Texto publicado por Nelson

Historia de detectives.

Juan Marsé.
Historia de detectives.
 
Con pequeños malentendidos con la realidad construimos las creencias y las esperanzas, y vivimos de las cortezas a las que llamamos panes, como los niños
pobres que juegan a ser felices.
FERNANDO PESSOA,
Libro del Desasosiego
 
 
1
En los días luminosos, desde la zona alta de la ciudad, desde esta calle que se encabrita en la colina como si quisiera mirarse en el Mediterráneo, la
vista alcanza muy lejos mar adentro y el corazón se engaña: el barrio dormido es una atalaya sobre un sueño que no acaba de discurrir. A veces, sin embargo,
más allá del puerto y su rompeolas, más allá de la blanca espuma de los balandros que festonea el litoral, en la popa de los buques de carga que parecen
anclados en el horizonte y en el herrumbroso castillo de proa de los grandes petroleros que navegan hacia el Sur, hemos visto centellear los aros de plata
en las orejas de los marineros acodados a la borda, las sirenas tatuadas en sus pechos de bronce y los corazones traspasados por la flecha bajo un nombre
de mujer; si te fijas mucho, claro, si de verdad quieres ver lo que miras y no te dejas deslumbrar por el sol.
Pero en los días grises, la mirada se enreda en el zarzal de neblinas y humos rasantes que atufan el laberinto de Horta y La Salud, y no consigue ir más
allá. La ciudad se aplasta remota y gris, como una charca enfangada, una agua muerta.
Fue un día malo de éstos, lloviznando y con ráfagas de viento helado, cuando nos juntamos en el automóvil para un trabajito especial. Por la ventanilla
vimos una gaviota que planeaba extraviada en medio de la ventisca. A ratos el viento arreciaba y entonces la lluvia parecía suspendida en el aire, silenciosa
y oblicua. Después, la gaviota se dejó caer en picado sobre nosotros, rozó con su ala cenicienta el parabrisas astillado del Lincoln y antes de remontar
el vuelo nos miró de soslayo con su ojo de plomo.
—Un día de mil demonios —dijo Marés sentado al volante, y convidó a fumar—. Abrid bien los ojos.
Habló con su voz de ventrílocuo, sin mover los labios. Y como en sueños, a través del humo más azul y más transparente que jamás haya soltado un apestoso
cigarrillo elaborado en años apestosos, vimos cruzar el descampado, viniendo hacia nosotros, a una mujer con boina gris y gabardina clara, muy pálida y
muy guapa y llorosa. Era un sábado por la tarde de un mes de abril que parecía noviembre.
Juanito Marés escrutó a David y a Jaime, en los asientos de atrás, y después a mí. Al clavarme el codo en las costillas, comprendí que me había elegido:
—Bonitas piernas —dijo mirando a la mujer.
—Sí, jefe.
—¿Te gustan?
—Ya lo creo, jefe.
—Pues no las pierdas de vista.
Entornó los ojos de gato y puso cara de viejo astuto Barry Fitzgerald ordenando al poli sabueso seguir a la chica en La Ciudad Desnuda, añadiendo con la
voz ronca:
—Andando, es toda tuya.
Ella pasó por nuestro lado dejando en el aire un acre perfume a cebollas y lágrimas, tal vez a vinagre. Bajo los faldones de la gabardina, muy ceñida en
la cintura, la plenitud de las curvas sugería unos muslos que por fuerza tenían que rozarse al andar. Sin embargo, era una mujer delgada, de pechos pequeños
y fina de caderas. No la conocíamos de nada, nunca la habíamos visto, pero el jefe sabía algunas cosas: que era nueva en el barrio, que vivía en la pensión
Ynes con un niño pequeño y que su marido la había abandonado. Se hacía llamar señora Yordi, pero al parecer su verdadero nombre no era ése.
—Es todo lo que sabemos —concluyó Marés dándome otra vez con el codo—. En marcha.
Tiré el cigarrillo, me calé el sombrero hasta la nariz y bajé del automóvil sin poder apartar los ojos de aquellas piernas largas enlutadas por las medias
y la lluvia, cruzando un mar de fango negro.
Una trepidante aventura iba a comenzar, y algo me decía que esta vez acabaría mal. Me quedé parado unos segundos bajo la lluvia fina, junto al morro del
Lincoln. Ante mí se abría el Campo de la Calva, una explanada negruzca y encharcada al final de la calle, sobre la falda de la colina festoneada de ginesta.
Un barrio tan alto, tan cerca de las nubes, que aquí la lluvia todavía está parada antes de caer, solía decir Marés. Esta plataforma sobre la colina había
sido proyectada como plaza pero aún no era nada, un barrizal; a un lado había una hilera de casas bajas con la taberna de Fermín y la papelería-librería,
y al otro lado nada, el declive del monte y los pinos y castaños con Vallcarca al fondo. Lo llamaban Campo de la Calva porque los moros de Regulares jugaron
aquí un partido de fútbol con la cabeza cortada y rapada de una puta, y dicen que de tanto patearla y hacerla rodar, la cabeza se quedó lisa y pulida como
una bola de billar, sin nariz ni ojos ni orejas, y que la mandíbula se soltó y que al final del partido la enterraron con la boca abierta. Tiempo después,
nosotros excavamos el Campo y lo único que encontramos fue la calavera de un perro.
Estaba pensando en todo eso mientras veía alejarse a la señora Yordi.
—¡¿Qué demonios estás esperando?! —bramó el jefe asomándose a la ventanilla del Lincoln—. ¡Vamos, síguela!
—Creo que esta mujer nos traerá problemas.
—No te pases de listo, Roca. Quiero un informe completo, así que espabila.
—Es muy difícil «marcar» a una mujer tan bonita sin llamar la atención, jefe.
—¡Pues a ver cómo te las apañas! ¡Andando!
—Está bien, ya voy.
Pero seguía allí clavado sin poder moverme, como si la boca abierta de la furcia calva, debajo de la tierra, se hubiese cerrado como un cepo en mis tobillos.
Soplaba un viento racheado y cabrón que arrastraba papeles y hojas de laurel por la Bajada de la Gloria. Hacia Los Penitentes, al otro lado de la colina
de las Tres Cruces, del cielo gris se descolgaban nubes borrascosas como peñascos de piedra pómez.
Marés soltó una maldición y finalmente me puse en marcha tras la señora Yordi. La suerte estaba echada.
