi ingrato en sus maneras. Me presentó a algunos de sus amigos y he quedado impresionada por su actitud con ellos: siempre alerta, distante,
cortante, su risa no tiene alegría.
20 de marzo
Algo no funciona bien en Lucienne. Hay en ella, dudo en escribir la palabra, me da horror, pero es lo único que conviene: maldad. Crítica, burlona, malévola,
siempre la he conocido así; pero es con una verdadera rabia que despedaza a la gente que llama sus amigos. Se complace en decirles verdades desagradables.
De hecho son simples relaciones. Hizo un esfuerzo por presentarme a gente, pero en general vive muy sola. La maldad: es una defensa; ¿contra quién? En
todo caso, no es la muchacha fuerte, brillante, equilibrada, que yo imaginaba desde París. ¿Es que he fracasado con las dos? ¡No, oh, no!
Le pregunté:
—¿Encuentras como tu padre que Colette ha hecho un matrimonio idiota?
—Ha hecho el matrimonio que debía hacer. No soñaba más que con el amor, era fatal que se encaprichase por el primer chico que encontrara.
—¿Era culpa mía, si ella era así?
Rió, con su risa sin alegría:
—Siempre has tenido un sentido muy exagerado de tus responsabilidades.
Insistí. Según ella, lo que cuenta en una infancia es la situación psicológica, tal como existe sin que lo sepan los padres, casi a pesar de ellos. La
educación, en lo que tiene de consciente, de deliberado, sería muy secundaria. Mis responsabilidades serían nulas. Magro consuelo. No pensaba tener que
defenderme de ser culpable: mis hijas eran mi orgullo.
Le pregunté también:
—¿Cómo me ves?
Me miró sorprendida.
—Quiero decir: ¿cómo me describirías?
—Eres muy francesa, muy soft, como se dice aquí. Muy idealista también. Careces de defensa, es tu único defecto.
—¿El único?
—Claro que sí. Aparte de eso, eres animada, alegre, encantadora.
Era más bien sumaria su descripción. Repetí.
—Animada, alegre, encantadora…
Pareció molesta:
—¿Cómo te ves tú?
—Como una ciénaga. Todo es tragado por el cieno.
—Te reencontrarás.
No, y es quizá lo peor. Advierto sólo ahora cuánta estima tenía en el fondo por mí misma. Pero todas las palabras por las cuales intentaría justificarla,
Maurice las ha asesinado; el código según el cual yo juzgaba a los otros y a mí misma, él lo ha repudiado. Nunca había soñado en contestarle; es decir,
en contestarme. En el presente me pregunto: ¿a título de qué preferir la vida interior a la vida mundana, la contemplación a las frivolidades, la devoción
a la ambición? No tenía otra cosa sino crear felicidad alrededor de mí. No he hecho feliz a Maurice. Y mis hijas tampoco lo son. ¿Entonces? No sé nada.
No solamente quién soy sino cómo habría que ser. El negro y el blanco se confunden, el mundo es un magma y no tengo ya contornos. ¿Cómo vivir sin creer
en nada, ni en mí misma?
Lucienne se escandalizaba de que Nueva York me interesara tan poco. Antes no salía mucho de mi cáscara, pero cuando lo hacía me interesaba por todo: los
paisajes, la gente, los museos, las calles. Ahora soy una muerta. ¿Una muerta que tiene todavía cuántos años para ir tirando? Una jornada, ya, cuando abro
un ojo, por la mañana, me parece imposible llevarla hasta el fin. Ayer cuando me bañaba, nada más que levantar un brazo me planteaba un problema: ¿por
qué levantar un brazo, por qué poner un pie delante del otro? Cuando estoy sola, me quedo inmóvil durante unos minutos sobre el borde de la acera, enteramente
paralizada.
23 de marzo
Parto mañana. A mi alrededor, la noche está siempre tan espesa. Telegrafié para pedir que Maurice no vaya a Orly. No tengo coraje de afrontarlo. Se habrá
ido. Vuelvo y él se habrá ido.
24 de marzo
Heme aquí. Colette y Jean-Pierre me esperaban. Cené en su casa. Me han acompañado hasta aquí. La ventana estaba negra; siempre estará negra. Subimos la
escalera, ellos dejaron las maletas en el salón. No quise que Colette se quedara a dormir: tendré que acostumbrarme. Me he sentado delante de la mesa.
Estoy sentada. Y miro esas dos puertas: el despacho de Maurice; nuestra habitación. Cerradas. Una puerta cerrada, algo que acecha detrás. No se abrirá
si no me muevo; jamás. Detener el tiempo y la vida.
Pero sé que me moveré. La puerta se abrirá lentamente y veré lo que hay detrás de la puerta. Es el porvenir. La puerta del porvenir va a abrirse. Lentamente.
Implacablemente. Estoy en el umbral. No hay más que esta puerta y lo que acecha detrás. Tengo miedo. Y no puedo llamar a nadie en mi auxilio.
Tengo miedo.
 
 
La mujer rota.
Simone de Beauvoir.
 
Traducción: Dolores Sierra y Neus Sánchez