Texto publicado por Irene Azuaje

Alcàsser: un pueblo estigmatizado por un crimen macabro.

La localidad valenciana quiere pasar página sobre la tragedia que conmocionó
España hace 25 años.

Maria Josep Serra Alcàsser 12 NOV 2017 - 21:03 CET.

Eva Zamora, la alcaldesa socialista de Alcàsser (Valencia), tenía 20 años cuando
el viernes 13 de noviembre de 1992 desaparecieron María Teresa Deseada Hernández
(Desirée), Miriam García, ambas de 14 años de edad, y Antonia (Toñi) Gómez, de
15. Eran cerca de las ocho de la noche cuando salieron de casa de su amiga
Esther hacia la discoteca Coloor de Picassent, localidad contigua a Alcàsser.
Antes, Miriam había llamado a casa para ver si su padre, Fernando García, las
llevaba como era habitual. Su madre le dijo que no podía porque había llegado
del trabajo con fiebre y estaba en cama. Decidieron hacer autostop para llegar
antes de que la sala, repleta de adolescentes, cerrara sus puertas a las diez de
la noche. Esther, con gripe, optó por quedarse en casa. Eso le salvó la vida.
Sus amigas nunca llegaron. Fueron secuestradas, torturadas, violadas y
asesinadas.

“No queremos seguir siendo el pueblo de las niñas de Alcàsser, aunque ellas
siempre permanecerán en nuestro recuerdo”, señala Zamora afectada por la fecha
que se acerca. “El pueblo ha cambiado mucho. Lo que hicieron las niñas lo
hacíamos todos en aquella época”, explica. Los 7.000 habitantes que tenía
Alcàsser cuando se produjeron los crímenes, hace 25 años, quedaron atrapados por
el horror al descubrir, dos meses y medio después, los cadáveres de las niñas en
una fosa situada a 400 metros de la caseta abandonada de La Romana, cerca de
Catadau, a 50 kilómetros del Alcàsser, un paraje aislado e inhóspito de difícil
acceso.

Miguel Ricart, El Rubio, fue el único condenado por el triple crimen. La
derogación de la doctrina Parot le permitió salir el 29 de noviembre de 2013 de
la prisión de Herrera de la Mancha (Ciudad Real) donde estuvo 20 años y donde
hubiera seguido hasta 2023. Ricart, que conducía el coche que recogió a las
niñas la noche del 13 de noviembre, fue condenado en 1997 a 170 años por
secuestro, violación y asesinato. Hoy está en paradero desconocido. Sigue
desaparecido el otro acusado del crimen, Antonio Anglés, también conocido por
Rubén y el apodo de Asuquiqui.

El tiempo entre la desaparición de Desirée, Miriam y Toñi, y el descubrimiento
de la fosa, dos meses y medio después, traumatizó a un pueblo pequeño y
tranquilo. “Las navidades fueron muy tristes, la gente no salía, además había
mucho oportunista brujo que se presentaba para adivinar dónde estaban. Fue un
drama aumentado por la influencia mediática”, indica José Pascual Gil, psicólogo
municipal que atendió a las familias y a los vecinos que lo necesitaron. “Pero
todo desapareció en seis meses. El estigma de Alcàsser es lo que no se supera,
te resignas a vivir con ello. Los aniversarios los recuerda la prensa que viene
al pueblo y pregunta”, agrega Gil, que como la alcaldesa Zamora prefiere hablar
de que la media maratón del municipio es una de las más antiguas de la Comunidad
Valenciana y la de más solera.

El despertar del sensacionalismo, M. J. SERRA.

El periodista y escritor Joan M. Oleaque, es de Catarroja y conocía a Antonio
Anglés. En su libro Desde la tiniebla. Un descenso al caso Alcàsser, expone y
critica la “carnaza” mediática en la que se convirtió el trágico suceso para
captar audiencia. Para Oleaque, el crimen de las niñas de Alcàsser marca un
punto de inflexión en el periodismo español. “El tono humano que se pretendió
aplicar derivó en una cobertura sensacionalista con técnicas de ficción y de
reality show. Hasta que se descubrieron los cuerpos fue como una película de
intriga, y, también, de solidaridad. Pero se convirtió en una película de terror
amplificada al máximo nivel. Ese cambio brutal fue muy fuerte”. Oleaque
considera que la distinción entre un momento informativo y el siguiente no se
hizo. “El tono humano o pretendidamente humano no se aplicó y provocó una
historia espeluznante. Un desastre que se prolongó durante muchos años”. Para el
escritor no hay duda. Fue el despertar del sensacionalismo moderno.

Y como él piensa la mayor parte de los alcacereños. Rosa, de 67 años, borró de
su mente el suceso. “Fue un espectáculo. Yo di una donación y ya no quise
participar en nada más. Sufrimos mucho. Y las familias quedaron destrozadas”,
comenta señalando el monolito ubicado a la entrada del cementerio dedicado a las
tres jóvenes y las flores recién cortadas que hay donde están enterradas. María
Isabel Zamora, de 72 años, muestra la tumba del padre de Desirée y cuenta que el
de Toñi murió poco después. También falleció la madre de Miriam, Matilde Iborra.
Fernando García, su padre, dice que intenta continuar con su vida lo mejor que
puede. No quiere hacer declaraciones. “Así lo decidí hace un tiempo y así pienso
seguir”, comenta a EL PAÍS, aunque sigue convencido de que Ricart y Anglés solo
eran los encubridores de una trama de corrupción de menores y que detrás había
una red de delincuencia organizada. Tras la muerte de su esposa, García rehízo
su vida. Tiene una hija, Lucía, que ahora tiene la misma edad que Miriam cuando
fue secuestrada.

“El pueblo se transformó en un plató”, señala Txema Millán, periodista de la
televisión pública valenciana que cubrió la información. “No había caso
paralelo. Se juntaron muchas circunstancias: presión, pruebas en mal estado, la
locura mediática, una instrucción mal hecha. Todo enrareció el ambiente tanto
que se tornó sórdido. Yo también fui víctima”, reconoce. “Aunque hoy sería
peor”, vaticina Millán, afectado por el cierre de Canal 9 el mismo día que
Ricart salió de la prisión.

Alcàsser tiene ahora más de 9.600 habitantes. La discoteca Coolor ya no existe,
en su lugar hay un centro comercial. En el bar Musical, sede de la banda de
música Santa Cecilia, cuyo escenario sirvió de plató de televisión, ya no queda
rastro de esa época. Cristina López, encargada del local desde hace dos años
desconocía que allí se hubieran emitido programas. Los vecinos de Alcàsser miran
escrutadores a los desconocidos que estos días pasean por las calles de la
localidad. Se muestran amables. Contestan a las preguntas, pero prefieren pasar
página.