Cuando la señora ya había dejado atrás la papelería de Susana y se disponía a torcer en la esquina, el viento cambió bruscamente de dirección y la embistió
por la espalda, y entonces ella se dobló un poco hacia atrás y pareció que se reclinaba confortablemente en el mismo viento, dejándose llevar un trecho
por él: los faldones de la gabardina pegados a las nalgas, la corta melena negra partida en dos sobre la nuca, sujetándose la boina con la mano. Me perturbó
un zureo de palomas, el olor afrutado de su axila.
Al verla desaparecer en la esquina, me subí el cuello de la cazadora y aceleré el paso.
2
Dos horas después estaba de vuelta y Marés seguía sentado al volante. Abrió la puerta del coche con el pie y me senté a su lado. Por el retrovisor vi a
David y a Jaime derrumbados en los asientos de atrás con el pelo mojado y los ojos de fiebre. Salieron después que yo, pero habían terminado antes. Ahora
llovía un poco más.
—Al volver he pasado por casa —dije a modo de disculpa—. Bien. La he seguido durante tres cuartos de hora. Cogió la Bajada y Nuestra Señora del Coll y
luego siguió por Avenida Hospital Militar, siempre en dirección Lesseps. Ya no lloraba.
Encendí un cigarrillo y reflexioné, cerrando los ojos en medio de las espirales de humo para ver mejor, otra vez, el movimiento de sus caderas. La señora
camina todo el rato con la barbilla enhiesta y los ojos bajos, sin prisas, sin sentir la lluvia. No la sentiríamos en la cara si no la encrespara el viento,
recuerdo que pensé, esto es un calabobos muy fino. No llora, pero dirías que la acosan amargos pensamientos. Va sin paraguas y la gabardina le queda corta,
tres dedos por encima de la rodilla —y la falda del vestido aún debe ser más corta, pues ni siquiera asoma—, el bolso colgado al hombro, medias color ceniza
y zapatos de tacón alto con dos tiras negras cruzándose enroscadas por encima del tobillo.
Tendrá unos treinta años y los pómulos altos y pulidos como de marfil. Cada vez que vuelve la cabeza, tras la tenue cortina de lluvia vislumbro unos ojos
oscuros almendrados y el párpado dulce y parsimonioso, oriental. Durante algún trecho la sigo tan de cerca que puedo oler la lluvia en su pelo y oír el
roce de las medias de seda en los muslos.
—Cuando quiera detalles sobre su persona, ya te los pediré —dijo secamente Marés—. Prosigue.
Pasamos frente al bar Las Cañas, cine Mahón, la charcutería de la plaza, la tintorería, la Delegación de Falange. A su paso, hombres tambaleantes y mal
afeitados la miran hurgándose los bolsillos del pantalón, mascullando roncas obscenidades. Quizá para ahuyentar su tristeza, ella se para ante un escaparate
y mirándose en el cristal atusa con los dedos su airosa melena, corrige la posición de su boina, saca del bolso una barra de carmín que restrega con fuerza
por sus labios y finalmente se frota los párpados de cera, tan estáticos y misteriosos, con la yema del dedo anular. Se parece asombrosamente a Fu-Lo-Suee,
la hija de Fu-Manchú: los mismos ojos de china perversa y venérea, caliente y oriental.
—Quise verla mejor y me paré cerca, simulando atarme el cordón del zapato —añadí con la voz nasal, detectivesca, y capté de reojo el desdeñoso bufido del
jefe—. Pero entonces ella se vuelve inesperadamente y me mira, quieta, con sus ojos de hielo. El corazón me da un vuelco. ¡Hostia, qué mirada! Me hago
el distraído guipando a un lado, al vagabundo que empuja renqueante un cochecito de niño cargado de botellas y trapos viejos, y que tropieza en el bordillo
y a punto está de caerse, pobre diablo.
Interrumpí el informe para darle al cigarrillo un par de chupadas, y a mi espalda David soltó una tos pedregosa y espesa como una mermelada barata hecha
de algarrobas o Dios sabe qué. Medité en la continuación de mi relato viendo rebotar la lluvia sobre el morro del automóvil, un Lincoln Continental 1941
de líneas aerodinámicas y radiador cromado venido de quién sabe dónde a morir aquí como chatarra. De su pasado esplendor quedaba algún destello en medio
de la herrumbre, algún cristal, pero todo él parecía más bien una gran cucaracha calcinada y sin patas, sin ruedas ni motor, y nadie en el barrio recordaba
cómo y cuándo había llegado hasta aquí arriba, quién lo abandonó sobre esta pequeña loma al noroeste de la ciudad, y por qué. El Lincoln estaba varado
en el mar de fango negro y cercado por un montón de cosas muertas: pedazos de estufas de hierro, una butaca desventrada, pilas de neumáticos, somieres
oxidados y colchonetas mugrientas y desgarradas.
—Un poco más abajo, delante de cine Roxy, el manco que vende tabaco y cerillas debajo de un paraguas me la empieza a piropear guarramente. Ella se pasa
a la otra acera, calle Salmerón abajo. Y no volvió la vista atrás ni una sola vez. Entonces vi algo que me puso los pelos de punta: un tranvía casi la
atropella.
Les estaba contando solamente lo que había pasado, pero lo bueno era lo que me habría gustado a mí que pasara, las cosas que llegué a imaginar mientras
la seguía de cerca embebido en el olor a musgo de su pelo. Por ejemplo, el tranvía la atropella y su cabeza golpea contra el empedrado y pierde el sentido.
Está allí en el suelo con una bata de raso blanco y chinelas con borlas rosadas, se interrumpe la circulación, se forma un corro de gente a su alrededor
y alguien pide un médico y una voz dice que se le haga el boca a boca, rápido, quién sabe hacer el boca a boca. La misma accidentada, en medio de su inconsciencia,
me señala con el dedo suplicando que le haga el boca a boca.
—Vaya. Te tocó la china —dijo David.
Así que me decido y le hago el boca a boca a la señora con el beneplácito de todos los presentes. Tiene los labios fríos como gusanos de seda y éste es
el beso más extraño e inolvidable de mi vida. Hacia el final, ella abre un instante sus ojos de china maligna y caliente, y me mira fijo. En sus pupilas
luminosas la lluvia se refleja combada, fruncida por el viento, como una miniatura.
