Texto publicado por Ma. Guadalupe Hernández Méndez

¡ya era navidad!

Era una noche obscura, la solitaria carretera invitaba a los choferes al sueño, cosa que solo podían evitar tomando café o alguna de las drogas acostumbradas, Santiago no era la excepción. Metió la mano en uno de sus bolsillos sacó la pastilla tragándola de inmediato y mientras manejaba sus pensamientos volaron mas lejos de lo que él hubiera deseado. Se vió a sí mismo vestido de forma casual caminando por las calles de una ciudad en las que transitaba poca gente a esa hora del día, de pronto dio la vuelta en una esquina y miró con sorpresa al interior de una casa-habitación en la cual había un nacimiento hecho con exquisita delicadeza pero su mayor motivo de admiración fue aquel niño Dios, cuyos ojos parecían mirarlo muy fijo y a Santiago le impresionaron pues creyó ver en ellos un rayo de luz que les daba vida y sin saber porqué se le hizo un nudo en la garganta rompiendo a llorar sin importarle nada mas que la presencia de aquel niño que parecía decirle muchas cosas con su mirada.
Un rechinido de llantas lo hizo volver a la realidad, desconcertado vió como aquella camioneta se salía de la carretera tratando el chofer desesperadamente de frenar. Santiago buscó un lugar para estacionar el tráiler y regresó para auxiliar a las personas, sacó a una mujer del vehículo, buscó por los alrededores a alguien mas pero parecía una broma macabra pues no había nadie por ahí, ella se quejó y él la tomó entre sus brazos para llevarla hasta su tráiler y transportarla a algún hospital. Estaba a punto de alcanzar la carretera cuando unas potentes luces lo deslumbraron el policía que llevaba la lámpara le ordenó con fuerte voz -¡baja a esa persona al suelo y levanta las manos! obedeció de manera automática, luego balbuceó –yo solo quería… pero no alcanzó a terminar la frase cuando ya varios policías lo rodeaban, le pusieron unas esposas y a empujones lo subieron en una patrulla, Santiago sin saber que hacer ni que decir escuchó una voz que parecía salir de un sueño ¡está muerta, ese perro le destrozó el cuello!
Ante los ministeriales Santiago explicó una y otra vez lo que había sucedido pero nadie le creyó, lo acusaban de un crimen premeditado. Tenía muchas preguntas sin respuesta y en el clímax de la desesperación llegó a su cerebro la imagen del niño Dios que él había mirado hacía ya mucho tiempo, y como sucedió entonces, no pudo evitar las lágrimas con su recuerdo y le pidió con todo su corazón que le ayudara, empezó a rezar alguna oración que había aprendido de niño y absorto como estaba en el rezo, no supo de donde salió a aquel niño que lo miraba lleno de ternura al contemplar sus lágrimas. –Señor, ¿necesita que le avise a alguien que usted está aquí? Dijo el niño con una dulce vocecita, Santiago lo miró incrédulo mientras le decía –si, pero no tengo con que apuntarte los teléfonos a los que puedes llamar. –no se preocupe, usted dígalos que yo me los aprenderé de memoria así como su recado. Dio el mensaje y los números al niño sin poder salir de su asombro y cuando reaccionó éste ya no estaba ahí. Dos días después recibió la visita de un abogado enviado por su madre, estaba muy preocupada y desde que recibió la llamada de un niño no dejó de buscar ayuda para su hijo. Relató al abogado todo cuanto había sucedido. Entonces recordó que la camioneta la llevaba un hombre El abogado tomó nota del asunto y prometió buscar a aquel hombre y regresar con buenas noticias antes de la navidad. Santiago confiaba en que todo se aclarara. Al no tener ninguna noticia de su abogado, empezó a sentir dudas y con ellas vino el miedo de no lograr su libertad nunca mas, sin embargo el destino, que juega con nuestras vidas, le tenía una sorpresa reservada para el día siguiente. Un guardia lo sacó de su celda y lo trasladó hasta unas oficinas sombrías y tristes llenas de adornos navideños pero aún así no tenían el mas mínimo asomo de felicidad, ahí lo esperaban su abogado y dos ministeriales la otra persona que estaba ahí era un hombre cuyo rostro pálido miró fijamente a Santiago mientras le decía: ¿Cómo demonios hiciste para que ese niño me persiguiera de día y de noche? ¿Quién te dijo a donde enviarlo para encontrarme? ¡cállate sabandija!, dijo uno de los ministeriales, mientras que el otro decía: bueno, es obvio que estos dos no se conocen, así que ordenaré su libertad de inmediato, Santiago. El resto de la historia se la contó después paso a paso su abogado, el hombre aquel llevaba en su camioneta, casi muerta, a su amante pues ella lo amenazó con revelar todo a su familia y él desesperado le apretó con fuerza el cuello y al darse cuenta que casi la mata decidió subirla al vehículo y simular un accidente pero nunca imaginó que Santiago se cruzara en su camino y luego aquel niño que lo perseguía a todas partes recordándole sus culpas, no lo dejaba ni dormir en paz pues hasta en sueños creía verlo, esto lo estaba volviendo loco y fue por eso que decidió entregarse a las autoridades para confesar la verdad sobre su crimen .
Al estar libre Santiago pidió a su abogado que le hiciera favor de ir hasta su ciudad para informarles a todos sus familiares sobre su libertad porque él iría a la ciudad donde estaba aquel niño para darle las gracias en persona, -¿pero usted conoce a ese niño Santiago? Dijo el abogado con asombro, -claro que si, respondió Santiago, es un niño-Dios que está en una casa de Guanajuato; iré allá para agradecerle su protección. Al llegar a la casa del niño, y éste vestido de fiesta le sonreía desde su silla, entonces recordó que aquel día ¡ Ya era navidad!.
Fin
Marilupis