Texto publicado por Germán Marconi

De lo que estoy leyendo - El Rin Tin Tin criollo, o de si la amistad es un sentimiento solamente humano.

EL RIN TIN TIN CRIOLLO

En el pasado, cuando la televisión en el país transmitía en blanco y negro, uno de los grandes éxitos era la serie protagonizada por un ovejero alemán llamado Rin Tin Tin. Su historia se remonta a la Primera Guerra Mundial.
Hacia el fin de la contienda, la aviación de los Estados Unidos bombardeó Lorena (que en ese tiempo pertenecía a Alemania y más tarde pasó a Francia). Luego del ataque, soldados americanos recorrieron la zona a pie. El sargento Lee Duncan caminaba por entre los escombros de lo que había sido un puesto de entrenamiento canino. Allí encontró los únicos sobrevivientes: una ovejero alemán y sus cachorros de dos o tres días de vida. Con sus compañeros se repartieron los animales. Duncan se quedó con un macho y una hembra.
En Francia estaban de moda dos muñecos de trapo, llamados Rintintin y Nannette, que los estadounidenses llevaban como amuleto. Duncan bautizó a sus mascotas con esos nombres y los llevó con él cuando regresó a los Estados Unidos. A poco de arribar, Nannette murió de neumonía.
Duncan adiestró a Rin Tin Tin para actuar en Hollywood. El perro fue un suceso. Uno de sus cachorros continuó la carrera actoral, con tanto éxito como su padre. Rin Tin Tin II envejeció y fue el tiempo de Rin Tin Tin III (hermano del II), quien también fue estrella de cine y en la Segunda Guerra Mundial entrenó —de la mano de Duncan— unos cinco mil perros de las tropas norteamericanas que combatían a los alemanes, ¡el ejército al cual pertenecieron sus abuelos!
El sucesor, Rin Tin Tin IV^ fue el que entretuvo a hijos y padres en la famosa serie cuya historia transcurría a mediados del siglo XIX en el oeste norteamericano. El lugar donde se encontraban Rin Tin Tin, el cabo Rus-ty —un chico de 10 años, el mejor amigo del ovejero—, el sargento O'Hará y el teniente Rip Master era un fortín denominado Fuerte Apache. El nombre pasó a ser un mote del barrio del Bronx en Nueva York y luego fue la denominación popular del barrio Ejército de los Andes, en Ciudadela —provincia de Buenos Aires—, donde se crió el popular futbolista Carlos Tévez.
Esta larga introducción que nos llevó por dos continentes, dos guerras mundiales y toda una dinastía de Rin-tintines tiene como objeto contar la historia del Rin Tin Tin de nuestras pampas. Se llamaba Sargento y formaba parte del Fuerte General Paz, en la década de 1880. Era de raza callejera y su conducta ofrece más de una curiosidad. Para empezar, Sargento se encargaba de custodiar el rancho donde vivía el jefe del cuartel. Y esto, sin que importara de quién se trataba. De hecho, el Fuerte General Paz tuvo varios comandantes y Sargento siempre estuvo para cuidar y servir al jefe nombrado. A la noche, nadie —salvo el jefe de la guardia— podía aproximarse a una distancia menor a los ocho metros de la puerta del rancho del comandante. Por otra parte, Sargento colaboraba en salir de caza cuando la comida escaseaba. Y podía atrapar una liebre y entregarla a los soldados que, en muchos casos, mandaban a Sargento a la cucha. El perro obedecía sin chistar y sin recompensa.
Otra curiosidad es que entendía a la perfección las órdenes que se daban mediante el toque de trompa. Por ejemplo, a las siete de la tarde se anunciaba el momento de rezar. Los soldados del fortín se descubrían, muchos se arrodillaban, todos agachaban la cabeza. Sargento, entonces, se sentaba y miraba hacia el piso, como si estuviera rezando. En cambio, cuando se tocaba "a la carga", el perro salía disparado a pelear con el resto de la tropa. Mordía las patas de los caballos de los indios con notable destreza. Y en caso de que el jinete cayera, el cusco se trababa en lucha cuerpo a cuerpo. Con todos los riesgos del caso.
En uno de esos habituales entreveros, Sargento quedó tendido e inmóvil en el campo de batalla, sin moverse, junto a un charco de su propia sangre. Cuando terminó el combate, el cabo Ángel Ledesma regresó a donde había caído el compañero canino. Descubrió que respiraba y lo cargó en las ancas de su caballo. En el fuerte, él y su anciana madre se encargaron de cuidarlo. Su madre era la popular sargento primera Carmen Ledesma, negra como el ébano, a quien muchos soldados han evocado en sus memorias —todos le decían Mama Carmen— y que enterró a quince hijos en la frontera con el indio. El único que le quedaba era Ángel. Y ellos dos le salvaron la vida a Sargento.
El Rin Tin Tin criollo se hizo muy amigo de su salvador. A menudo, en el tiempo libre, el cabo Ledesma y Sargento paseaban juntos. Por las noches, en más de una oportunidad, el negro iba a visitar al perro a su guardia, frente al rancho del comandante. Cuenta Eduardo Gutiérrez, oficial del Regimiento 2 de caballería, que en esos casos Sargento se separaba unos ocho metros de la puerta del rancho para estar con su mejor amigo. Ni al cabo Ledesma le permitía que se acercara por la noche a la casita del coronel.
Durante una salida de relevo de reclutas del fortín Vanguardia, en la que participaban Mama Carmen y el cabo Ángel, la patrulla fue emboscada por aguerridos indios. Es curioso que gran parte de los historiadores suela llamar "emboscada" al ataque por sorpresa de los indios y hable de "ataque por sorpresa" cuando se trata de una emboscada ideada por los soldados. La cuestión es que en dicha emboscada, un indio hirió de manera fatal a Ángel Ledesma. Mama Carmen se lanzó hecha una furia sobre el agresor. La negra y el indio se revolcaban por la tierra, en un combate feroz que paralizó a los demás. Mama Carmen mató a quien había matado a su último hijo. Le gritaba al cadáver del enemigo, en el mismo momento en que le separaba la cabeza: "¿No eras guapo?". En completo silencio, cargó el cadáver del negro Ángel en un caballo (en la cola de éste colgó la cabeza del indio) y se dirigió al Fuerte General Paz, donde Sargento se enteró de la noticia.
A partir de aquel funesto hecho, dejó de verse al Rin Tin Tin criollo de día. Sólo aparecía al atardecer, cuando llegaba el momento de custodiar la casa del comandante. Luego de un tiempo, intrigados por la constante desaparición del perro durante el día, un par de soldados lo siguieron y descubrieron lo que hacía: si bien Sargento vigilaba de noche el rancho del comandante, de día se alejaba para posarse junto a la tumba del cabo Ángel Ledesma, donde custodiaba, de manera impasible, el descanso eterno de su héroe.

De “Historias insólitas de la historia argentina”, de Daniel Balmaceda.