La luz fugitiva de la tarde, ahora, aquí, planea como un pájaro de oro sobre el mar de fango.
3
—No pasó nada más hasta llegar casi a la Rambla del Prat —proseguí—. Delante del bar Estadio se encontró con alguien que no esperaba. Charles Lagartón,
el panadero, que está parado al borde de la acera esperando para cruzar, se vuelve y sonríe a la señora Yordi descolgando morros y papada como un asqueroso
sapo chafardero que es: Vaya, ¿usted por aquí?, un poco lejos de nuestro barrio, ¿verdad?, y con este tiempo tan malo. Y ella disimulando su contrariedad
y su fastidio, algo nerviosa, pero amable: Pues mire, precisamente iba a comprar un paraguas… Mentira, como veremos en seguida.
Me paro detrás del buzón de correos, agachándome, pero el gordo Lagartón me ve, y también ella, otra vez. Inevitable, si quiero mantenerme cerca y enterarme
de lo que hablan. A través de la llovizna ahora peinada por el viento, afilada y gris como pelajos de rata, mis ojos no se apartan de la boca de la señora
Yordi, que dice:
—Mire este niño. Me viene siguiendo desde lo alto de la calle Verdi.
Charles Lagartón entornó los ojitos de cerdo y me guipó un rato, las manos enlazadas a la espalda y las piernas cortas separadas como si estuviera de pie
en la cubierta de la «Bounty» poniendo cara bestial de capitán Bligh con su asquerosa verruga en la mejilla.
—Hum —gruñó—. Es el chico de Berta. Maldita sea, el domingo pasado él y su pandilla de trinchas desarrapados estuvieron siguiéndome cuando paseaba junto
a la estación de Sants.
¿Os dais cuenta? Lo llama pasear, a estraperlear con sacos de harina, el cabrón. Pero ella, tan discreta y paciente, tan oriental y misteriosa bajo la
llovizna, se desentiende de esas patrañas. Dice:
—¿Ah, sí, también le seguían a usted? ¿Y por qué?
—Por nada. Juegan.
—¿Y a qué juegan?
—A detectives, a espías —gruñe el panadero—. Escogen a una persona cualquiera que pasa por la calle, y la siguen durante horas, si es preciso…
—Vaya —recelando ella pero no de mí, sino del gordo malcarado que sonríe burlón con su boca de besugo y la mira fijo como intentando adivinar sus pensamientos—.
Qué divertido, ¿no?
Como ya sabéis, añadí, a esta distancia yo entiendo lo que hablan dos personas porque de pequeño aprendí a leer el movimiento de los labios.
—Que sí, que ya lo sabemos —impaciente David.
Observé al jefe Marés. Me escuchaba con aire pensativo y severo, los brazos sobre el volante y la mirada al frente, más allá del ciego parabrisas. Había
encendido otro de sus famosos cigarrillos de anís Players de Virginia que llevaba en una caja de metal azul pálido y David volvió a toser su mermelada
pedregosa. Jaime palmeó su espalda doblada y protestó en su nombre:
—¿Cómo puedes fumar esta porquería?
—Huele a anís.
—Huele a alpargatas quemadas. Apesta.
—El coche es lo que apesta —le dije.
—Es pura mierda —insistió Jaime—. ¿Por qué no compras aunque sea Ideales, de vez en cuando?
—Silencio —ordenó el jefe sin levantar la voz—. Termina con tu maldito informe, Roca. Y procura ir al grano.
—Sí, jefe.
Con su cara de enterado, el gordo panadero insiste en sus explicaciones reteniendo a la señora Yordi:
—Bueno, eso dicen estos sinvergüenzas. Que es un juego de espías y de agentes secretos. O de atracadores, vaya usted a saber.
—¡No me diga!
—Fíjese en el sombrero que lleva éste. Era de su padre, que está en la cárcel por atracador y por rojo separatista.
Ella lo mira con verdadero odio durante una fracción de segundo. Es muy difícil percibir eso en unos ojos achinados que siempre miran todo con una dulzura
perversa y como sifilítica, una especie de pus en la pupila, seguramente porque han visto muchas miserias en esta vida; pero me di cuenta. Y me llegó también
la frialdad de su voz al responderle:
—Cómo puede decir eso, señor Oms.
—Es mala gente, todo el barrio lo sabe.
La señora Yordi iba a replicar, pero se contuvo. Finalmente, más relajada, dijo:
—En fin. Cosas de críos.
—De todos modos es una falta de educación, que la sigan, y más tratándose de una señora como usted. Si este niño la molesta, llame a un guardia…
—No, de ningún modo.
Enfurruñada, haciendo por irse. Qué gusto seguir el borroso movimiento rosado de sus labios mientras se despide una y otra vez del pesado Lagartón, sin
conseguir librarse de él. Porque este fati con ojos de rana venenosa no para de hablar: que son unos golfos y no valen para nada, que se pasan el santo
día en los billares y en la calle y en el cine, o acurrucados como polluelos en el interior de este automóvil podrido y lleno de piojos varado en medio
del fango y las basuras, nido de pordioseros, fumando y planeando seguimientos y pesquisas por la ciudad misteriosa y corrompida, husmeando el delito entre
la niebla y «marcando» de cerca a los sospechosos bajo la lluvia, mientras se oye a lo lejos la sirena de un buque pidiendo entrada en el puerto.
Las sirenas de los buques, en días borrascosos como éste, nos hacían pensar en putas francesas apoyadas en farolas, de noche, con faldas de satín negro
abiertas en el costado.
—Déjelos, no son más que niños que juegan a películas —decía ella—. Y adiós, se me hace tarde.
—Que no, que ya son muy ganapias, señora —excitándose el panadero estraperlista y mamón—. ¡Que ni crecen ni reverdecen de la maldad que se los come!
—Bueno, no se ponga usted así.
—Se empieza con pistolas de juguete y atracos de película.. Balas de saliva, muertos de mentira. Pero un día serán de verdad, señora, como el sombrero
de éste. Habrá que verlos de mayores. Peor que la peste.
—Maldito capitán Bligh —masculló David—. Maldito seas.
—Sí, ¿por qué no se lo tragaría el mar?
—Es un bocazas —dijo Marés—. Un soplón y nada más, no hay que hacerle caso.
—Pero anda por ahí diciendo que el padre de éste está en la Modelo y además criticando su sombrero —dijo Jaime—, y eso es tener muy mala leche.
—Ni caso —insistió el jefe—. El Lagartón es un mal bicho, de acuerdo, y algún día nos ocuparemos de él. Ahora sigue, Roca.
Cuando dijo lo de mi padre en la cárcel, yo agaché la cabeza, me quité el sombrero y lo escondí entre el pecho y la camisa; no porque sintiera vergüenza,
sino de la rabia que me dio. Es un sombrero muy flexible, de los buenos, un Stetson auténtico, especial para seguir de cerca a rubias peligrosas en días
de lluvia. Lo hice por mi padre, por respeto a su memoria de pistolero republicano rojo separatista con sombrero de ala flexible sobre los ojos…
—Bien hecho —dijo David—. Padre no hay más que uno aunque esté en la trena.
—O en la tasca y mamado todo el puto día, como otro que yo me sé —se lamentó Jaime.
—¿Habéis terminado, cotorras? —Marés impaciente, limpiando el cristal del parabrisas con el puño, furioso—. Entonces continúa, Roca.. ¿Qué más has podido
leer en sus labios? ¡Qué más, qué más!
Entonces ella por fin empieza a caminar de espaldas, empieza a irse dejando al chismoso panadero con la palabra en la boca. ¿Qué, no ha vuelto a saber
nada de su marido?, susurra todavía el Lagartón mirándole las caderas: Ay, estos niños fisgones que nos siguen en nuestras escapaditas y espían nuestras
intimidades por el ojo de la cerradura, qué malos son, ¿verdad, señora?, qué situación más comprometida a veces para una mujer casada, ¿no le parece…?
—¿Todo eso decía?
—Más o menos —dije—. A ratos la lluvia no me dejaba leer en sus labios. Lo que importa es el sentido de lo que dijo. Ella ya no le hace caso y se aleja
Salmerón abajo por la acera de la derecha.
Había tallos de clavel pisoteados y gladiolos tronchados sobre el asfalto húmedo en el cruce con Travesera, y un ciego furioso golpeando el bordillo con
su bastón, esperando que alguien lo pasara al otro lado, escupiendo a las nubes. Y el olor a pan calentito en la esquina de Luis Antúnez, y un poco más
abajo mi otro olor preferido, a bacalao seco y aceitunas aliñadas en barricas sobre la acera. Suelto la zarpa al pasar y pesco un puñado de aceitunas,
sigo calle abajo y delante de mí un vagabundo piojoso arrastra un cesto de mimbres con una cuerda y en el cesto va un niño sobre botellas vacías de champán
y envuelto en harapos. El crío me mira con sus ojitos legañosos mientras vamos caminando, y me saca la lengua sonriendo, y yo le voy tirando aceitunas
y él las pilla una tras otra abriendo la boca como un cazo.
Pasamos el cine Miramar y, delante del bar Monumental, la señora se para. Antes de entrar, mira a un lado y a otro recelosa. Espero un par de minutos y
entro tras ella.
La señora Yordi está sentada con un hombre fuerte y moreno en una mesa del rincón, al fondo del grandioso bar, detrás de los billares. En una de las mesas
de billar juegan dos chicos muy serios y bien peinados, con pantalones de golf, con tacadas estudiadísimas y mucho cuento. Me acerco simulando asombro
ante su estilo finolis y desde allí controlo de reojo a la pareja, quietos y susurrantes en la penumbra. El hombre es mayor, de unos cuarenta, gafas negras,
nariz de cuervo, bigotillo recortado y un palillo entre los dientes. La cabeza gacha, las manos en los bolsillos de la gabardina, ella se mira las rodillas
muy juntas y calla todo el rato. El tipo le habla al oído, el brazo en el respaldo de la silla y sin tocarla a ella, pero como si estuviera muriéndose
de ganas de hacerlo. La luz es tan mala que no distingo sus labios, apenas el movimiento del palillo que la lengua del tío desplaza de un lado a otro.
Luego afino la vista y capto que le dice: «Haré lo que pueda, señora, se lo prometo…». Sólo se oye el toc-toc de las bolas de billar. Ella sigue callada
y él añade: «Confíe en mí, no se deje llevar por la desesperación, todo se arreglará, tengo amigos influyentes…», más o menos.
—He tenido mucho cuidado de que ella no me viera —dije—. Ha sido fácil, la pobre no levantaba la vista del suelo.
Diez minutos después salieron juntos del bar y pararon un taxi. Se fueron de prisa y lo último que vi de ella fue su mano abierta aplastada contra el cristal
de la ventanilla, como si la estuvieran besando a la fuerza o estrangulando.
4
Juanito Marés repiqueteó los dedos sobre el volante del coche y miró afuera. El viento había cesado pero en el cielo sombrío las nubes corrían veloces
apelotonándose y la tarde se encendía como una luz roja arcillosa, como si fuera a llover barro.
—¿Qué dirección tomó el taxi?
—Para arriba —dije—. Plaza Lesseps.
—Está bien —Marés buscó la cara de David en el retrovisor—. Ahora tú, David. Cuenta.
David carraspeó antes de decidirse a hablar. Su informe empezaba con una afirmación sorprendente:
—El hombre que yo he seguido, te estaba siguiendo a ti mientras tú seguías a la señora. —Excitado e intrigado, añadió—: Pasó por aquí cuando acababas de
salir tras ella, y el jefe me ordenó: sigue a este hombre. Te «marcó» hasta el bar Monumental. Se paró cuando tú te paraste, te esperó cuando el encuentro
con Charles Lagartón, cambió de acera cuando tú lo hiciste. Todo..
—¡Cáspita!:
—Y mantuvo siempre la misma distancia, unos veinte metros.
—¡Fantástico! Pero te lo estás inventando, David.
—Jaime también lo ha visto. Que diga si miento.
—Por mi madre que es verdad —dijo Jaime.
El jefe no decía nada. Lo miramos esperando su veredicto. Marés sólo dijo: «Descríbelo».
Un hombre delgado y un poco cabezón, dijo David, de estatura mediana tirando a bajo, de unos treinta y cinco años, pelo negro planchado con raya en medio
y la cara blanca como el papel, relamida, anticuada y galante y como si llevara colorete en las mejillas y usara fijapelo, como si alguna vez hubiese sido
muy fino y educado y rico, o muy amado y feliz, lejos de aquí, en otra barriada y en otra época. De cerca te das cuenta que la palidez de la cara es una
mascarilla de polvos de arroz, y que los labios afilados y prietos parecen labios de madera pintados. Lleva un paraguas de señora con mango de marfil y
adornos de plata y pedrería, pero con una varilla rota, y abrigo negro sobre el pijama a rayas y zapatillas de felpa de estar por casa, como si hubiese
salido de una función de teatro a comprar el periódico en la esquina.
—Al meterte tú en el bar Monumental —continuó David—, se plantó en la acera, cerró el paraguas y pensé que también iba a entrar. Pero se quedó allí como
una estatua, mirando la puerta.
Al lado, en la boca del callejón, un joven perdulario con gafas de aviador o de motorista y una astrosa manta militar sobre los hombros se desploma indiferente
con las manos en los bolsillos, sonriendo a los que pasan. Lo arriman contra la pared y le dan cachetes, pero él no reacciona, aunque mantiene los ojos
abiertos y las manos en los bolsillos del pantalón, tan campante.
—El hombre maquillado y en pijama debajo del abrigo no veía nada a su alrededor, sólo la puerta del bar —dijo David—. De pronto se acercó y se dio de morros
en el cristal.
Mantuvo la nariz pegada al cristal un rato, sin moverse, y cuando se apartó era otro hombre. Como si le hubiesen caído veinte años encima de golpe. Cruzó
muy abatido la calle y alcanzó la otra acera de verdadero milagro, pues casi lo pilla un tranvía. Y girando sobre los talones, se quedó allí en el bordillo
mirando fijamente la puerta del bar con el paraguas cerrado bajo el sobaco, calándose hasta los huesos como un tonto, los afeites de pálido galán enamorado
chorreándole por las mejillas de muerto. Sus pies chapoteaban en las zapatillas, bajo los bordes enfangados del pantalón del pijama. Luego retrocedió hasta
un portal, pero no lo hizo pensando en la lluvia, sino porque no le vieran llorar como un niño abandonado al borde del arroyo. La gente pasaba por su lado
sin hacerle caso.
—Entonces, con mano temblorosa, saca el pañuelo del bolsillo y se le cae al suelo un billetero. No se da cuenta, o no le importa. Parece un hombre sonado,
tocado del ala.
Desde hacía rato, a David no le divertía nada contar esta triste historia y se notaba. Abrevió el final: el hombre se cansó de lloriquear bajo la lluvia
y se fue. Vagó sin rumbo por los sucios callejones de Gracia como un viejo chiflado y desmemoriado, y acabó sentado con cara de lelo en el portal de una
torre de la calle Legalidad.
—Entonces lo dejé y me vine —dijo David, controlando a duras penas un nuevo brote de su tos bronquítica en conserva—. Y se acabó.
—¿Y el billetero?
—Aquí está.
Era de piel falsa de cocodrilo, pequeño y tan plano que no parecía contener nada. Pero dentro había cinco billetes de a duro y una amarillenta y sobada
fotografía de retratista ambulante en la que se veían palomas y un soldado y una muchacha muy borrosos cogidos de la mano en una plaza. La foto se caía
a trozos y olía a polvo. El impacto de un sol antiguo y congelado en los jóvenes rostros de la pareja borraba sus facciones y persistía solamente una palpitación
de la sonrisa, un parpadeo espectral, una antigualla de felicidad.
5
David volvió a toser y miró al jefe esperando su aprobación. Todavía era un novato, pero con este trabajo podía ganarse definitivamente las credenciales.
Marés reflexionaba. Chasqueó la lengua y dijo:
—Está bien. Toma.
Sacó del bolsillo la cartulina y se la dio. Llevaba escrito con tinta invisible:
David Bartra. Agencia de Detectives «Donald Lam/Berta Cool». Pesquisas, seguimientos, misiones secretas, sabotajes. c/. Verdi, Campo de la Calva, s/n.
—Pero no te lo has ganado, que conste —añadió Marés—. Tu informe está mal desde el principio, porque se basa en una deducción equivocada.
—¿Equivocada?
—Sí.
Marés encendió otro cigarrillo perfumado de los suyos y miró aviesamente a David a través del espejito retrovisor. Dijo:
—Piensa un poco con el cerebelo, chaval.
—Ya lo hago, jefe…
—Veamos. Basándote en todos los datos que tenemos, no sólo en los tuyos, sino también en los de Roca sobre la señora Yordi, ¿cómo lo enfocarías?
David alzó la mano y miraba la punta enrojecida de los dedos y bizqueaba, confuso.
—Hum. No lo sé.
El jefe volvió la cara hacia él y arrugó la nariz. Los asientos de atrás soltaban un agrio pestucio. De noche los vagabundos solían dormir en el Lincoln
abrazados a sus pringosas botellas de vino.
—¿Qué dices tú, Jaime?
—Es un asunto enrevesado, jefe.
Marés esperó un poco, por si Jaime quería exponer alguna teoría, y luego me miró a mí.
—¿Y tú, tienes alguna idea?
—Tengo una, pero no me convence.
—Adelante, chico.
—No sé —dije encogiéndome de hombros—. No quiero aburrirte, jefe.
—Abúrreme. Es una orden.
Carraspeé, y con la voz fría, sin inflexiones, aventuré:
—Esta señora tiene un fulano porque necesita comida para su niño pequeño, y porque está sola, sin marido. Se cita con su amante en el bar. Ese taxi iba
al meublé La Casita Blanca. Y ese hombre pintado y con pijama y zapatillas me seguía a mí porque es un marica.
Marés ronroneó como un gato ensayando su voz impostada y tardó unos segundos en contestar:
—Casi aciertas —el humo del cigarrillo le hizo entornar los ojos, y también su natural malicia y puñetería. Ahora habló otra vez sin mover los labios y
su voz parecía venir de lejos, como la voz de los ventrílocuos—. Sí, todo coincide para hacernos creer que el tío del pijama te seguía a ti, Roca. Sin
embargo, a quien seguía es a ella. Tú lo que hiciste fue interponerte entre los dos, y en realidad él ni siquiera te vio. La seguía a ella igual que tú,
pero de lejos, siempre por detrás de ti. —Miró a David por el retrovisor—. Cualquiera se habría dado cuenta menos un novato como tú, David. Piénsalo: ¿por
qué razón este señor, que pasó por aquí como un sonámbulo, había de ponerse a seguir a Mingo Roca, un xava del barrio al que seguramente no había visto
en su vida? ¿Eh?
David bajó los ojos y en tono de excusa murmuró:
—A mí una vez un desconocido me siguió desde las Atracciones Apolo hasta el Monte Carmelo.
—Sería un bujarrón.
—¿Y cómo sabes que éste no lo es?
—Porque los conozco. —Guardó silencio unos segundos y añadió—: ¿Se os ocurre alguna otra explicación?
Se replegó sobre sí mismo ondulando como una oruga y puso los pies sobre el volante, se quitó un zapato y un calcetín y se rascó las junturas de los dedos.
Después, alzando la maloliente pezuña hasta tocarse la nariz, pinzó entre el dedo gordo y el índice el cigarrillo colgado en las comisuras infectadas de
la boca y siguió fumando tranquilamente con el pie, las manos cruzadas en la nuca. Era medio contorsionista, además de medio ventrílocuo, habilidades que
le habían enseñado antiguos compañeros de trabajo de su madre, artistas de variedades derrotados y sin trabajo.
—Bien. Recapitulemos.
Siempre decía lo mismo y se comportaba del mismo modo, retrasando cuanto podía la solución del enigma. Oídos nuestros informes, Marés se convertía en la
Araña Que Fuma y se quedaba reflexionando envuelto en el humo azul del pitillo que manejaba diestramente con la pata. Analizaba todos los datos, los confrontaba,
requería ciertos detalles en apariencia banales, y, finalmente, después de rechazar nuestra sugerencia, imponía su criterio mediante deducciones generalmente
convincentes sobre causa y efecto, otorgando al comportamiento de los sospechosos, por enigmático que fuese, una motivación que nosotros no habíamos previsto,
casi siempre amarga y desoladora. Desde muy chico había dado muestras de esa extraña y terrible facultad: diríase que adivinaba el dolor del alma de las
personas, que percibía su pena y su infortunio con sólo mirarlas a la cara o verlas pasar por la calle yendo al trabajo, por un detalle de nada. Un día
que vimos al señor Elías llorando en la taberna, solo, sentado en un rincón y escuchando en la radio una marcha militar, Marés dijo que el hombre lloraba
porque la radio le estaba recordando una hija suya que hacía de puta en Zaragoza, detrás de un cuartel de Infantería donde una brigada criaba mil cerdos
con las sobras del rancho. ¡Y era verdad, lo supimos cuando el hermano mayor de David volvió de la mili y nos habló de la Puri! ¡Y los mil cochinos cebados
con las sobras de la cocina del cuartel, también dijo que era verdad!
A fin de cuentas, Juanito Marés era algo mayor que nosotros, se había criado aquí y era catalán, además de un poco contorsionista y ventrílocuo: más serio,
con más lenguas, más preparado. Por eso era el jefe.
6
Cuando Marés empezó a hablar, yo miraba a través de la ventanilla del Lincoln una gigantesca nube de plomo en forma de puño alzándose iracundo contra el
cielo desde el horizonte borroso del mar, muy lejos del puerto, allá en los confines del Oriente. Pensé en el destino incierto de la señora de ojos de
china bajo la lluvia, y pensé en el destino cumplido y atroz de la furcia cuya cabeza cercenada y calva yacía enterrada debajo de nosotros: vida y muerte
extrañamente juntas, fundidas en la misma soledad y en la misma fiebre adolescente, en una sola carne de mujer soñada, sojuzgada y al fin destruida. Y
pensando confusamente en todo eso sentí un vértigo y me quedé de pronto como sordo o como atontado de las bombas. Me asusté e interrumpí a Marés:
—¿Y qué hacemos con la foto y el dinero, jefe?
—De momento que lo guarde David —Juanito Marés me observó unos segundos y luego prosiguió—: Decía que el hombre del paraguas roto y polvos de arroz en
la cara, tiene que ser un actor de teatro. Y que, además, se trata del marido de ella, del propio señor Yordi, que dicen que abandonó a su mujer hace algún
tiempo. Y no me preguntéis nada por el momento, es una corazonada… Ante todo aclaremos que Yordi no puede ser un apellido: Yordi es la manera que vosotros
los charnegos pronunciáis Jordi, que es el verdadero nombre catalán del marido, no su apellido, que juraría que es Jardí. Jordi Jardí, actor secundario
y fracasado. Los conozco y los huelo de lejos, por mi casa han pasado muchos. Así que ella sería la señora Jardí, no Yordi. ¿Está claro, analfabetos, kabileños
sin escuela, jodidos murcianos?
Acurrucados al fondo del Lincoln, David y Jaime parpadearon desconcertados y Marés continuó: porque este infeliz que se pone a hacer pucheros en la calle,
delante del bar donde ella se ha citado con un fulano, está bien claro que es su marido. Y como es actor, y los sábados y domingos tiene función en algún
teatro de aficionados de los muchos que hay en el barrio, en L’Artesà o en Els Teixidors o en el Orfeó Gracienc, donde seguramente hace pequeños papeles
de galán maduro y refinado a lo Charles Boyer, con las sienes plateadas y botines y guantes, pues a veces ya sale de casa maquillado y vestido para la
función, muchos lo hacen; quizás él lo haga porque en la calle prefiere el anonimato, ir disfrazado de otro, ser otro, añadió Marés pensativo, muchos actores
sin fortuna sueñan con ser otro… Todo concuerda: se dice en el vecindario que dejó plantada a su mujer, pero en realidad se fue para esconderse en otra
casa porque hay una denuncia contra él y la bofia lo está buscando. Así, locamente enamorado de su mujer, y sospechando que ella va a verse con un hombre,
esta tarde los celos lo han desviado de su trayecto habitual hacia el teatro encaminándolo a la pensión Ynes, ha esperado hasta verla salir y la ha seguido.
—Todo concuerda —repitió, rascándose la oreja con el dedo gordo del pie—. ¿De acuerdo?
Asentimos con la cabeza.
—Ahora bien, el infeliz se equivoca —prosiguió Marés—. Ella no le está engañando por gusto, porque sea un pobre diablo y un fracasado. El fulano que la
espera en los billares del Monumental, no es propiamente ningún querido o macarra consentido de la señora. ¿Quién es entonces? ¿Por qué se ven a escondidas?
—Hombre, tú qué crees —sonreí burlón—. Al tío le gustaban sus piernas una cosa mala, se le iba la mano. En este momento se la está follando, jefe.
—Tal vez. Pero no es su querido ni su amante. ¿Desde cuándo una mujer enamorada acude tan triste, tan desganada de todo y llorando a una cita con su amante?
Os digo que es otra cosa. ¿No habéis visto sus medias zurcidas, su gabardina tan corta y con el cinturón tan apretado bajo los pechos, y esos zapatos de
mujer fatal que no le van a una señora tan fina, que la hacen tambalearse un poco? ¿No os parece que quiere gustar como sea a alguien, gustar mucho y de
prisa y con vicio, y después vestirse de otra manera? Hay que verla como yo la estoy viendo, chicos, hacedme el puñetero favor de imaginarla de otra manera,
si de verdad queréis destacar en este oficio de detectives. Espabilad, venga, esforzaros un poco más en atar cabos sueltos y en aventurar audaces conclusiones,
aprended a ser más perspicaces y mal pensados, o nunca llegaréis a nada…
Veamos ahora, añadió bajando la voz, a este fulano del palillo entre los dientes y la nariz ganchuda sentado en lo más oscuro del bar, detrás de los billares,
como un buitre esperando alguna carroña. Ahí está, echado sobre los hombros lleva un chaquetón de cuero negro con solapas de terciopelo y en su mano enguantada
abultan las sortijas como sabañones cuando levanta la panzuda copa de Fundador. ¿Quién es, un estraperlista, un funcionario rumboso de la Comisaría de
Abastos, un poli, un chulo putas? ¿Cómo lo has descrito, Roca, ya no te acuerdas? Yo sí: unos aires de tío pistonudo y pavero, camisa azul, bigotito negro,
fijapelo y brillantina en la cabeza de zepelín y gafas negras. ¿Y no le viste la araña negra en la solapa? Porque es un falangio, claro está, un enchufado
de los luceros, un Flecha de esos que tienen cogida la vaca por la mamella y no la sueltan. ¿Y ella qué busca en este camarada imperial, qué puede querer
de un hombre así una mujer tan bonita casada con un actor fracasado? Pues un gran favor, un aval, precisamente para su marido. Porque un falangista bien
relacionado y dispuesto a hacer favores, sobre todo a una mujer sola y desesperada, ya se sabe, tiene influencias, puede conseguir un certificado de buena
conducta, una recomendación, lo que ella le pida.
—Confíe en mi discreción, señora, haré lo que pueda, dices que le dijo con la zarpa en la rodilla. O sea, todo concuerda.
Pero nosotros no lo veíamos tan claro.
—¿El qué? —dije sacudiéndome el lío de la cabeza. De pronto todo aquello me parecía un camelo, una tomadura de pelo—. Anda ya, jefe. Es demasiado.
Miré a través de la llovizna y me puse a pensar no sé por qué en la ciudad aterida y promiscua que se extendía a nuestros pies bajo un manto de neblina,
en las largas colas del sábado frente a los cines con calefacción, en los tranvías repletos bajando por las Ramblas, en los vestíbulos de las casas de
putas abarrotados de hombres, en las alegres muchachas con chubasqueros de colores entrando cogidas del brazo en las salas de baile. Y nosotros aquí arriba
rumiando musarañas.
Permanecimos en silencio, mareados por la historia y el tufo a perdulario que anidaba en el auto, y, por segunda vez en poco tiempo, en total desacuerdo
con el jefe. Aun sin haberlo comentado, los tres pensábamos lo mismo: sus famosas deducciones esta vez le habían llevado demasiado lejos.
—Todo es muy raro y complicado —murmuró Jaime—. No puede ser tan complicado.
—No lo es. Es muy sencillo.
—Hum —hizo David—. ¿Y por qué tiene que ser su marido ese payaso llorón y lelo?
—Sí —dije—. ¿Por qué? Yo creo que este hombre no es más que un borracho que se ha escapado de casa en pijama, que no tiene un céntimo y que llora por eso,
porque no puede entrar en el bar a tomarse un vaso de vino.
Marés sonrió:
—¿Con cinco duros en la cartera?
—Una cosa es segura —reflexionó David—. No vive con ella y con el niño en la pensión. Tal vez sólo venía a visitarlos, pero ¿en pijama? ¿De dónde ha venido?
Dice Roca que después de deambular por ahí le vio meterse en una torre de la calle Legalidad. Eso está bastante lejos.
—En esa torre vive escondido de la poli —dedujo Marés fulminantemente—. Está clarísimo.
—No dispares a ciegas, Coyote —le dije.
—Eso —intervino Jaime—. ¿Cómo sabes que vive allí?
No contestó. Cerró el puño y mordisqueaba los nudillos.
—Pruebas, jefe —entonó David palmeándole la espalda—. No tenemos pruebas.
Marés reflexionaba. Con la mano en forma de trompetilla delante de la boca, tarareó una melodía extraña y sombría. Esta melodía lo acechaba siempre como
una tristeza de atardecer, como una pena muy sentida, una fatiga rara o una enfermedad. Su madre, que era adivina y médium y que había actuado en cafés
cantantes y nidos de arte cuando era joven, los sábados por la noche recibía en casa a dos desastrados matrimonios de vicetiples y tenores retirados y
juntos cantaban zarzuelas y se emborrachaban de vino, llorando de emoción lírica alrededor de un viejo piano hasta la madrugada, a veces acompañados de
otros curiosos desechos de la farándula que a nosotros nos fascinaban: viejos rapsodas, vedettes gordas, joteros famélicos y Magos sin trabajo que hacían
juegos de manos. El Mago Fu-Ching ya no tenía dientes y estaba tísico y alcoholizado, pero aún nos maravillaba con sus elegantes trucos, su precisión gestual,
su fría autoridad.
El fulgor de un relámpago alumbró fugazmente una cueva de nubes crapulosas en el cielo, y seguidamente la ronca voz impostada de Marés se confundió con
el trueno:
—Perseguir a una mujer bajo la lluvia de esta manera, llorando, en pijama y zapatillas y maquillado como una figura de museo de cera —dijo muy despacio—,
seguirla por las calles como si le empujara una fiebre, una calentura mala, sólo puede hacerlo un hombre locamente enamorado —y en un susurro insistió—:
Enamorado de una mujer hasta más allá de la muerte.
Durante un rato su voz remota de ventrílocuo siguió construyendo la historia con los oscuros materiales de la tormenta. Escrutó el parabrisas ciego del
Lincoln, ahora impoluto —ya no llovía— como si contemplara una película en la pantalla, y finalmente se calló.
David se removió inquieto en su asiento.
—Bueno, vamos a suponer que sí, jefe, que ésa es la intríngulis del caso…
—Yo no lo creo —cortó Jaime—. Que ya empezamos a ser mayorcitos, tú.
—Pero aunque fuera verdad —insistió David—, no tenemos pruebas.
—¡Silencio! —ordenó Marés—. ¿Quién dirige aquí las pesquisas? —Todos mudos, y él añadió—: Pues entonces, las cosas son como yo digo. El caso está resuelto.
Fuera. Se acabó.
Se dejó resbalar un poco en el asiento y se ovilló cruzando los pies en su cogote, y yo noté sus ojos de gato en mi perfil, suaves, como esperando de mí
una señal de complicidad. Se había replegado en alguna de sus intrépidas aventis interiores, y por un momento me pareció que su furiosa cabeza rapada olía
a pólvora. David y Jaime abandonaron el automóvil en silencio, como un reproche. Yo también me apeé, y, cerrando la maltrecha puerta de golpe, dije:
—Mañana veremos, jefe.
Le dejamos solo dentro del Lincoln, engatillado tras la cortina de humo de sus perfumados cigarrillos de mentira. Por debajo de su pie tranquilamente asomado
a la ventanilla, la puerta abollada y herrumbrosa lucía un trozo de plancha milagrosamente bruñida y en ella se reflejó fugazmente el perfil de la ciudad
lejana y andrajosa, dormida bajo un cielo desplomado.
7
Al día siguiente, domingo, a primeras horas de la mañana, algunos vecinos de la calle Legalidad se congregaron en la esquina con Escorial alertados por
los gritos histéricos de dos muchachas que iban a misa y vieron algo que les heló la sangre. Marés nos mandó aviso con un chico y fuimos corriendo, pero
al llegar ya había tanta gente en la calle que no dimos con él.
Se podía ver perfectamente mirando hacia arriba desde la acera frontal, al otro lado de la calle: al borde de la azotea de una vieja torre de dos pisos,
debajo de una pequeña glorieta de madera, un hombre ahorcado giraba muy despacio en el aire, la cabeza recostada en el hombro y la lengua afuera, grande
y negra como un zapato. Bastó que yo me mirara un segundo en los ojos asombrados de David, que ayer lo había visto tan de cerca bajo la lluvia, para reafirmarme
en la horrible sospecha. Jaime también lo identificó en el acto. Temblando un poco, muy juntos los tres y cogidos de la mano como si temiéramos perdernos
en medio de la gente, nos abrimos paso hasta situarnos en primera fila para desde allí mirar, larga y obsesivamente, entre maravillados e incrédulos, las
zapatillas de felpa en los pies rígidos que aún se balanceaban, los bordes enfangados y desgarrados del pantalón del pijama, los cabellos negros y lisos
impecablemente peinados con la raya en medio y las sienes plateadas. Pulcro y anticuado suicida, todavía con restos de colorete en las mejillas y churretones
negros bajo los ojos, parecía ciertamente haber sido otra persona en otra vida, en otra historia y en otra época, un verdadero señor escapado de un escenario.
Primero llegaron las autoridades y después una camioneta negra. El ahorcado giraba en la cuerda y se le desprendió la zapatilla del pie izquierdo, rebotó
en la baranda de piedra y cayó a la calle. Un vecino la recogió cuidadosamente con las yemas del índice y el pulgar, como si temiera infectarse, la trasladó
al portal de la torre y la dejó apoyada contra la verja de hierro, como puesta a secar al sol.
De pronto todos estos sencillos pormenores de la tragedia nos parecían incomprensibles, y encontramos a faltar a Juanito Marés. Sólo después que descolgaron
el cadáver y los curiosos empezaron a desfilar, lo vimos apoyado tranquilamente en la fúnebre camioneta, mirándonos con sonrisa burlona. La camioneta se
fue y Marés se sentó en la acera, contorsionándose. Cuando llegamos a su lado se había convertido en un escorpión.
Una semana después, en el Campo de la Calva, nos armamos de valor y paramos a la señora de la gabardina corta para hacerle entrega del billetero. El jefe
nos obligó, empeñado en que el billetero del ahorcado pertenecía ahora a su viuda, y que nadie le discutiera eso porque se liaba a hostias con él. Fue
su última orden y fue obedecida con nuestros bolsillos repletos de garbanzos cocidos y todavía calientes, acabados de birlar en una tienda de la calle
Sostres.
—Señora, esto es suyo —dijo David, ofreciéndole el billetero de piel de cocodrilo con los ojos en el suelo y la voz de pito más estrangulada que jamás
le habíamos oído—. Él lo perdió en la calle.
Llevaba la misma boina gris, los mismos zapatos negros y el mismo bolso de correa, pero no iba pintada en absoluto y parecía más alta. Abrió el billetero,
vio los cinco duros y después miró detenidamente la fotografía del soldado y la muchacha bajo el mustio sol antiguo que los manchaba como un ácido. Ni
negó ni admitió que aquellas cosas le pertenecieran, no dijo nada, apenas nos miró, apenas nos sonrió. Su delicada nariz captó fugazmente el aroma de los
garbanzos cocidos que salía de nuestros bolsillos, y sus ojos rasgados se demoraron un breve instante en la contemplación de la vieja fotografía, vimos
su lento y dulce parpadeo, luego cerró el billetero, lo guardó en su bolso, murmuró «gracias» y continuó su camino.
Aquellos fantásticos días de peligro y maldad quedaron lejos al fin, y ya nadie se acuerda de su olor a pólvora y a carroña ni de nuestra intrépida vocación
de detectives. Yo he vuelto a pensar a veces en el ahorcado con zapatillas y fijapelo y más aún en la señora con ojos de china caliente y perversa mirando
todavía aquel dinero que debió caerle como llovido del cielo… A fin de cuentas, en aquellos tiempos, cinco duros eran cinco duros. Pero sobre todo pienso
en Juanito Marés agazapado en la oxidada carrocería del Lincoln Continental, solo, los pies en el cogote y envuelto en el humo azul purísimo de sus aromáticos
cigarrillos de regaliz, intoxicado de crímenes y viudas peligrosas, de enrevesadas intrigas y amores desdichados.
 
 
Historia de detectives.
Juan Marsé.